Una Yuja Wang de alturas siderales

Una Yuja Wang de alturas siderales

Uno de los más importantes directores mexicanos del último medio siglo, cuyo nombre no mencionaré por no venir a cuento, contaba en tono jocoso que tras recibir durante un tiempo prolongado clases de Sergi Celibidache, este asistió a un concierto dirigido por el entonces director en ciernes. Tras el concierto, y ya en el camerino, contaba que  lleno de recelo, le pidió a Celibidache su opinión sobre lo que había escuchado y visto. El veredicto del maestro fue demoledor y certero, le dijo: «has hecho todo mal, pero los músico te siguen, puedes dedicarte a dirigir perfectamente».

Esta divertida anécdota vino a mi memoria el pasado 14 de diciembre, tras ver unos minutos al maestro Santtu-Matias Rouvali al frente de la Philharmonia Orchestra en un concierto que tuvo lugar  en el Auditori de la capital catalana. Las primeras impresiones no suelen ser confiables, y en el que caso de nuestro maestro quedó patente, pues en un primer golpe de vista, tienes la impresión de que está haciendo algo mal, cuando realmente, lo que sucede es que Rouvali, pertenece a otro tipo de directores que tiene muy poco que ver con la imagen tradicional y romántica del director autoritario e iluminado que encandiló al público por décadas. A Rouvali los músicos lo siguen y de qué manera, porque es realmente un espléndido director. Más aún, estamos hablando de  un fantástico músico que sabe ver dónde hay que ver y atender, dónde hace falta atender, dejando de lado la imagen afectada e inspirada que todos tenemos en la retina cuando pensamos en el director arquetípico. Rouvali no es que se equivoque y los músicos lo sigan ciegamente como si fuera un flautista de Hamelín, más bien Rouvali hace las cosas de otra manera tremendamente efectiva.

Imagen ANTONI BOFILL

 

Tener la oportunidad de escuchar a la Philharmonia Orchestra es un absoluto lujo. Pertenece a ese reducido grupo de orquestas, que han colaborado a construir la historia reciente de la música. Algunas de sus cientos de grabaciones son absolutos documentos históricos. Solo hay que recordar que nombres como los de Karajan, Klemperer o Muti, por solo mencionar un puñado, están íntimamente ligados a esta agrupación británica, que cuenta con un sello muy propio de hacer y entender la música. Ahora bien, si a lo anterior, le sumamos que la solista invitada es Yuja Wang, la ocasión se convierte en imperdible y las personas que la noche del pasado 14 de diciembre prácticamente llenamos el Auditori, creo que así lo entendimos, pues el ambiente previo al inicio del concierto era el de una cierta expectación por disfrutar de un programa sumamente atractivo.

El romanticismo ruso fue el hilo conductor que vertebró el programa. De P. I. Chaikovski pudimos disfrutar a manera de grandes pilares que enmarcaron el concierto, dos de sus mas importantes obras: para iniciar la velada escuchamos la Obertura fantasía Romeo y Julieta, concluyendo con la Sinfonía Núm. 4 en fa menor, Op. 36.  El Concierto para piano Núm. 1 en fa sostenido menor, Op. 1 de S. Rajmáninov fue la tercera pieza que completaba este programa y que está de hecho, muy vinculada estilísticamente con resto de las obras ya mencionadas.

Sin lugar a duda, el gran atractivo de la noche era poder escuchar a Yuja Wang. La impresionante carrera internacional que está construyendo, la ha colocado como una de las más importantes pianistas del momento. La virtuosa mezcla que encontramos en ella, entre perfección técnica y musicalidad a raudales, es poco frecuente de ver. La noche del 14 de diciembre no defraudó. Desde hace ya tiempo Wang interpreta con normalidad el primer concierto de Rajmáninov, obra maravillosa del romanticismo ruso y que indudablemente tiene sus raíces en P.I. Chaikovski, autor al que  Rajmáninov reverenció durante toda su vida, pues ejerció una inmensa influencia sobre él, no solamente en lo musical, sino también a nivel personal. Este concierto, que lleva el número uno de su catálogo, fue revisado y reestructurado por su autor en 1917, ya con toda la experiencia que los años dan. La pieza mantiene la energía y la magia de la juventud, trabajadas por el rigor y el oficio de un compositor maduro. El primer concierto es una obra técnicamente reservada a pianistas del más alto nivel, que ha sido opacado por los dos conciertos que le siguen, que son sobradamente célebres. El mismo Rajmáninov se quejaba amargamente  de que en Estados Unidos, cuando él ofrecía tocar este concierto, siempre notaba una cierta desilusión , pues  realmente esperaban escuchar el segundo o el tercer concierto de piano.

Yuja Wang realizó una lectura de esta obra, simplemente impresionante, mostrando una perfección técnica pasmosa y una integridad y amor a la música que por momentos sobrecogieron a los asistentes. Pese a sus ya famosos vestidos, y todas las controversias que estos han traído a su carrera, Wang es una artista de tal envergadura que realmente uno concluye que estas son cuestiones que solo sirven al marketing y a llamar la atención sobre su persona, estando ella realmente en otra dimensión de las cosas. Lo anterior es muy notable cuando se le ve tocar en vivo. Sobrecoge ver el grado de concentración al que llega en una actuación. Pareciera que cada partícula de su ser estuviera siendo canalizada en generar ese torrente impresionante de música que nos inunda a los que tenemos la fortuna de escucharla. Por momentos, es como si Wang, estuviera en una dimensión alterna, donde, desde la intimidad, desde ese jardín secreto al que solo ella puede llegar,   mostrará su esencia más profunda a través de la música que el resto escuchamos asombrados .

Imagen ANTONI BOFILL

El público congregado en la sala ovacionó de pie eufórico su entrega, y ella retribuyó con tres espléndidas propinas; en primer lugar de F. Liszt, su arreglo para piano solo del fantástico lied de F. SchubertGretchen am Spinnrade”, después escuchamos de la Sonata Núm. 7 de S. ProkofievPrecipitao” para concluir con la “Toccatina” Op. 40 de N. Kapustin.

Tras la media parte el foco del concierto recayó de nueva cuenta en la Philharmonia Orchestra y en su director titular el joven Santtu-Matias Rouvali, que ya en el inicio de la jornada había realizado una buena lectura del Romeo y Julieta de Chaikovski, obra exigente a nivel técnico sobre todo para la sección de cuerdas, pero que está dentro de ese grupo de obras que diríamos, son agradecidas de tocar. Piezas que hacen que una buena orquesta brille intensamente porque todas las virtudes que esa agrupación pueda tener quedan al descubierto. No fue la excepción en este caso, dejando  de manifiesto la enorme calidad de la agrupación británica. Caso diferente es la 4ª sinfonía, que pese a ser una de sus obras más famosas, por sus innegables méritos artísticos, es una obra de complejo abordaje para cualquier agrupación sinfónica. La constante presencia de síncopas, el delicado trabajo de matices orquestales, el frecuente fluctuar del tempo, en largos y sutiles rubatos, entre otros muchos elementos, hacen que la sinfonía sea una partitura muy compleja de enfrentar, aunque estemos hablando de una gran orquesta.  Para el directo en cuestión, es una prueba de suficiencia lograr generar el delicado equilibrio que hace tan especial esta partitura.

Rouvali que pertenece, como lo he mencionado en el inicio, a otra estirpe de directores, es un hombre de estatura media, mesurado en sus gestos, casi frio por momentos, que no deja ver ningún tipo de afectación emotiva en su actuación que puede llegar a parecer distante o incluso desgarbada. Ahora bien, si uno observa con mayor detenimiento, descubre que su mirada, sus gestos, y en general, su atención, se concentra ahí donde hace falta estar. No se recrea en la hermosa melodía que el solista en cuestión expone para deleite de todos, si no que cuida y guía a las voces que por debajo sustentan al instrumento que ahora brilla. No baila y se solaza en patéticas gesticulaciones de tipo heroico, si no que parca, pero muy efectivamente, con movimientos cortos y bien marcados, cuida que los cimientos que soportan todo el edificio orquestal se mantengan en perfecto estado. Al verlo me recordó mucho las recomendaciones que R. Strauss hacía sobre cómo dirigir correctamente una orquesta, haciendo  hincapié sobre que un buen director tenía que transpirar lo menos posible, procurando no distraer  con sus presencia o gestos   al escucha, para que este se concentrara en lo que de verdad importa: la música.

Imagen ANTONI BOFILL

Cuadro uno ve y escucha el trabajo de este joven maestro, en una primera impresión llega a pensar, equivocadamente, que está haciendo realmente poco, o que directamente se está equivocando, como mencionaba en la historia arriba narrada, pero a los pocos minutos, uno tiene la firme imagen de estar ante un músico íntegro, que tiene muy claro lo que quiere entregar al público que ha venido a escucharle y sabe  perfectamente que  tiene que hacer para cumplir con su objetivo estético. Sin estridencias, sin dramatismos románticos que solo distraen al personal, Rouvali, cimbró profundamente el corazón de los ahí congregados, pues hizo sonar de una manera increíble a una de las más importantes orquestas del mundo. Sin duda, uno de los mejores conciertos del año, su sabor aún puede paladearse en el regusto tan grato que dejó por la calidad y sobre todo, por la hermosa promesa que la juventud de tan notables intérpretes nos hacen a los que amamos la música. Estamos pues de enhorabuena. Seguimos.

Fotografías cortesia de bcn classics. Fotógrafo Antoni Bofill.

De la penumbra a la luz. De la soledad a la esperanza

De la penumbra a la luz. De la soledad a la esperanza

 

Existe una historia sobre W.A Mozart y su entonces joven alumno J.N Hummel, que nos narra como el impaciente alumno insistía ante el maestro en abordar de inmediato  la composición de una sinfonía, a lo que Mozart era renuente. Hummel, descorazonado con la negativa de su maestro, argumentó que Mozart a los 11 años ya había compuesto varias sinfonías e  incluso óperas. La respuesta de Mozart  es simplemente deliciosa: «la diferencia es que yo ya estaba listo y tú aún no».

Y precisamente, de preparados y muy  entusiasmados es que podemos calificar al público que llenó casi en su totalidad la sala del Palau de la Música para disfrutar del  programa presentado  por la Orquesta Filarmónica de La Scala, que fue la encargada de inaugurar por todo lo alto, el pasado 3 de octubre,  su nueva temporada de conciertos.  La Sinfonía núm. 1 de L.v. Beethoven y la Sinfonía núm. 1 “ Titán” de G. Mahler. son las obras que la orquesta milanesa  interpretó ante el público catalán. Al frente de la agrupación sinfónica estuvo su actual titular, el maestro Riccardo Chailly.

Traía también a cuento la historia arriba narrada, con todas sus dudas históricas claro, porque si algo nos queda claro en  las obras ya enumeradas, es que sus autores, al contrario del pobre Hummel,  estaban más que preparados para iniciar una aventura sinfónica de gran calado. Ambas piezas, son solo el inicio del camino, cierto, pero muestran a dos compositores muy maduros y en posesión ya de un lenguaje muy personal y consolidado, que sólo anuncia lo que está por llegar en sus posteriores obras.

Beethoven, sorprendiendo ya desde el inicio con esa entrada del todo inusual encargada a las maderas y que nos permite contactar con un joven maestro, que experimenta con las grandes formas, y que muestra una asombrosa facilidad para, de la nada, construir un entramado musical  perfectamente lógico y lleno de vida. Mahler, ya un sólido director orquestal cuando estrena esta obra, conocedor de todos los resortes que articulan a un orquesta, luciendo su inmensa capacidad de llevarnos  de la más profunda penumbra, al éxtasis más absoluto. Hay ya en esta obra ese amor por la naturaleza que siempre lo acompañó, pero también, está su obsesión con la muerte y lo grotesco. Hay fanfarrias triunfantes, y hay melodías que te hielan el alma con solo escucharlas. En ambos casos, al escuchar ambas sinfonías, se tiene  clara su autoría, pues cada nota escrita, contiene en su mas íntima esencia,  ese ADN  que las distingue y las remite a su origen  de manera inequívoca.

El programa, era una oportunidad tanto para la orquesta, como para el director de mostrar lo mejor de ellos mismos. El  primer movimiento de la sinfonía de Beethoven sufrió de estabilidad en el tempo, sobre todo al cambiar, del Adagio molto  con que arranca la obra, al Allegro con brío. Chailly marcó una velocidad que no fue asumida del todo por la orquesta, ralentizando la ejecución. El fresco primer movimiento no terminó de mostrar todo su aroma, en parte además, por un exceso de sonoridad en los cellos y bajos, que en ese misterioso proceso de acoplamiento a la acústica del Palau, hacía quizás, demasiada pesada la sonoridad resultante . La Orquesta Filarmónica de La Scala, es una agrupación grande y muy bien dotada de un buen número de atriles en cada sección. Tocar una primera sinfonía de Beethoven con 8 cellos y 6 bajos es quizás demasiado para la sala del Palau de la Música.  Suprimir un par de atriles, hubiera dado como resultado una sonoridad más fresca y ágil, que habría  permitido, por ejemplo, mantener con mayor facilidad el tempo originalmente marcado por Chailly.

Para el segundo movimiento, Andante cantabile con moto, la sonoridad se transformó. Todo fue etéreo y delicado, la música fluyó lenta y pausadamente. La orquesta terminó de ajustarse y las secciones perfectamente balanceadas entre sí, dieron  como resultado un bloque orquestal compacto.

El resto de la sinfonía mostró al público allí reunido, la enorme talla artística de la orquesta.  Tanto el tercero como el cuarto movimiento de esta obra, tienen un buen número de pasajes donde las secciones pueden desacoplarse, y hacer que la lectura naufrague o sufra en su decurso. Esto es más común  sobre todo en la sección de  metales, que suelen caer en la tentación de intentar  brillar por encima de sus compañeros, animados sobre todo,  por un tempo rápido que les permite desarrollar mucho el volumen de sus instrumentos. En el caso que nos ocupa, la orquesta lució una sonoridad,  balanceada y contenida. Con un aparato orquestal  sólido, y bien trabajado. Claro está  que detrás de esta magia  esta Riccardo Chailly,  director  sensible y muy  atento a la más mínima fluctuación  en su orquesta. Durante la ejecución suele dar los inputs necesarios para que la música suceda y luego deja fluir la energía. Respeta a sus músicos y no los importuna con gestos innecesarios o un control asfixiante, deja que la magia suceda en medio,  en esos momentos de libertad. Cuando escucha algo ligeramente fuera de lugar, sus manos rápidamente hacen un gesto mínimo al músico en cuestión o mira a la sección en apuros y reconduce la situación. Sus largos años al frente de orquestas de tradición germana  le han dado un conocimiento muy profundo del repertorio  austro alemán  y sobre todo, de uno de sus compositores fetiches: G. Mahler.

Decir Riccardo Chailly, es hablar de un experto en Mahler.  Había que disfrutar  por ejemplo, de la cátedra que dio en la segunda parte del Scherzo de la sinfonía, dibujando filigranas con el rubato indicado en la partitura. Podía contener y administrar el tempo con una soltura y una elegancia, solo al alcance de muy pocos. Y es que esta música, escrita por el mejor director de su generación, está pensada para que un buen director penetre en sus misterios  y la haga trascender lo más lejos posible, Chailly, es ese tipo de director. Son muchos años trabajando este repertorio, meditando los balances, conociendo cada resorte, cada enlace armónico, cada voz que canta y se oculta, son muchos años los que Mahler ha estado creciendo en un músico más que dotado, sensible y con unos medios técnicos impresionantes. El resultado fue una lectura inmensa, conmovedora, que nos llevó por los más variados  abismos  humanos, para depositarnos en la luz en la que concluye victoriosa la obra.

Muy atinada la programación presentada, y más si pensamos en que es este el concierto inaugural de una temporada que pretende, y hacemos votos porque así sea, recuperar el pulso normal de nuestra actividad musical, ya no solo en nuestra ciudad, sino a nivel mundial. Creo que precisamente la sinfonía de Mahler es el perfecto ejemplo de lo que han sido estos dos años  para nosotros y de cómo llenos de emoción, ahora regresamos a las salas de conciertos. Hemos estado esta época, como aparece en la obra Mahleriana, caminando llenos de miedo, víctimas de una pandemia que no entendíamos, que nos condenaba a la distancia y la soledad, un poco al modo de esa marcha fúnebre tocada por un contrabajo desafinado, entonando un «Frère Jacques» en modo menor.  Pero tras esa oscuridad, estamos ahora mismo deseosos de que la luz finalmente llene nuestras vidas y la música fluya y lo llene todo, precisamente tal y como termina la Sinfonía del maestro austriaco. Gran concierto inaugural e inmejorable augurio para una temporada que promete mucho. Seguimos

«El mejor» (I)

«El mejor» (I)

Es curioso como a un mismo evento, dos personas pueden darle una lectura absolutamente diferente. Me ocurrió hace algún tiempo con un estimado alumno, en un concierto en el Palau de la Música. Aquella había sido una gran velada.  Aquel distinguido artista había realizado un memorable concierto y había conmovido en extremo nuestra almas. A la salida, en las inmediaciones del bar del Palau vi  la imagen del mencionado alumno, que al reconocerme, contestó a mi saludo e hicimos por contactar. Yo le manifesté mi absoluto entusiasmo por lo vivido hacía unos pocos minutos y él se unió a mi apreciación, pero, lo hizo  con un velo de cierta tristeza que me sorprendió. Seguimos charlando entusiasmados y cuando llevábamos ya un rato, me confesó : “me ha gustado tanto, que me ha hecho preguntarme sobre lo que estoy haciendo en el piano”. Aquello me dejó frío cuando lo escuché.  El chico continuó explicándome que estaba muy frustrado, porque se había dado cuenta de que él jamás tocaría así de bien. La sensación de estar perdiendo lo invadia, pues sentía que jamás lograría ni el nivel técnico, ni mucho menos el musical, de aquel celebérrimo artista del que habíamos disfrutado un espléndido concierto.  Al final, incluso deslizó la idea de dejar el piano.

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«Un buen músico simplemente»

«Un buen músico simplemente»

A mis alumnos de antes, de ahora y los que vendrán. Con infinito agradecimiento por la buena educación que me habéis procurado. 

“No sabes lo que para mí significa venir todos los miércoles y viernes al Conservatorio, es algo que me da la vida, que hace que tenga ganas de levantarme de la cama”; “ Si no tuviera a la coral en mi vida, seguramente ya me hubiera muerto”; “No me imagino sin esta ilusión actualmente”. Estas son frases que alumnos adultos me han dicho a lo largo de estos años en que he tenido la oportunidad de trabajar con grupos de lo más diversos. Detrás de cada uno de los alumnos mayores de 18 años que he tenido, siempre suele existir una historia con la música que en algún momento se torció y pasado el tiempo, los astros, de nueva cuenta, se colocaron para llevarlos ha desatar ese nudo que llevaban años cargando. 

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