El martes 20 de enero, el Palau de la Música Catalana recibió a la SWR Sinfonieorchester Stuttgarten su primera visita de la temporada bajo la dirección de su nuevo titular, François-Xavier Roth. El programa, construido sobre un eje franco-germánico, combinó el clasicismo luminoso del Concierto para flauta en sol mayor, K. 313 de Mozart —con un Emmanuel Pahud tan solvente como carismático como solista— con dos pilares del impresionismo francés: Prélude à l’après-midi d’un faune de Debussy y Daphnis et Chloé de Ravel. Un recorrido estilístico coherente que permitió a Roth desplegar su afinidad natural con el repertorio francés y subrayar la identidad tímbrica de la orquesta.
Abrir con el Prélude à l’après-midi d’un faune fue una decisión tan estética como simbólica. Compuesta en 1894 a partir del célebre poema de Stéphane Mallarmé, la obra marca un punto de inflexión en la historia de la música: un abandono progresivo del discurso temático tradicional en favor de una poética del color, la sugerencia y el tiempo suspendido. Roth, desde el primer compás, mostró un control refinado de las texturas tímbricas: las oscilaciones de tempo fueron delicadas, el rubato inteligentemente dosificado, y la cuerda —compacta, de graves robustos y un sonido netamente germano— sirvió como base sólida para sustentar el canto de las maderas. El solo inicial de flauta, muy hermoso, no llegó a desplegarse del todo en su vuelo, condicionado quizá por un tempo algo precipitado que limitó ese respiro vaporoso y ondulante que la obra demanda.
Con Mozart, la atmósfera cambió por completo. La orquesta adoptó una sonoridad más brillante y ágil, plenamente adecuada al nuevo universo estilístico. El Concierto para flauta y orquesta en sol mayor, K. 313, compuesto en 1778 durante su última aventura parisina, pertenece a ese momento de transición en el que Mozart comienza a refinar un lenguaje galante de apariencia ligera, pero de extraordinaria inteligencia formal, donde la escritura solista exige tanto virtuosismo como una cantabilidad casi vocal.
Sobre el escenario, Emmanuel Pahud —uno de los flautistas más influyentes de nuestro tiempo, solista principal de la Filarmónica de Berlín desde los años de Claudio Abbado— no necesita demostrar nada y, sin embargo, lo ofrece todo: impone una presencia magnética, una musicalidad orgánica, fluida, de naturalidad incontestable. Su sonido —potente, nítido, rico en armónicos— se despliega en una paleta de matices que va de la extrema delicadeza a una fuerza vital que nunca quiebra la elegancia. Los tempi, una vez más, tendieron a lo veloz, pero sin que se perdieran la transparencia ni el equilibrio entre solista y conjunto. La SWR Sinfonieorchester respondió con una precisión brillante, de gran estilo y una claridad casi camerística.
Y entonces llegó Daphnis et Chloé. Roth y su orquesta transformaron el escenario en un espacio de invocación sonora. Concebida por Ravel entre 1909 y 1912 para los Ballets Russes de Diaghilev, con coreografía de Fokine, la obra representa quizá la culminación de su ideal orquestal: una partitura donde el color, la sensualidad y la precisión formal alcanzan un equilibrio casi imposible. Desde ese inicio profundamente evocador, impregnado de un misticismo arcaico, hasta la orgía final, todo fue una celebración de la imaginación tímbrica. La orquesta lució inmensa, pletórica de colores y capas texturales que se entrelazaban con una precisión casi milagrosa. Esta no es una música que se edifique como el clasicismo germánico —a partir de células melódico-rítmicas que se desarrollan armónicamente— sino una música que sugiere, pinta, embriaga: aquí el timbre es sustancia, no adorno.
Ravel construye esta obra como un maestro relojero: cada detalle minúsculo se ensambla en un todo que parece inevitable y orgánico. Desde el amanecer hasta el rapto pirata, desde el soplo del viento hasta el aroma del vino, todo se percibe como si uno pudiera habitar ese universo sonoro. La sofisticación estructural es abrumadora, pero jamás opaca el goce sensorial. Y Roth, plenamente consciente de esa doble dimensión —arquitectura y voluptuosidad— supo esculpir esta catedral sonora con mano firme y alma libre.
Un gran director me compartió durante mis años de estudiante, que es casi imposible que una obra de Ravel suene mal si se lee correctamente. Todo está en su lugar, exactamente en su justo lugar; su perfección es tal que habría que ser muy torpe para arruinarla. Pero cuando, además de las notas, se hace música, entonces sucede lo que ocurrió esa noche: no la mera excelencia, sino algo más raro y precioso —la sensación de que, por un instante, la gloria ha decidido habitar la tierra y la perfección está entre nosotros por un momento. Seguimos.
Es sorprendente cómo algunas obras envejecen tan poco y, pese al paso del tiempo, conservan casi intacta esa capacidad disruptiva que las ha hecho ser un parteaguas en nuestra manera de entender, en este caso, la música.
Han pasado unos cuantos años desde aquel 29 de mayo de 1913, cuando, en el Théâtre des Champs-Élysées, I. Stravinski estrenó su Consagración de la Primavera, causando reacciones absolutamente furibundas entre el público y la crítica, pero marcando con nitidez una nueva dirección dentro de la música en Occidente.
La pieza, que en realidad es un ballet, con el paso del tiempo sufrió varias revisiones por parte de su autor y, actualmente, es para muchos esa obra icónica que dio carta de nacimiento a la llegada de la música de vanguardia. Es por ello que sorprende, cuando la escuchamos en nuestras salas de conciertos, lo bien que le han sentado estos 112 años desde su estreno, porque, a decir verdad, se mantiene llena de tantos misterios por contar y pletórica de tan intensas emociones por hacernos vivir.
Una de esas oportunidades de escuchar la obra en vivo la tuvimos apenas hace unos días en la ciudad de Barcelona, gracias a la más reciente visita de la ya más que centenaria Orchestre de la Suisse Romande, que está realizando una gira por algunas ciudades españolas. Así el pasado 13 de febrero en el Palau de la música , el público catalán se dio cita para disfrutar de esta estimable agrupación.
Orquesta con un pasado más que ilustre, sobre todo si pensamos en las más de trescientas grabaciones que la agrupación helvética realizó con su fundador, Ernest Ansermet, la Orchestre de la Suisse Romande es una agrupación a la que hay que escuchar si se tiene la oportunidad de hacerlo. Efectivamente, no es una de las grandes orquestas europeas —Berlín, Viena, Ámsterdam—, pero es una agrupación muy estimable y de una extraordinaria calidad, que supo dar un espléndido concierto con un programa interesante, aunque ordenado de manera más que peculiar.
La velada se abrió con el arreglo orquestal del Claro de luna de C. Debussy, tercer movimiento de la Suite Bergamasque, obra maravillosa para piano y que, en su versión orquestal realizada por el amigo y discípulo de Debussy, André Caplet, en 1922, no termina de ser esa obra mágica y evocadora como lo es en su versión original. El trabajo orquestal es correcto y muy hermoso, pero no tiene los juegos tímbricos ni la magia que Debussy sí logra crear en la partitura pianística. De hecho, el mismo compositor nunca terminó de autorizar esta orquestación, aunque agradeció el gesto de su discípulo.
Siendo sinceros, después de escuchar esta hermosa versión de la pieza, uno puede cabalmente entender la sutil diferencia que hay entre lo competente, lo hermoso, lo profesional en arte y lo sencillamente genial; hay quizás, para muchos, una nada que los separa y, sin embargo, esa distancia es realmente inmensa.
El programa continuaba con la que debía ser la obra final del concierto, sobre todo si la pieza que cerraba la sesión era un concierto solista. Se ha especulado mucho sobre este notable cambio en el orden del programa; lo cierto es que La consagración de la primavera es una partitura que está muy próxima a la estética impresionista de autores como Debussy. No en balde el mismo autor francés fue uno de los pianistas que, junto a Stravinski, dieron una primera audición de la obra a piano a cuatro manos en un piso del centro de París en junio de 1912, anunciando ya la tormenta que vendría el día de su estreno casi un año después.
La lectura realizada por Jonathan Nott, en mi opinión, fue realmente estupenda. No fue un abordaje al uso, tan no fue así que algunos se quedaron esperando ser avasallados por una orgía de estridencias armónicas y un cúmulo desenfrenado de polirritmias atronadoras, que es el tipo de lectura que, con cierta frecuencia, escuchamos por esos mundos de Dios. Esto nunca llegó.
Nott tejió con calma la construcción de la pieza. Sin movimientos espectaculares ni danzas al fuego sobre el podio, y con una certera técnica, supo ir colocando una a una las piezas de un cosmos que, en su inmensa complejidad, está cimentado en una perfecta y desconcertante armonía interna. Todos, absolutamente todos los materiales, tanto tímbricos como rítmicos, con los que Stravinski construyó esta gran bacanal que es La consagración, se podían distinguir y apreciar perfectamente.
La orquesta sonó compacta y muy bien cohesionada, muy sensible a cualquier indicación de su director, logrando una buena lectura de esta icónica obra, que tanto sigue removiendo nuestras conciencias. Prueba de ello fue la merecida ovación con que el público premió a la orquesta, que tan grato sabor de boca había dejado.
El Concierto para violín de Sibelius es una de las más bellas obras de su autor. Piedra de toque y obra de absoluta referencia para cualquier solista, es una pieza que aúna, en proporción casi simétrica, la exigencia extrema en lo técnico con pasajes de un lirismo extraordinario, conformando una partitura que, siempre que se le escucha, causa un fuerte impacto en el auditorio.
Midori se presentó ante el público catalán luciendo un sonido potente y un conocimiento profundo de la obra, cuyos resultados fueron, en general, muy satisfactorios. El fraseo general de los movimientos extremos del concierto, por momentos, dio la impresión de no ser todo lo orgánico y natural que se esperaba de una artista de su nivel; la música se movía un poco a empujones, sobre todo en las partes centrales de ambos movimientos, para luego recuperar el sentido y cobrar el brío perdido. Todo esto, al margen de algún desajuste con la orquesta, sobre todo en el tercer movimiento.
El segundo tiempo de la obra fue en el que mejor y más cómoda se le vio a la japonesa-estadounidense, pues pudo tejer con mucha más fortuna un discurso de un lirismo muy estimable. Su instrumento cantó con potencia y la orquesta supo unirse en este empeño, dando por resultado una notable lectura del movimiento.
De cualquier modo, y pese a los problemas antes señalados, un servidor considera más que merecida la ovación cosechada tanto por la solista como por la orquesta al concluir la ejecución
El sabor de boca al final de la velada fue muy agradable y nos deja con la ilusión de descubrir la nueva sorpresa que nos tiene deparada esta temporada
Fotografías cortesía de bcn classics. Fotógrafo Antoni Bofill
Para muchos es un poeta del piano; para otros es poseedor de una de las técnicas más sorprendentes de los últimos tiempos; para otros es la continuación de la gran escuela rusa, que cuenta con nombres como Serguéi Rajmáninov, Sviatoslav Richter, o Lázar Berman. Lo cierto es que un concierto de Yevgueni Kissin es toda una oportunidad que no hay que perderse, pues la posibilidad de vivir una experiencia memorable está prácticamente asegurada.
El próximo viernes 17 de febrero, el Palau de la Música será el escenario en que este extraordinario pianista se presentará ante el público catalán, que suele acogerlo muy calurosamente. Dentro del programa que se ha anunciado podemos encontrar a varios de los autores fetiche, por los que Kissin ha transitado a lo largo de su exitosa carrera. La primera parte del programa muestra una equilibrada muestra del amplio repertorio con que cuenta y lo profundo que ha logrado llegar en la obra de nombres como Bach, Mozart o Debussy. Así, la velada se iniciará con la Fantasía cromática y fuga, BWV 903 de J.S. Bach, para continuar con la Sonata para piano núm. 9, en Re mayor, KV 311 de W.A. Mozart. Ambas piezas sin duda son muestra del más elevado virtuosismo de sus autores; obras que dentro de su época estaban pensadas para artistas de alto nivel y Kissin lo es absolutamente; pudiendo abordar con soltura la interpretación de dichas partituras atendiendo, en cada caso, al estilo que cada una de ellas exige.
Para concluir esta primera parte, el programa nos marca, una obra muy querida en «casa nostra», me refiero a Estampes de C. Debussy, pieza estrenada en 1903 en París por el pianista catalán Ricardo Viñes y que es una de esas partituras icónicas para muchos pianistas en la actualidad. Lo anterior es aun más notorio cuando pensamos en el brillante virtuosismo de Jardins sous la pluie, movimiento final de las tres que integran la obra.Solo podemos frotarnos las manos de pensar lo que puede ser aquello con Kissin al piano.
Continuador de la gran tradición pianística rusa, Kissin consagra la segunda parte de su recital a una de las más altas cumbres de esta escuela: Serguéi Rajmáninov.
Rajmáninov en vida fue más celebrado como uno de los mejores pianistas del momento que como el autor que es ahora. Muchos veían su obra demasiado anticuada y centrada en un pasado que él férreamente se negó a olvidar. Así, podemos encontrar en obras como los 6 Études-Tableux, op. 39, ecos de una manera mucho más poética de concebir la música. La colección integrada por seis movimientos, está pensada de acuerdo con el modelo romántico, buscando en todo momento el lucimiento técnico del intérprete, pero apelando siempre también a la emotividad de quien escucha. No son solo ejercicios técnicos de alta escuela, sino piezas de un virtuosismo trascendental a la manera de Liszt, que permiten tanto al intérprete como al oyente acceder a otra dimensión de percepción.
La cita es, recuerden, el viernes 17 de febrero a las 20 horas, en el Palau de la música. Créanme que es toda una ocasión para disfrutar de uno de lo más grandes pianistas vivos de la actualidad