LA BATUTA

 ¿POR QUÉ LA BATUTA? ELEGIR CAMINO, ELEGIR UN MODO DE ESTAR EN EL MUNDO

Recuerdo que tenía unos 10 años más o menos, cuando le dije a mi padre que de mayor quería ser un intelectual. Es obvio pensar que mi padre se tomó aquello como un sueño más, de los muchos que a esas edades se suelen tener. Ahora, es curioso que, con 10 años, yo no quisiera ser doctor, abogado o futbolista… no, ¡quería ser intelectual! Y si les soy sincero, no tengo ni idea de porqué estaba tan seguro de que ese era mi camino. En realidad, lo que yo llamaba ser intelectual, estaba nutrido por las imágenes de los muchos programas televisivos que se veían en casa. Mi padre, hombre cultísimo, veía poca televisión y la que veía, era del tipo que ahora se llama cultural, muchos debates sobre filosofía o política o historia, conciertos, óperas, series históricas, ese fue el mundo televisivo en el que yo crecí y el que asumí que era el mundo de todos mis compañeros del colegio. Duro fue darme cuenta de que, si yo había estado viendo con mi padre una serie sobre la vida de Cervantes el domingo anterior, mis compañeros habían visto el último partido de la liga de fútbol o una película de Disney.

Pero pese a esto, yo tenía clarísimo que quería ser como esos señores que hablaban tan bien y sabían tanto y de tantas cosas. Las cosas se complicaron con el paso del tiempo porque primero esa manifiesta vocación fue desaprobada directamente por mis padres y segundo, apareció otra vocación: la música.

Sin dejar de lado mis ganas de seguir estudiando otras materias, la música poco a poco fue ocupando más y más mi tiempo y mi vida, y así, con 18 años, tuve que decidir si seguía una carrera Universitaria o comenzaba mis estudios profesionales de música. Recuerdo que me costó muchísimo decirme, las dos vías me seducían mucho, no lograba decidir con claridad el camino. Una noche, tuve que salir del ensayo de la coral de la Facultad de Bellas Artes, porque tenía que estudiar para presentarme a un examen muy pesado al otro día del Bachillerato. Recuerdo que me sentí muy triste de dejar aquel ensayo, porque realmente lo que yo quería hacer en ese momento, era seguir cantando con mis compañeros. Ahí me di cuenta de que finalmente, la música era la decisión adecuada.

La música ha sido y es mi modo de estar en este mundo. Con la Musicología, he logrado unir aquel viejo sueño de hacer de “intelectual”, de pensar y reflexionar, con seguir siendo músico. La reflexión está íntimamente unida a la acción de hacer música. De hecho, para poder hacer de Musicólogo, en mi personal experiencia, es fundamental partir de mi experiencia como músico, son dos mundos que se complementan uno al otro. La Musicología amplió enormemente mi visión de este camino que emprendí definitivamente en mi adolescencia.

Ahora, además de escribir, tocar, dirigir y otro mundo de cosas, me gusta charlar sobre esas claves culturales que se nos han perdido a muchos, para poder escuchar de otro modo aquella música que forma parte de nuestro legado cultural. Ese legado que abarca más de 2000 años de historia y que incluye tanto al canto gregoriano, como una ópera de Monteverdi, o una canción de Nil Moliner. No son solo datos, no son solo nombres, es la carne y la sangre que logran que esa música que quizás puedas juzgar aburrida o lejana de entrada, de pronto, sea emocionante y atractiva. Porque la música, es quizás la manifestación artística que más apela a nuestra intimidad, y eso es lo que pretendo en este proyecto: lograr colocar en ti, en tu fuero más profundo, muchas músicas nuevas, que tu jamás pensaste que serían parte de la banda sonora de tu vida.