“Dona nobis pacem, amén»

“Dona nobis pacem, amén»

Entre 1818 y 1819 un Beethoven ya en la última recta de su vida, casi totalmente aislado y en medio de una crisis personal inmensa, inicia la composición de un par de obras que marcarán de manera definitiva la historia de la música en occidente: me refiero a la Novena sinfonía op. 125 y a la Missa Solemnis op. 123.

 

Ambas obras son en muchos sentidos, grandes experimentos del maestro, pues, por una parte, nunca se había escrito una sinfonía con la participación de la voz humana y menos de una gran masa coral y, por la otra, Beethoven era casi un neófito en temas sacros, ya que apenas tenía experiencia en la composición de misas u obras de este corte. La vinculación de estas piezas es tal, que incluso casi se estrenan el mismo día:  el 7 de mayo de 1824 y digo casi, porque de la misa solo se pudo estrenar esa noche las tres primeras partes, pues a la Iglesia católica en Viena, le pareció del todo inconveniente que una obra sacra, se estrenara en un teatro y no en una iglesia.

 

Si bien es cierto que la Novena sinfonía es una obra realmente ambiciosa, la misa lo es en grado sumo. Entra en ese reducido grupo de obras que son prácticamente irrealizables tal y como las pensó su autor. Para hacernos una cabal idea de lo anterior, solo hay que reparar en que  maestros de la talla de Wilhelm Furtwängler, retirara de su repertorio la misa  al sentirse incapaz de hacer justicia a la partitura original. Las exigencias técnicas son tan altas y a ello se suman las de índole emocional que muchos, al igual que Furtwängler, claudican ante la aventura de navegar estas procelosas aguas. Solo unos pocos se han aventurado con éxito en la lectura de esta partitura, y cuando se tiene la oportunidad de estar presente, es casi como encontrar un trébol de cuatro hojas. Tal ocasión hay que experimentarla   como un momento en la vida, de eso que hay que recordar, porque si algo tiene esta obra, es que una vez que la escuchas desde dentro de tu ser, te marca de manera indeleble por la potencia de su mensaje.

 

En Barcelona tuvimos una de esa  ocasiones el pasado 21 de diciembre. Philippe Herreweghe se presentó al frente del Collegium Vocale Gent  y junto con la  Orchestre des Champs Élysées realizaron una sorprendente lectura de esta partitura en el Palau de la Música, que estuvo a punto de llenarse en su totalidad. Justo antes de dar inicio al concierto, que estaba anunciado se llevaría a efecto sin interrupciones, tras los aplausos de rigor  a la orquesta, coro y solistas,  Philippe Herreweghe tomó un micrófono y en catalán se dirigió a la audiencia, expresando su emoción de compartir con el público congregado en la sala la interpretación de una obra como la Missa Solemnis, pero a su vez avisando, que debido a que se encontraba enfermo y a 40 grados de temperatura, abandonaría el escenario un par de veces a tomar agua y quizás algún medicamento para poder hacer frente a tal reto físico. Huelga decir el efecto que esto causó en el público, que ya en otras ocasiones ha visto como este querido maestro, se ha presentado en malas condiciones físicas, pero ha cumplido con el compromiso establecido con un público que llena las salas, cuando él está anunciado.

Tras unos breves aplausos dio inicio la ejecución de la obra y aquello fue realmente memorable de vivir, porque logró presentar ante aquel público una obra de semejantes dimensiones y tales exigencias, en toda su dimensión, pero guardando siempre una apariencia sencilla y orgánica. Quien escuchó aquella interpretación, sin conocer los entresijos de la partitura es posible que se llevara la impresión de que la misa es una pieza sencilla de abordar, porque todas las zonas en que la misma suele dar verdaderos quebraderos de cabeza a los intérpretes estaban sumamente trabajadas. Así, por ejemplo, los balances entre coro y orquesta, que en números como el Gloria o el mismo Kyrie suelen ser problemáticas , debido a la potencia en la orquestación original del maestro, estaban perfectamente ajustadas. La masa coral lejos de ser anulada por la orquesta  en más de una ocasión se vio reforzada por ella y siempre se pudo escuchar nítida y claramente  los textos.

Las fugas que son abundantes y muy complejas siempre fueron abordadas con tempos casi perfectos, que permitían que el coro estuviese lo más cómodo posible, pero sin dejar que la obra se empantanara con velocidades demasiado lentas que solo ensucian y distorsionan el sonido. Así por ejemplo, la fuga del final del Credo, que es el movimiento más largo y desgastante de la pieza, y que inicia con el texto “Et vitam venturi saeculi amen” (y espero la vida eterna amén) es, sin lugar a dudas, una verdadera misión suicida para muchos. Su extrema dificultad estriba en que a cada compás las voces se cruzan en contrapuntos cada vez más y más complejos, que se tejen aparentemente en libertad, mientras además se les exige que canten en un registro muy incómodo y donde se desgasta muchísimo la voz, pudiendo en casos extremos degradarse la calidad de la misma y todo esto en un tempo marcado por Beethoven como Allegro con moto. Herreweghe logró que de esta mezcla casi imposible saliera algo profundamente emocionante y emotivo. La proclama de uno de los grandes dogmas de la fe cristiana:  la llegada de la vida en un paraíso supra terreno, por momentos se vivió gracias a esta música, que indescriptiblemente lo invadía todo y nos dejaba a muchos profundamente impactados.

 

El cuarteto de solista vocales, integrado por  la soprano Eleonore Lyons, la contralto Eva Zaïzick, el tenor Ilker Arcayürek, y el bajo- barítono Thomas Bauer, fue realmente notable. Con voces muy potentes y muy bien balanceadas, lograron fusionarse perfectamente.  En los cuatro casos estamos ante cantantes que lograron una lectura muy afortunada de la obra y que, en conjunto, crearon una segunda fuerza vocal  que unida al coro y la orquesta, aportaron mucha riqueza tímbrica a la interpretación de la misa. Como la obra está pensada en grandes bloques sonoros, no tenemos en ella arias destinadas al lucimiento de la voz de los solistas, Beethoven quería reflex ionar profundamente sobre los dogmas de la fe en que había sido educado y crecido, y presenta a los solistas en un todo compacto, como un cuarteto que suele cantar simultáneamente o en pequeños pero conmovedores solos. Uno de estos casos es sin duda el Agnus Dei que inicia con la voz del bajo al que se le unen por turnos el resto de las voces solista , siempre repitiendo el mismo texto  “Agnus Dei qui tollis peccata mundi miserere nobis” (cordero de Dios que quitas el pecado del mundo ten piedad de nosotros). Tradicionalmente se ha mencionado que Beethoven había indicado que este texto debía ser interpretado nerviosamente, aunque tal indicación no aparezca en la partitura urtext de la que disponemos. Lo siento, es que esta música sí que puede encontrar una buena descripción en las palabras que se le atribuyen al maestro Bruno Walter que dijo : “Dios es amor, pero el mundo es malvado y lleno de dolor: ese es el pensamiento último de la Missa Solemnis”

 

El final de esta aventura musical es la luz , pues de las penumbras del Agnus Dei, pasamos  con las palabras “dona nobis pacem” (danos la paz) a una música casi pastoral, llena de una felicidad plena y sosegada. Herreweghe transmitió precisamente esto, la paz, la luz de la que esta música está llena. Al punto  de que varios presentes en el público, no  lograron contenerse y sin esperar a que el maestro bajara del todo sus brazos, esperando que el último acorde resonara en toda su amplitud, comenzaron a ovacionar más que merecidamente a todos los artistas.

 

Creo que no puedo imaginar una mejor manera de terminar un año en lo musical, un año en el que muchas y muy hermosas cosas pasaron, al igual que otras terribles sin duda, pero, y esto es lo sorprendente, pues precisamente piezas como la Missa Solemnis te hacen vivir en una sola experiencia estética, ambas caras de la moneda que no es otra cosa que nuestra vida diaria.  A ratos luminosa y bella, a ratos amarga y terrible. Quizás, y ahí está, en parte,  la magia de estas obras, que logran reflejar  la profunda verdad que late en nuestro corazón, con todas sus contradicciones y al mismo tiempo con  toda su unidad . Muy Felices fiestas a todos. Seguimos

 

Y sigue ganando, noche tras noche

Y sigue ganando, noche tras noche

En enero de 1735 G.F. Haendel estrenó con gran éxito “Ariodante” en el Covent Garden de Londres. Era el primer título que presentaba para las temporadas del teatro londinense, después de su sonado fracaso como director del King’s Theatre en 1734. En esta nueva empresa, tendría que competir contra la Opera of the Nobility apoyada por el Príncipe de Gales, que mantenía un largo pulso contra su padre el rey Jorge II, quien apoyaba tácitamente al compositor, y que era una especie de continuación de otro pulso, que el mismo rey Jorge había mantenido con su padre, el finado Jorge I.

Haendel sabía lo que se jugaba en todos los sentidos, y se aplicó a fondo en esta nueva empresa, alumbrando una obra que es una colección de hermosas y sorprendentes arias, engarzadas por una trama donde los celos y el deseo sexual laten en cada acción.

Es Haendel en estado puro. Música de una belleza indescriptible, que trasciende, que supera los ornamentos y los formalismos con los que se presenta ante nosotros en apariencia. La  trama, simple y lineal, sacada de uno de los grandes textos del momento, el Orlando Furioso de Ariosto, es redimensionada por esta música. Los personajes simples y predecibles del libreto de Antonio Salvi,  se   vuelven creíbles y humanos , pues la musica les aporta  verdad dramática. Donde antes solo existía retórica vacía, ahora hay un ser humano sufriendo u odiando con todo su ser. Donde antes solo había forma, ahora hay un maravilloso contenido.

Como buena ópera barroca, Ariodante tiene como uno de sus principales cometidos, lucir a un personaje del resto que aparecen en la obra. Este personaje, solía ser interpretado por un castrato, al que se le encomendaban las arias más importantes y difíciles de la obra. Haendel, había tenido en Senesino, su gran cómplice vocal, pero éste, por temas económicos, se había pasado a la competencia. Para el Divo italiano el maestro había escrito sus mejores papeles protagónicos, y cuando se supo del divorcio entre los dos personajes, muchos en Londres apostaron por el fin de la carrera operística Haedel. Este responde en Ariodante con contundencia, confiando en un nuevo castrato: Giovanni Carestini que, aun sin el fuste del primero, defendió maravillosamente las nuevas obras escritas por el maestro.

La obra contaba además con la novedad de tener varios números de ballet. Tal ocasión era posible gracias a que el Covent Garden contaba con una compañía de baile dirigida por la entonces celebérrima Marie Sallé y que era realmente un auténtico lujo. El resultado fue un éxito rotundo en esa temporada de 1735 con 11 representaciones -todo un bombazo para la época- y la reposición en el cartel de la nueva temporada de 1736. Después de esta fecha, la nada, como tantas y tantas obras célebres en su momento, Ariodante cayó en el olvido hasta un tímido resurgimiento en 1926, para ser de nuevo escuchada en Birmingham en 1964.

En las décadas de los 80 ‘s y 90’ s varias puestas en escena la pusieron de nuevo en circulación, para dar paso a la programación de la obra en versión concierto. Tal fue el caso el pasado 3 de noviembre en el Palau de la Música Catalana en que, teniendo como cabeza de cartel al contratenor argentino Franco Fagioli, se presentó ante el público barcelonés, que la recibió con grandes aplausos al final de las más de tres horas de concierto.

Fagioli cumplió todas las expectativas que de él se tenían en su papel de Ariodante. Cantante de una depuradísima técnica vocal, asombró en cada una de sus arias, todas de una enorme dificultad técnica, en tanto había sido escritas en su momento para un virtuoso vocal como Carestini. Comparativamente hablando, es inmensa la diferencia en la complejidad técnica que podemos encontrar en las 6 arias escritas para este papel, en comparación con el resto de los personajes. Ariodante no tiene una sola aria sencilla o de fácil abordaje. Quien defiende este papel ha de ser un fuera de serie en todos los sentidos, de lo contrario, para la tercera aria, el agotamiento y el más espantoso ridículo está asegurado. Fagioli es extraordinario, cuenta con un control de su voz y la pone al servicio de la música. Su color vocal es voluptuoso, pero no demasiado denso, ya que puede abordar con ligereza cualquier tipo de ornamento. De presencia evidentemente histriónica, su desempeño en el escenario recuerda mucho a la gran Cecilia Bartoli, cayendo por momentos en la sobreactuación, pero sin por ello distraer al público de la música. Quizás la única cosa que podríamos objetar al inmenso artista que es Franco Fagioli, es la inexplicable actitud de solo pisar el escenario del Palau para cantar sus arias, abandonándolo justo después. Era como si por momentos Fagioli, interpretara no solo a Ariodante, sino también a uno de esos Divos castrati que cuándo se aparecían en el escenario para cantar sus arias lo hacían reclamando la admiración y el aplauso del público congregado. No lo sé, solo especulo. Cosas de un cooltureta.

Mélissa Petit en el papel de Ginevra cuenta con un timbre muy sonoro y que corrió espléndidamente por toda la sala. Posee elegancia y muy buen gusto al ornamentar, resolviendo las arias de dificultad con absoluta autoridad. Sarah Gilford, con una voz llena y potente, unos agudos muy brillantes y sonoros, cantó una Dalinda maravillosa. Su registro grave sin embargo, sufrió un poco, pues faltó definición y peso en las notas del registro, lo que fue compensado con una técnica notabilísima y una musicalidad a flor de piel. La mezzo Luciana Mancini encargada de interpretar al malvado Polinesso, tuvo una buena noche. Quizás sea, junto con el tenor norteamericano Nicholas Phan quien tuvo a su cargo el papel de Lucarnio, las voces más discretas del elenco. Mancini pose una voz carnosa y muy rotunda, con unos graves plenos y de mucho peso, pero sus agudos se desdibujaron, además de perder agilidad en algunos de los pasajes de mayor complejidad de sus arias, lo cual no restó ni un ápice el aplomo y la seguridad con que se desempeñó en el escenario, sacando adelante un papel complejo y quizás un poco ingrato.

En su primera aria “Del mio sol vezzosi rai…” Phan mostró una voz aterciopelada y llena de matices, muy apta para este repertorio. Abordó los agudos de la obra con suma elegancia, sin caer en estridencias, ni gritos innecesarios, ornamentando con muy buen gusto y en estilo. Lamentablemente “Il tuo sangue, ed il tuo zelo…” tercera de sus arias se le atragantó, sobre todo en las zonas de mayor ornamentación, perdiendo agilidad en la voz, bajando sensiblemente el tempo de la obra y terminando notablemente cansado tras la interpretación de dicha aria.

Alex Rosen finalmente fue el encargado de presentar el papel de rei d’Escòcia. Con una voz impresionante, el bajo norteamericano tuvo una noche de absoluta excepción. Su voz llenó hasta el último rincón de la sala de conciertos, con un registro grave potentísimo además de muy ágil, interpretó todas sus arias con absoluta solvencia, además de poseer una presencia escénica más que notable.

Pero la verdadera estrella de la noche en mi apreciación fue sin duda la orquesta Il Pomo d’Oro, magníficamente dirigida por el maestro George Petrou, que dio una cátedra de musicalidad y buen hacer en todos los sentidos durante toda la velada. Con una sonoridad que podríamos describir por momentos de rugosa, áspera y llena de una potencia sorprendente, acompañaron siempre sensibles y atentos a cada uno de los cantantes en el decurso de la obra. Como hasta el mejor puede tener algún error, podríamos mencionar de pasada el leve patinazo que tuvieron en la reexposición de “Neghittosi or voi che fate”  incidente que fue resuelto por la rápida intervención del maestro Petrou, que supo reaccionar casi de inmediato, dejando en casi imperceptible el percance.

Il Pomo d’Oro fue sin duda el elemento fundamental para que la magia que esa noche se vivió fuera posible. Con una madurez musical absoluta, son uno de los grupos de “música antigua” que más y mejor brillan en la actualidad y el jueves 3 de noviembre, demostraron ante el público barcelonés, el porqué de su enorme prestigio.

 El público que llenó en un 80 por ciento la sala del Palau de la Música ovacionó de pie a todos los artistas y mientras éstos entraban y salían, yo pensaba lo irónico que era pensar que cuando se estrenó Ariodante hace ya casi 300 años, el maestro se lo estaba jugando todo a esta carta. La situación incluso política en la corte inglesa era realmente poco favorable para él. Esa noche ganó y asombró a todos los que lo daban por amortizado. Mucho tiempo ha pasado ya y Haendel sigue ganando y sorprendiendo, y después de ver lo visto esta noche de noviembre en Barcelona, me temo que seguirá siendo así aun por mucho, mucho tiempo. Seguimos.

De la penumbra a la luz. De la soledad a la esperanza

De la penumbra a la luz. De la soledad a la esperanza

 

Existe una historia sobre W.A Mozart y su entonces joven alumno J.N Hummel, que nos narra como el impaciente alumno insistía ante el maestro en abordar de inmediato  la composición de una sinfonía, a lo que Mozart era renuente. Hummel, descorazonado con la negativa de su maestro, argumentó que Mozart a los 11 años ya había compuesto varias sinfonías e  incluso óperas. La respuesta de Mozart  es simplemente deliciosa: «la diferencia es que yo ya estaba listo y tú aún no».

Y precisamente, de preparados y muy  entusiasmados es que podemos calificar al público que llenó casi en su totalidad la sala del Palau de la Música para disfrutar del  programa presentado  por la Orquesta Filarmónica de La Scala, que fue la encargada de inaugurar por todo lo alto, el pasado 3 de octubre,  su nueva temporada de conciertos.  La Sinfonía núm. 1 de L.v. Beethoven y la Sinfonía núm. 1 “ Titán” de G. Mahler. son las obras que la orquesta milanesa  interpretó ante el público catalán. Al frente de la agrupación sinfónica estuvo su actual titular, el maestro Riccardo Chailly.

Traía también a cuento la historia arriba narrada, con todas sus dudas históricas claro, porque si algo nos queda claro en  las obras ya enumeradas, es que sus autores, al contrario del pobre Hummel,  estaban más que preparados para iniciar una aventura sinfónica de gran calado. Ambas piezas, son solo el inicio del camino, cierto, pero muestran a dos compositores muy maduros y en posesión ya de un lenguaje muy personal y consolidado, que sólo anuncia lo que está por llegar en sus posteriores obras.

Beethoven, sorprendiendo ya desde el inicio con esa entrada del todo inusual encargada a las maderas y que nos permite contactar con un joven maestro, que experimenta con las grandes formas, y que muestra una asombrosa facilidad para, de la nada, construir un entramado musical  perfectamente lógico y lleno de vida. Mahler, ya un sólido director orquestal cuando estrena esta obra, conocedor de todos los resortes que articulan a un orquesta, luciendo su inmensa capacidad de llevarnos  de la más profunda penumbra, al éxtasis más absoluto. Hay ya en esta obra ese amor por la naturaleza que siempre lo acompañó, pero también, está su obsesión con la muerte y lo grotesco. Hay fanfarrias triunfantes, y hay melodías que te hielan el alma con solo escucharlas. En ambos casos, al escuchar ambas sinfonías, se tiene  clara su autoría, pues cada nota escrita, contiene en su mas íntima esencia,  ese ADN  que las distingue y las remite a su origen  de manera inequívoca.

El programa, era una oportunidad tanto para la orquesta, como para el director de mostrar lo mejor de ellos mismos. El  primer movimiento de la sinfonía de Beethoven sufrió de estabilidad en el tempo, sobre todo al cambiar, del Adagio molto  con que arranca la obra, al Allegro con brío. Chailly marcó una velocidad que no fue asumida del todo por la orquesta, ralentizando la ejecución. El fresco primer movimiento no terminó de mostrar todo su aroma, en parte además, por un exceso de sonoridad en los cellos y bajos, que en ese misterioso proceso de acoplamiento a la acústica del Palau, hacía quizás, demasiada pesada la sonoridad resultante . La Orquesta Filarmónica de La Scala, es una agrupación grande y muy bien dotada de un buen número de atriles en cada sección. Tocar una primera sinfonía de Beethoven con 8 cellos y 6 bajos es quizás demasiado para la sala del Palau de la Música.  Suprimir un par de atriles, hubiera dado como resultado una sonoridad más fresca y ágil, que habría  permitido, por ejemplo, mantener con mayor facilidad el tempo originalmente marcado por Chailly.

Para el segundo movimiento, Andante cantabile con moto, la sonoridad se transformó. Todo fue etéreo y delicado, la música fluyó lenta y pausadamente. La orquesta terminó de ajustarse y las secciones perfectamente balanceadas entre sí, dieron  como resultado un bloque orquestal compacto.

El resto de la sinfonía mostró al público allí reunido, la enorme talla artística de la orquesta.  Tanto el tercero como el cuarto movimiento de esta obra, tienen un buen número de pasajes donde las secciones pueden desacoplarse, y hacer que la lectura naufrague o sufra en su decurso. Esto es más común  sobre todo en la sección de  metales, que suelen caer en la tentación de intentar  brillar por encima de sus compañeros, animados sobre todo,  por un tempo rápido que les permite desarrollar mucho el volumen de sus instrumentos. En el caso que nos ocupa, la orquesta lució una sonoridad,  balanceada y contenida. Con un aparato orquestal  sólido, y bien trabajado. Claro está  que detrás de esta magia  esta Riccardo Chailly,  director  sensible y muy  atento a la más mínima fluctuación  en su orquesta. Durante la ejecución suele dar los inputs necesarios para que la música suceda y luego deja fluir la energía. Respeta a sus músicos y no los importuna con gestos innecesarios o un control asfixiante, deja que la magia suceda en medio,  en esos momentos de libertad. Cuando escucha algo ligeramente fuera de lugar, sus manos rápidamente hacen un gesto mínimo al músico en cuestión o mira a la sección en apuros y reconduce la situación. Sus largos años al frente de orquestas de tradición germana  le han dado un conocimiento muy profundo del repertorio  austro alemán  y sobre todo, de uno de sus compositores fetiches: G. Mahler.

Decir Riccardo Chailly, es hablar de un experto en Mahler.  Había que disfrutar  por ejemplo, de la cátedra que dio en la segunda parte del Scherzo de la sinfonía, dibujando filigranas con el rubato indicado en la partitura. Podía contener y administrar el tempo con una soltura y una elegancia, solo al alcance de muy pocos. Y es que esta música, escrita por el mejor director de su generación, está pensada para que un buen director penetre en sus misterios  y la haga trascender lo más lejos posible, Chailly, es ese tipo de director. Son muchos años trabajando este repertorio, meditando los balances, conociendo cada resorte, cada enlace armónico, cada voz que canta y se oculta, son muchos años los que Mahler ha estado creciendo en un músico más que dotado, sensible y con unos medios técnicos impresionantes. El resultado fue una lectura inmensa, conmovedora, que nos llevó por los más variados  abismos  humanos, para depositarnos en la luz en la que concluye victoriosa la obra.

Muy atinada la programación presentada, y más si pensamos en que es este el concierto inaugural de una temporada que pretende, y hacemos votos porque así sea, recuperar el pulso normal de nuestra actividad musical, ya no solo en nuestra ciudad, sino a nivel mundial. Creo que precisamente la sinfonía de Mahler es el perfecto ejemplo de lo que han sido estos dos años  para nosotros y de cómo llenos de emoción, ahora regresamos a las salas de conciertos. Hemos estado esta época, como aparece en la obra Mahleriana, caminando llenos de miedo, víctimas de una pandemia que no entendíamos, que nos condenaba a la distancia y la soledad, un poco al modo de esa marcha fúnebre tocada por un contrabajo desafinado, entonando un «Frère Jacques» en modo menor.  Pero tras esa oscuridad, estamos ahora mismo deseosos de que la luz finalmente llene nuestras vidas y la música fluya y lo llene todo, precisamente tal y como termina la Sinfonía del maestro austriaco. Gran concierto inaugural e inmejorable augurio para una temporada que promete mucho. Seguimos

«El mejor» (I)

«El mejor» (I)

Es curioso como a un mismo evento, dos personas pueden darle una lectura absolutamente diferente. Me ocurrió hace algún tiempo con un estimado alumno, en un concierto en el Palau de la Música. Aquella había sido una gran velada.  Aquel distinguido artista había realizado un memorable concierto y había conmovido en extremo nuestra almas. A la salida, en las inmediaciones del bar del Palau vi  la imagen del mencionado alumno, que al reconocerme, contestó a mi saludo e hicimos por contactar. Yo le manifesté mi absoluto entusiasmo por lo vivido hacía unos pocos minutos y él se unió a mi apreciación, pero, lo hizo  con un velo de cierta tristeza que me sorprendió. Seguimos charlando entusiasmados y cuando llevábamos ya un rato, me confesó : “me ha gustado tanto, que me ha hecho preguntarme sobre lo que estoy haciendo en el piano”. Aquello me dejó frío cuando lo escuché.  El chico continuó explicándome que estaba muy frustrado, porque se había dado cuenta de que él jamás tocaría así de bien. La sensación de estar perdiendo lo invadia, pues sentía que jamás lograría ni el nivel técnico, ni mucho menos el musical, de aquel celebérrimo artista del que habíamos disfrutado un espléndido concierto.  Al final, incluso deslizó la idea de dejar el piano.

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«Un buen músico simplemente»

«Un buen músico simplemente»

A mis alumnos de antes, de ahora y los que vendrán. Con infinito agradecimiento por la buena educación que me habéis procurado. 

“No sabes lo que para mí significa venir todos los miércoles y viernes al Conservatorio, es algo que me da la vida, que hace que tenga ganas de levantarme de la cama”; “ Si no tuviera a la coral en mi vida, seguramente ya me hubiera muerto”; “No me imagino sin esta ilusión actualmente”. Estas son frases que alumnos adultos me han dicho a lo largo de estos años en que he tenido la oportunidad de trabajar con grupos de lo más diversos. Detrás de cada uno de los alumnos mayores de 18 años que he tenido, siempre suele existir una historia con la música que en algún momento se torció y pasado el tiempo, los astros, de nueva cuenta, se colocaron para llevarlos ha desatar ese nudo que llevaban años cargando. 

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