Zosha Di Castri, John Adams y Serguéi Prokófiev. Gustavo Dudamel y la Filarmónica de Nueva York. L’Auditori de Barcelona, 12 de octubre de 2026.
En la música somos nosotros mismos el territorio donde las grandes revelaciones suceden. El sonido nos habita, arrastrándonos a estados de conciencia que de otro modo serían prácticamente imposibles de alcanzar. La música como vivencia pura. La visita de la Filarmónica de Nueva York, bajo la dirección de Gustavo Dudamel, el pasado 12 de octubre, fue una ocasión privilegiada para transitar, una vez más, esa senda de autoconciencia y descubrimiento.
El programa tenía mucho de declaración de intenciones. Dos obras contemporáneas de una profunda carga humana, Invisible House, de la canadiense Zosha Di Castri, y On the Transmigration of Souls, de John Adams, precedían a la monumental Quinta Sinfonía de Serguéi Prokófiev. Tres partituras de lenguajes muy diferentes, atravesadas, sin embargo, por la experiencia del dolor, la memoria y la capacidad humana para seguir viviendo en medio de la destrucción.
La primera obra, Invisible House, nos introdujo en un universo sonoro de enorme riqueza tímbrica. Inspirada, entre otras fuentes, en la poesía del ucraniano Ilya Kaminsky y en los recuerdos familiares de la compositora, la pieza plantea una pregunta profundamente humana: ¿dónde podemos encontrar refugio cuando el mundo que conocemos se desmorona?
Di Castri es sin duda una orquestadora habilísima. Conoce las posibilidades expresivas de cada sección instrumental y sabe combinar las texturas para construir un discurso que transita entre el caos, los recuerdos y una cierta serenidad interior. Su escritura, alejada de las estructuras convencionales, exige del oyente una disposición abierta, una voluntad de dejarse conducir por el sonido sin reclamar constantemente los puntos de referencia habituales.
En Invisible House, entre las complejas texturas orquestales emergen melodías tradicionales que nos hablan de asuntos tan sencillos y permanentes como la inutilidad de vivir únicamente para el dinero o la belleza del despertar de la naturaleza en primavera y verano. Son recuerdos de un mundo que parece perdido, pequeñas señales de humanidad en medio de la devastación.
La música avanza entre episodios de tensión, evocaciones y momentos de una delicadeza inesperada hasta alcanzar una suerte de paz interior. No se trata de ignorar el horror, sino de encontrar un espacio donde continuar viviendo a pesar de él. La presencia de la compositora en la sala permitió compartir con ella la cálida acogida que el público barcelonés dispensó a su obra.
Si Di Castri nos habla de la posibilidad de encontrar refugio en medio de la destrucción, John Adams nos enfrenta a una de las heridas más profundas de nuestra historia reciente.
On the Transmigration of Souls, compuesta en memoria de las víctimas de los atentados del 11 de septiembre de 2001, es una obra de una fuerza emocional extraordinaria. Adams utiliza una gran orquesta, una extensa masa coral y voces grabadas para construir un espacio sonoro en el que los nombres de los fallecidos, los testimonios y los recuerdos de quienes los amaron se entremezclan con una música que lentamente va envolviendo al oyente.
Adams es también un maestro de la orquestación. Su dominio de las masas instrumentales y vocales le permite construir una experiencia de enorme intensidad sin necesidad de recurrir a una retórica musical desmesurada. El sonido crece, se transforma, nos rodea. Las voces aparecen y desaparecen mientras escuchamos expresiones de amor, de ausencia, de una cotidianidad brutalmente interrumpida.
Hay algo especialmente conmovedor en la manera en que Adams aborda la muerte. En una sociedad en la que la fe religiosa ha dejado de ser una respuesta compartida, la obra no propone una explicación trascendente del sufrimiento. Nos invita a mirar de frente la ausencia, a convivir con los recuerdos y a reconocer que quienes se han marchado continúan, de alguna manera, su viaje acompañados por quienes permanecemos de este lado.
El 11 de septiembre supuso una fractura histórica, pero también una suma inconmensurable de tragedias íntimas. Adams consigue que esa dimensión personal pase por encima del acontecimiento histórico.
La participación de tres agrupaciones corales muy queridas en Barcelona, el Cor de Noies de l’Orfeó Català, el Cor Infantil de l’Orfeó Català y el propio Orfeó Català, contribuyó a que el público hiciera suya esta experiencia musical. La acogida fue entusiasta, una muestra de la profunda conexión emocional que puede establecerse entre la música contemporánea y sus oyentes cuando encuentra intérpretes capaces de comunicar toda su fuerza expresiva.
Durante toda esta primera parte, Gustavo Dudamel mantuvo una actitud de aparente distancia. Su dirección fue contenida, precisa, atenta a los equilibrios instrumentales. Por momentos, la impresión era que la Filarmónica de Nueva York, una maquinaria orquestal de formidable calidad, funcionaba prácticamente por sí sola.
Pero sería un error confundir esa discreción con una ausencia de criterio musical. Dudamel administró las enormes fuerzas instrumentales y vocales con una técnica escueta y eficaz, dejando que las partituras respiraran sin imponerles una expresividad innecesaria. La música necesitaba espacio, y el director supo concedérselo.
La segunda parte mostró otra faceta de su personalidad.
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En la Quinta Sinfonía de Prokófiev apareció un Dudamel plenamente dueño del discurso musical. Dirigió de memoria, con un aplomo y un conocimiento minucioso de una partitura cuya complejidad reside tanto en su arquitectura como en la extraordinaria precisión de su escritura instrumental.
Desde el primer movimiento quedó clara su capacidad para construir grandes estructuras. La música fue creciendo desde una exposición pausada, cuidadosamente articulada, hasta alcanzar la formidable expansión sonora de su conclusión. Dudamel supo trabajar con esas melodías angulosas, a veces engañosamente sencillas, que adquieren todo su sentido gracias a una orquestación construida con la precisión de un rompecabezas.
El segundo movimiento tuvo un mordiente extraordinario. Su ironía, sus acentos incisivos y su inquietante energía rítmica encontraron una respuesta impecable en una orquesta de una precisión casi insolente. Dudamel controló cada articulación, cada cambio de carácter y cada fluctuación agógica sin sacrificar la naturalidad del discurso.
El tercer movimiento, verdadero centro emocional de la sinfonía, fue otro ejemplo de su capacidad constructiva. Pues desde sus primeros compases, administró la tensión, permitiendo que la música desplegara progresivamente su intensidad hasta alcanzar los momentos de mayor dramatismo.
Y en el movimiento final, la precisión rítmica y la claridad de las diferentes capas instrumentales resultaron deslumbrantes. Dudamel parecía modelar el sonido de la orquesta como si fuese arcilla. Cada gesto encontraba una respuesta inmediata, cada indicación dinámica se traducía en un cambio de color, cada articulación aparecía perfectamente definida.
Fue aquí donde quedó de manifiesto una de sus principales virtudes: una técnica de dirección precisa, económica en sus gestos y de una efectividad rotunda. El venezolano conoce perfectamente este repertorio y se mueve en él con una comodidad que le permite concentrarse en los detalles sin perder de vista la arquitectura general.
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La Filarmónica de Nueva York respondió de manera formidable. Su sonido, perfectamente equilibrado, encontró en la acústica de L’Auditori un espacio especialmente favorable. Las diferentes secciones instrumentales conservaron su personalidad dentro de un conjunto de una cohesión admirable. Todo fluía con una naturalidad casi voluptuosa, sin que la precisión comprometiera en ningún momento la riqueza sonora.
Al concluir la sinfonía, el público premió al conjunto norteamericano con una prolongada ovación, reflejo del profundo impacto que su interpretación había causado entre los asistentes.
Más allá de los resultados estrictamente musicales, el concierto podía leerse como una carta de presentación de la nueva etapa que Gustavo Dudamel y la Filarmónica de Nueva York están a punto de comenzar. La elección de las obras no parece casual. Di Castri conecta con su trayectoria en Los Ángeles; Adams pertenece a la historia reciente de la propia Filarmónica neoyorquina, que encargó y estrenó su obra; y Prokófiev permite al director desplegar un repertorio que conoce íntimamente.
La llegada de Dudamel a Nueva York invita inevitablemente a recordar los tiempos de Leonard Bernstein, cuando la Filarmónica consiguió establecer una relación excepcional con la ciudad y ocupar un lugar destacado en su vida cultural. Sería precipitado anunciar el regreso de aquella época, pero resulta comprensible que la personalidad comunicativa de Dudamel, unida a sus indudables capacidades musicales, despierte semejantes expectativas.
Su larga trayectoria al frente de la Filarmónica de Los Ángeles parece indicar, además, una afinidad particular con el funcionamiento de las grandes instituciones sinfónicas estadounidenses. La experiencia neoyorquina permitirá comprobar hasta dónde puede desarrollarse esa relación.
El concierto barcelonés dejó motivos para el optimismo. Dudamel demostró que sabe cuándo intervenir con toda su autoridad y cuándo permitir que la música y los músicos encuentren su propio espacio. En Prokófiev fue un arquitecto minucioso; en Di Castri y Adams, un administrador inteligente de complejas arquitecturas sonoras.
Quizá ahí resida una de las claves de su madurez artística: comprender que la autoridad de un director no se mide por cuánto se hace notar, sino por la precisión con la que consigue que una partitura cobre vida.
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La Filarmónica de Nueva York tiene ante sí una nueva etapa. Después de lo escuchado en Barcelona, hay razones musicales, y no solamente mediáticas, para seguirla con interés. Seguimos.
Fotografías cortesía de bcn classics. Fotógrafo Antoni Bofill
La historia entre Estados Unidos y Europa está jalonada de incidentes muy parecidos a los que parece que estamos abocados a vivir con la llegada del nuevo inquilino de la Casa Blanca. Hay, de parte de ambos lados, mucha admiración y respeto, ciertamente, pero también, y casi en la misma proporción, una enorme cantidad de recelos y desconfianza. Si nos circunscribimos a nuestro ámbito musical, aquí en Europa siempre hemos visto con cierto desdén a los autores norteamericanos, a quienes calificamos, al menos en parte, de chabacanos. Sin embargo, del mismo modo, hemos aplaudido y amado con todo el corazón a sus memorables orquestas y solistas incomparables.
Es muy frecuente, en este lado del charco, que cuando al menos la mitad de un programa está impregnado de música norteamericana, frunzamos el ceño en nuestro fuero interno y nos lamentemos de no escuchar a aquella maravillosa orquesta con algo más «serio». La pasada semana, en Barcelona, tuvimos, en más de un sentido, un caso como el que os describo.
La Orquesta Philharmonia de Londres, dentro de una gira por algunas ciudades españolas, se presentó en el Palau de la Música de Barcelona el pasado 13 de enero. Ni el intenso frío, ni un programa que en su primera mitad solo resultaba atractivo para los más cafeteros espantaron a los asistentes, quienes llenaron la sala de conciertos y agasajaron posteriormente al conjunto inglés por el espectáculo brindado. Esta orquesta, que es sin duda una de las mejores del mundo, ha sabido mantener, pese al duro ambiente que impera actualmente en el Reino Unido en materia musical (seis programas en dos semanas, por ejemplo, y un altísimo nivel competitivo entre todas las orquestas del país), los elevados estándares de interpretación y musicalidad que tanto la distinguen.
Al frente de este ejército de generales contamos con el saber hacer de quien es, sin duda, la decana de las directoras de orquesta en la actualidad: me refiero a la neoyorquina Marin Alsop, principal directora invitada de la agrupación londinense. Discípula y protegida de Leonard Bernstein, Alsop es además principal invitada de la Orquesta de Filadelfia y titular de la Sinfónica de la ORF en Viena. Lamentablemente, su carrera no ha alcanzado las cotas de excelencia que merecería, algo absolutamente injusto, pues sigue sin tocar el olimpo de las grandes directoras, como lo ha hecho, por ejemplo, la australiana Simone Young, quien ya se ha subido al podio de la Filarmónica de Viena y de la Filarmónica de Berlín en varias ocasiones, además de dirigir en los fosos de Bayreuth y la Staatsoper de Viena.
La parte solista del concierto estuvo a cargo de un absoluto prodigio: alguien que, estamos seguros, llegará a ser una de las mejores violinistas de su generación. Nacida en Granada y aún en formación en Viena, María Dueñas es la mayor de tres hermanas, hijas de un guardia civil y una maestra que lo han dado todo para que sus hijas se abran camino en este complicado mundo. La familia se trasladó primero a Alemania y luego a Viena para que María pudiera estudiar en el mejor ambiente posible.
María comenzó a dar grandes satisfacciones muy pronto y, en 2021, con apenas 18 años, ganó el primer premio del Concurso Yehudi Menuhin. En septiembre de 2022 firmó un contrato con la discográfica alemana Deutsche Grammophon. Pese a estos y otros muchos galardones, y a la creciente cantidad de invitaciones que recibe de todo el mundo, ella sigue asistiendo a sus clases en la Universidad de Música y Arte Dramático de Viena. Además, de continuar siendo una joven de apenas 22 años, con toda una vida por disfrutar, con ese brillo especial en los ojos que solo da la juventud y con un trato amable y sencillo.
La primera obra del programa fue Strum, una pieza de la neoyorquina Jessie Montgomery, egresada de Juilliard y doctora en composición por la Universidad de Princeton. Es música muy amable y fácil de escuchar, que suele desconcertar al oyente medio, quien, prevenido como se está ante obras de nuevo cuño, encuentra deliciosamente desconcertantes las armonías plácidas y consonantes de Montgomery. Alguien sentado muy cerca de mi resumió perfectamente la experiencia al intentar explicárselo a su acompañante: «¿No ves que es música americana?». Justo en ese momento recordé lo que mencionaba al inicio de esta crónica:nuestros prejuicios culturales nos hacen explicar de un determinado modo el que no estemos sangrando por los oídos y una de esas razones es sin duda, que es «música americana», o sea, música sin tanta gradación, o quizás debería expresarlo en términos alimenticios , es música más light y por ello inicua
Llegó entonces el turno de la obra concertante del programa: el Concierto para violín y orquesta de Erich Wolfgang Korngold, una magnífica pieza que poco a poco va ganando un lugar entre los grandes conciertos para violín, aunque en algunos círculos ultraconservadores siga cargando con el sambenito de ser música ligera, «demasiado americana» para ser tomada en cuenta.
La obra, escrita justo después de la derrota y muerte de Hitler, fue un intento de reivindicación de Korngold como compositor «serio». Nacido y formado en Austria, Korngold se refugió en EE. UU. durante la guerra, siendo de origen judío. Allí trabajó en la floreciente industria cinematográfica, marcando profundamente el estilo hollywoodense con sus orquestaciones tardorrománticas y su lirismo exacerbado.
Algunos críticos de renombre mostraron su decepción por la elección de esta obra como parte del programa, aunque todos coincidieron en elogiar el enorme talento de María Dueñas
De temperamento intenso y sensible, posee ya un sonido muy potente y poliédrico que atraviesa con autoridad y fuerza las salas en las que se presenta. Pese a su juventud, su técnica es ya perfecta y muy sólida , cuenta con una afinación infalible y un arco ágil y fiable, que sabe utilizar con mucha sabiduría . Su vibrato es muy poderoso y brillante y lo utiliza con generosidad en los pasajes que así lo requieren. Fue una absoluta delicia verla abordar una obra tan compleja a nivel técnico como el concierto de Korngold, que construyó su concierto como un galimatías técnico para el solista, adornado por melodías aparentemente inicuas, y muy hermosas pero que requieren del intérprete una entrega absoluta.
Es en el último movimiento del concierto donde el compositor reservó su mayor arsenal de retos técnicos, que María Dueñas resolvió con autoridad. Previamente, habíamos escuchado un hermoso segundo movimiento muy lírico, una inspirada Romanza donde Dueñas mostró un excelente rubato y una capacidad expresiva muy profunda.
El Palau de la Música se entregó en cuerpo y alma a la granadina, ovacionándola durante mucho tiempo. Su triunfo fue literalmente apoteósico y muy merecido, pues estamos ante una extraordinaria violinista.
La segunda parte del programa estuvo consagrada a lo que, sin duda, es la mejor obra orquestal de Prokófiev: la música que compuso para el ballet Romeo y Julieta, popularizada en todo el mundo a través de tres suites. Recientemente, muchos directores presentan sus propias versiones de la obra, y la maestra Alsop no fue la excepción. Sin embargo, se cometió un error notable , al menos en los conciertos ofrecidos en Madrid y Barcelona, pues el programa anunciado incluía el siguiente orden: Montescos y Capuletos, La joven Julieta, Máscaras, Fray Lorenzo, Danza, Muerte de Teobaldo, Romeo en la tumba de Julieta y Muerte de Julieta. Sin embargo, Alsop dirigió tres números más que no estaban indicados, lo que provocó una evidente desorientación en el público. Durante varios minutos, muchos asistentes releían sus programas, intentando entender por qué las cuentas no les cuadraban.
La orquesta, no obstante, sonó imponente: compacta y precisa, con balances delicados y perfectamente logrados. Por algo la Philharmonia es una de las mejores orquestas del mundo, fiel a una sonoridad muy británica y a un saber hacer que se mantiene incluso bajo la presión de las exigencias modernas del negocio musical, que a menudo imponen jornadas casi inhumanas. Fue un placer escuchar sus cuerdas aterciopeladas, sus maderas perfectamente timbradas y engrasadas en el corazón del aparato orquestal, complementadas por unos metales robustos y poderosos. Sin duda, un sueño de orquesta.
Muchos han acusado a Marin Alsop de ser una directora monótona y sin demasiada garra sobre el podio. En mi opinión, Alsop es una gran música que conoce perfectamente su oficio, pero, sobre todo, es muy eficiente. Efectiva sería quizás el término adecuado. Jamás hará un movimiento innecesario, dejando que la orquesta brille por sí misma y promoviendo entre sus músicos una autonomía y expresividad muy apreciables. En esta ocasión, Alsop permitió que momentos tan icónicos como la Muerte de Teobaldo estremecieran la sala sin freno, gracias a la potencia sonora que logró imprimir a la interpretación.
Brillante concierto el que pudimos disfrutar el pasado 13 de enero. Salimos, en medio de una noche gélida, con el buen sabor de boca de una gran velada, pero, sobre todo, con la firme impresión de que acabábamos de ver a una gran violinista que, estoy absolutamente seguro, escribirá su nombre entre las mejores de su tiempo. Seguimos.
La Tonhalle-Orchester Zürich, bajo la dirección de su titular Paavo Järvi, fue la encargada de dar inicio a una nueva temporada de conciertos de BCN Clàssics. El Palau de la Música fue el escenario donde, la noche del pasado 28 de octubre, pudimos disfrutar del trabajo de esta extraordinaria orquesta suiza de gira por algunas ciudades de nuestro país.
La velada comenzó con el Concierto para violín y orquesta núm. 2 en Sol menor, op. 63, de S. Prokofiev, interpretado por la violinista georgiana Lisa Batiashvili, quien cosechó un rotundo éxito.Tras el preceptivo intermedio, continuó la Sinfonía núm. 7 en Mi menor de G. Mahler, monumental trabajo sinfónico que desde su inicio pone al límite de sus capacidades a cualquier orquesta que la aborde.
Lisa Batiashvili dio una clase magistral de musicalidad y elegancia con su interpretación del concierto de Prokofiev. Originalmente planteada más como una sonata concertante, con una orquesta de no grandes dimensiones y en un lenguaje más expresivo, evolucionó a un concierto quizás más ambicioso que en su planteamiento original, pero sin perder esa vena expresiva que lo hace sencillamente seductor.
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Batiashvili conocedora profunda de la partitura la desgranó con sabiduría. Paso a paso, supo abordar con brío y autoridad los pasajes más complejos, y resolverlos con absoluta solvencia y musicalidad. Pero donde fue sencillamente magistral fue al hacer «cantar» a su instrumento en los pasajes, digamos, más líricos de la pieza. Me refiero, evidentemente, al segundo movimiento, el Andante assai, centro expresivo de la obra sin ninguna duda, y que lamentablemente muchos intérpretes menosprecian por no tener suficientes escalas o pasajes complejos en los que lucir su “alta escuela interpretativa”.
Batiashvili bordó su lectura de todo el concierto, rozando la genialidad en el segundo movimiento. Sus frases de largo aliento se sustentaban en una claridad de ideas luminosa y en un manejo asombroso de los colores que el instrumento ofrece. A ello se sumó un conocimiento profundo de los pesos y contrapesos de la obra, logrando dotar a su lectura de una congruencia fantástica . Paavo Järvi, director sabio y elegante donde los haya, la secundó siempre y dialogó con la solista, regalando a la audiencia una interpretación redonda y sólida de esta deliciosa perla que es el concierto de Prokofiev.
A una obra íntima y personal siguió una sinfonía estremecedora. Mahler, en su Séptima Sinfonía, lleva al límite la paradoja de la existencia humana. De dimensiones colosales, hace coincidir en este trabajo elementos absolutamente disímbolos, haciéndolos coexistir en un mismo espacio sonoro congruente. En esta obra, como en ninguna otra, el maestro es particularmente esquivo a entregar su mensaje expresivo; juega con el oyente y lo hace transitar por realidades caleidoscópicas alucinantes.
La obra inicia con un tema trágico y oscuro a cargo de la tenorhorn, que toca una música pausada y solemne, para concluir ochenta minutos después en un rotundo y bestial rondó. Movimiento que canta eufóricamente su triunfo sobre la fatalidad, salpicado en este éxtasis casi dionisíaco con pasajes abiertamente vulgares.
Al igual que en el resto de sus sinfonías, Mahler planteó una obra extraordinariamente exigente para cualquier intérprete. Al inmenso esfuerzo técnico que ya supone su ejecución , con toda clase de intrincados pasajes de una dificultad alucinante, se suma un planteamiento conceptual de muy compleja realización. En medio de una inmensidad de comprometidos solos y soberbias mixturas tímbricas, el director debe moldear, como virtuoso orfebre, la colosal escultura que es esta sinfonía. Uno de los inmensos riesgos que esta obra encierra es el de degenerar en un pandemónium sinfónico, donde la pieza naufrague y se arrastre lamentablemente durante ochenta minutos.
Järvi dejó clara su estatura musical al enfrentar con sobrada autoridad el reto de presentar esta obra. Director inteligente y muy elegante, desde el comienzo de la pieza construyó un discurso firme, sólido y muy fluido, en el que supo combinar sabiamente las partes contradictorias que la obra encierra. Tempos perfectos, fraseos bien realizados, pasajes endiablados resueltos con primorosa limpieza e inspirada musicalidad, son solo algunas de las características del trabajo que realizó Paavo Järvi al frente de la Tonhalle-Orchester Zürich, orquesta que dirige como titular desde 2019 y con la que ha logrado un tándem perfecto.
La orquesta, sencillamente soberbia, sonó y resonó profundamente en el interior de cada uno de los asistentes al concierto, dejando claro su enorme talla musical. Es, sin lugar a dudas, una de las mejores agrupaciones que nos han visitado en los últimos tiempos.
Un Mahler sencillamente fantástico, bien planteado y primorosamente ejecutado por una orquesta de ensueño, dirigida por uno de los mejores directores del momento. De este modo podemos resumir la ejecución de esta enigmática partitura, que tan grato sabor de boca dejó entre la estimable concurrencia.
Gran estreno de temporada para BCN Clàssics. Enhorabuena por ello. Habrá que estar atentos a lo que viene, pues promete darnos en futuras fechas grandes satisfacciones. Seguimos.
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A inicios de 2023, una fuerte gripe padecida por uno de los más brillantes pianistas del momento privó a los aficionados de Barcelona de disfrutar de un concierto largamente esperado. Eugeni Kissin, que acababa de dar un maravilloso concierto en Madrid el 13 de febrero del pasado año, anunciaba unos días después que le era físicamente imposible presentarse en Barcelona el día 17, pues se encontraba severamente enfermo. Asimismo, se anunció por parte de BCN Clàssics que el maestro buscaría una nueva fecha para que los aficionados catalanes pudieran escucharlo en vivo. Ya se sabe que con artistas de este nivel, buscar una nueva fecha no es cosa de unas semanas, sobre todo si pensamos que este tipo de músicos vive con su vida planificada a varios años vista. Así que, una cierta desilusión nos invadió a varios.
Con mucho agrado descubrimos que en la presente temporada de conciertos 2023-2024, BCN Clàssicsfinalmente había logrado programar a Eugeni Kissin, que por cuarta ocasión colabora con ellos, efectuando tal concierto el pasado 8 de enero. Con un Palau de la Música absolutamente lleno, Barcelona se rindió a uno de los mejores pianistas de las últimas generaciones.
El programa del recital se abrió con la Sonata nº 27 op. 90 de L. van Beethoven, a la que siguió el Nocturno op. 48 nº 2 y la Fantasía en Fa menor op. 49 de F. Chopin. Tras un intermedio de veinte minutos, la segunda parte continuó con las 4 Baladas op. 10 de J. Brahms para concluir con la Sonata nº 2 de S. Prokófiev. Un programa realmente exigente y muy variado, que le permitió desplegar ante el público barcelonés un amplio abanico de posibilidades tanto técnicas como estilísticas, que dejaron claramente el extraordinario artista que es sin duda Eugeni Kissin.
Hablar de Kissin a estas alturas del partido es hablar de un artista al que acompaña una mística muy especial, pues en él confluyen numerosos elementos que lo hacen sencillamente excepcional, entre ellos están: una apabullante perfección técnica; una facilidad casi milagrosa para casi cualquier pasaje endiablado que se materializa con una naturalidad pasmosa; una solidez conceptual preclara a la hora de construir cada una de las obras que aborda; una sonoridad siempre balanceada, sin el más mínimo atisbo de exceso. A esto se suma una sobrecogedora capacidad expresiva en sus matices, pues lo mismo logra atronadores fortísimos, como delicados pianissimos; un escrupuloso y siempre atinado gusto por la articulación correcta y el fraseo adecuado; en fin, ya lo ves, querido lector, la lista es larga, pero muchos son los méritos del maestro y es que cuando se está ante un artista de semejante categoría, uno se siente irremediablemente impelido a decir y glosar los enormes méritos que le adornan.
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El programa prometía mucho desde la primera obra, que en este caso fue la Sonata nº 27 op. 90 de L. Van Beethoven, sonata de transición en la obra del maestro de Bonn, donde su lenguaje pianístico se vuelve más experimental e íntimo, nutriéndose de texturas nunca antes exploradas. La música gana en complejidad armónica y densidad sonora. Beethoven, tras varios años sin componer una sonata para piano, inicia el camino que conducirá a obras tan icónicas como la Hammerklavier o la Op. 111.
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Kissin supo abordar los dos movimientos de la obra con una serenidad y una musicalidad casi sobrecogedoras. Penetró en la compleja madeja de pasajes contrapuntísticos que la constituyen, manejando con absoluto control las tensiones y distensiones necesarias para articularlas en algo sólido y conmovedor. Diferenciando con una sonoridad precisa y clara, pero sin caer en estridencias, el matiz y el sentido de cada una de las voces de esta pieza, y a su vez aglutinándolas cuando así lo requería la música. Nos llevó del brillo y la alegría del inicio de la sonata a la relajación y la paz del final, pero pasando por un mundo de tensiones y emociones.
Chopin es un autor al que Kissin ha dedicado grandes momentos de su carrera. Sus interpretaciones tanto de los nocturnos, valses, conciertos y en general de toda la obra del maestro polaco son simplemente referenciales. La noche del 8 de enero maravilló al público de Palau con dos hermosas interpretaciones del Nocturno op. 48 nº 2 y de la Fantasía en Fa menor op. 49, obras que entre ellas guardan una estrecha relación, al ser escritas en la misma época vital del maestro, pero que discurren por caminos diferentes.
El nocturno es una obra que, pese a su inmensa expresividad, se mantiene dentro de unos límites bien marcados por la misma forma del nocturno. Chopin maneja deliciosamente las posibilidades que esta estructura le aporta y juega con los cromatismos internos de la armonía, para sobre ellos desplegar una hermosa y lírica melodía en la primera parte de la pieza. La distensión y un cierto aire de candor llenan la música en su segunda parte, que contrasta con la primera, a la que volverá después de que esta concluya, llenando nuevamente el ambiente de una exquisita y delicada melancolía.
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La fantasía, por el contrario, tiene sólo como margen la misma imaginación del creador. Chopin en este caso, pese a lo difuso de los límites formales que la estructura parece darle, concibe un entramado formal muy sólido y nítido, para que ello sirva de contenedor de una de las obras más vehementes y dramáticas de su catálogo.
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Kissin bordó ambas partituras, mostrándose delicado y comedido en la primera; cuidando mucho los matices y los delicados contrastes, además de lucir un fraseo perfecto, regalando a la concurrencia una lectura simplemente deliciosa por su elegancia y elocuencia. Para la fantasía el reto fue mayor y las tensiones y todo el dramatismo que la obra encierra, se desplegó libremente. Así, tras, por ejemplo, la lenta y pausada introducción en fa menor, sorprendió enormemente el impetuoso agitato siguiente, al que Kissin imprimió una fuerza muy notable, apoyando su despliegue armónico en unos sólidos y robustos bajos que cimentaron todo el pasaje, para dar paso a un etéreo lento sostenuto, que abordó con calma y serenidad, embriagando a la sala con la delicadeza de una música casi beatífica. El regreso de las convulsiones y el dramatismo de uno de los pasajes más apasionados de la obra nos llevó al delicado final con que concluye esta partitura que Kissin conoce tan profundamente.
Tras la media parte, el turno fue para las Cuatro Baladas op. 10 de J. Brahms, fantásticas muestras del inmenso talento de un joven Brahms que acababa de trabar relación muy estrecha con el matrimonio Schumann, con todo lo que esto trajo tanto para él, como para el ya consagrado Robert Schumann y su esposa, la genial Clara Wieck. Cada una de las cuatro baladas muestra a un Brahms que, pese a su juventud – apenas 21 años-, es ya un compositor con un lenguaje muy personal, poseedor de un oficio consumado y que conoce todos los secretos del piano.
Las Cuatro Baladas pertenecen al primer período creativo del maestro dentro de su obra pianística. Están por llegar obras tan brillantes y virtuosísticas como las Variaciones y fuga sobre un tema de Händel, op. 24 o los profundamente reflexivos Tres intermezzi per a piano, op. 117. Las Baladas son obras de una belleza sobrecogedora, destacando por su sereno lirismo y su inspirada profundidad.
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Sin menoscabo del resto, la cuarta de ellas, el Andante con moto, fue donde el maestro, alcanzó uno de los momentos más conmovedores de la noche, pues con un «touché» preciso y sutil hizo cantar la melodía evocadora que, marcada por Brahms con esta precisa indicación «col intimissimo sentimento ma senza troppo marcare la Melodia», Kissin conmovió a todo su auditorio, por la delicadeza, la belleza, la sutileza con que abordó el pasaje, en un ejercicio de pura filigrana y musicalidad exquisita
Tras las mieles de tan delicada obra, siguió la rotunda y colosal Sonata nº 2 de S. Prokófiev, obra igualmente juvenil de su autor, que en el momento de su escritura era ya un absoluto virtuoso del piano, conocedor de todos los mecanismos y los resortes más íntimos del instrumento. La Sonata nº 2 es una obra trepidante, llena de enormes retos técnicos para su interpretación. Donde confluyen y se reconcilian felizmente elementos aparentemente disímiles y que formarán parte del sello distintivo de su autor. Así, bajo una estética evidentemente neoclásica, escuchamos ritmos frenéticos, contrapuntos que se mezclan chocando unos con otros, tejiendo una urdimbre compleja y delirante por momentos.
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Kissin, gran conocedor de Prokófiev, desplegó todo su arsenal técnico y firmó una colosal lectura de la pieza, culminando el concierto por todo lo alto. El cuarto movimiento, en particular, fue simplemente sorprendente, pues abordó esta tocata llena de furia, con un brío contagioso. Desplegando los arpegios, saltos, adornos, acordes y ritmos martilleantes con una precisión pasmosa, siempre manteniendo el fuego y el brío marcado desde el inicio. Así, al concluir la obra, remató la velada con un final absolutamente trepidante que arrancó una rotunda ovación en el público congregado en la sala del Palau de la Música.
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Generoso, agradeció el calor del público catalán y regaló varios bises: primero escuchamos la Mazurka en Do sostenido menor op.63/3 de Chopin, posteriormente la Marcha de Prokófiev, concluyendo la noche con el Vals núm. 15 en La bemol mayor op.39, de Brahms.
Esperamos ya de nueva cuenta poder escuchar a Eugeni Kissin por Barcelona. Por el momento, para los interesados, para el 19 de marzo hay la oportunidad de escucharle en Madrid en dúo con el barítono Matthias Goerne. Siempre valdrá la pena hacer un viajecito a la Villa y Corte para disfrutar de un concierto de semejantes músicos y de paso hacer alguna escala, quizás por el Prado. No suena nada mal. ¿Os animáis? Seguimos.
Fotografías cortesía de bcn classics. Fotógrafo Antoni Bofill
Con la sala del Palau de la Música prácticamente llena, la noche del pasado 17 de octubre, BCN Classics dio inicio a su nueva temporada de conciertos. Contando con el fantástico violinista Maxim Vengerov, acompañado al piano por Roustem Saitkoulov, brindaron un concierto que dejó un grato sabor de boca a los asistentes de tan notable velada.
Tras un clamoroso éxito en Shanghái el 12 de octubre pasado, Maxim Vengerov se presentó ante el público barcelonés, demostrando con creces por qué para muchos no solo es uno de los mejores violinistas del momento, sino uno de los músicos más sorprendentes de la actualidad. Con una musicalidad a flor de piel y una técnica simplemente perfecta, casi insuperable, Vengerov sabe adaptarse perfectamente a las exigencias de cada obra. Su acercamiento a cada texto musical es humilde, como él mismo parece ser en lo personal, poniendo a disposición de cada obra interpretada por él sus inmensas habilidades musicales. Su violín no suena igual cuando aborda a Brahms o Schumann que cuando toca una sonata de Prokofiev. En el primer repertorio, el sonido es pura poesía, construyendo nota a nota las melodías, respetando el fraseo preciso y la articulación justa. Su lectura es elegante y sobria, sin perder por ello garra y enjundia. Por el contrario, con Prokofiev, lo que Vengerov genera es una verdadera arma de destrucción masiva, logrando con su violín traspasar muros de concreto armado que se tornan de papel cuché ante la fuerza rítmica y la furia sonora que desprende desde su instrumento. Estamos hablando en ambos casos, de universos disímiles, mundos sonoros infinitamente diferentes en los que Vengerov sabe cómo penetrar en su secretos, traducir su mensaje más íntimo y comunicarlo a su público, revelándolo esto, como un artista consumado y no solo como un instrumentista competente.
Fotografía cortesia de bcn classics
El programa que presentaba estaba integrado en su primera parte por tres obras que están íntimamente conectadas, ya que fueron concebidas por sus autores en fechas muy próximas y porque los tres compositores mantenían una relación muy estrecha a nivel personal. El concierto dio inicio con los «Tres romances para violín y piano, op. 22» de Clara Wieck, conocida por el gran público bajo el apellido que llevó después de su matrimonio con Robert Schumann. Los tres romances, fechados en 1854, son sin duda una obra que, en conjunto, da muestra de la maestría alcanzada en el arte de la composición por la maestra, justo unos meses antes de que su esposo intentara suicidarse y fuera internado en un sanatorio psiquiátrico en Endenich. Todo ello llevó a que Clara decidiera dejar definitivamente la composición, para consagrarse a la interpretación y la difusión de la obra de su esposo, que finalmente falleció en 1856.
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Las piezas que integran la obra son simplemente deliciosas, de construcción muy sólida, cuentan con una parte para piano que revela el altísimo nivel interpretativo de su autora en este instrumento, sin menoscabo de la hermosa y muy exigente parte encomendada al violín. La pieza que continuó la velada fue el famoso Scherzo de la Sonata F-A-E para violín y piano de J. Brahms, obra juvenil que ya anuncia muchos de los elementos típicos de su estilo compositivo. Es la aportación que el joven Brahms hizo a una obra colaborativa entre el compositor y director Albert Dietrich, Robert Schumann y el propio Brahms, y que dedicaron a otro querido amigo de los tres: Joseph Joachim, violinista de absoluta referencia en la historia del instrumento y maestro en su momento de Leopold Auer, quien es el padre de la escuela violinística rusa en la que Vengerov fue educado por Galina Turchaninova y de la que es un brillante exponente.
La primera parte del concierto concluyó con un monumento del romanticismo alemán, la Sonata para violín y piano núm. 3 en La menor de R. Schumann. Obra turbulenta donde las haya, es una de las últimas piezas que el maestro firmó antes de ser recluido en el sanatorio de Endenich. En ella confluyen de manera perfectamente balanceada el alma atormentada y apasionada de Florestan y el espíritu poético y etéreo de Eusebius. Estos personajes que Schumann había generado en su juventud para expresar las dos fuerzas primigenias que se debatían en su interior y que terminaron por devorarlo, lo visitan una última vez en esta obra. Sus dos grandes demonios se dan cita, y él, como el inmenso artista que era, los sublima y los transforma en una obra de la más alta factura estética.
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Tras la mitad del concierto, se reinició con la Sonata para violín núm. 1 de Alexey Shor, compositor nacido en 1970 en la ciudad de Kiev, quien comenzó a componer apenas en 2012 con sorprendentes resultados como esta sonata para violín. El lenguaje compositivo del Dr. Shor, quien cuenta con un doctorado en matemáticas, es claramente tonal y neorromántico. Sus obras se han interpretado en salas tan importantes como la Berliner Philharmonie, la Wiener Musikverein o el Carnegie Hall, entre otras. Músicos como Evgeni Kissin, Salvatore Accardo o el mismo Maxim Vengerov han difundido la obra de este sorprendente autor ucraniano radicado actualmente en los Estados Unidos, quien en mayo de 2018 afirmó en una entrevista: «Ojalá la gente escribiera música más melodiosa». Creo que, a partir de esto, hay muy poco que uno pueda agregar.
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Para culminar este extenso programa, Maxim Vengerov, acompañado primorosamente al piano por el maestro Roustem Saitkoulov, interpretaron la Sonata para violín y piano núm. 2, op. 94 bis de S. Prokófiev, obra que muestra notablemente ese complicado equilibrio que había logrado alcanzar S. Prokófiev entre las formas, los motivos y el lirismo propios del neoclasicismo y una clara vena rítmico-melódica de inspiración popular rusa. En un período de la historia de la entonces Unión Soviética, donde semejantes equilibrios, según cómo, te podían llevar a Siberia o al menos sufrir el ostracismo oficial, lo que conllevaba que no pudieras ni comprar papel pautado para escribir una melodía. La partitura está llena de contrastes que le aportan una vida y un alma que resultan absolutamente sobrecogedores. Escrita originalmente para flauta y piano, fue transcrita para violín y piano a petición de David Oistrakh.
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Al finalizar esta última pieza, el cariño y la admiración del público reunido en el Palau de la Música para escuchar a Maxim Vengerov explotó en una atronadora ovación, que él correspondió con cuatro propinas. Inició con una «Marcha» de S. Prokófiev, continuando con dos piezas de F. Kreisler: «Liebesleid» y «Liebesfreud», para concluir con la variación 18 de las «Variaciones sobre un tema de Paganini» de S. Rachmaninov.
Fotografía cortesia de bcn classics
Sin lugar a duda, esta nueva temporada de BCN Classics promete mucho, si juzgamos por la calidad de este su concierto inaugural. Estaremos encantados de disfrutar de las sorpresas que estén por venir. Seguimos.