Algunas noches de ópera nos recuerdan que el amor y la música comparten una misma naturaleza: ambas oscilan entre la certeza y la incertidumbre. La versión de Orfeo ed Euridice presentada en el Palau de la Música el pasado 25 de noviembre, con la luminosa Cecilia Bartoli y la dirección minuciosa de Gianluca Capuano, nos ofreció justamente ese viaje.
La obertura, abordada con un tempo ágil, pudo parecer arriesgada, pero Les Musiciens du Prince-Monaco confirmaron desde el primer compás su categoría de orquesta de primerísimo nivel. La cuerda, esculpida con minuciosidad, desplegó una gama de colores orquestales fascinantes, mientras las variaciones de fraseo aportaban una paleta sonora vibrante y conmovedora. Gianluca Capuano, discreto en su gesto pero colosal en musicalidad, fue el artífice silencioso de este equilibrio. Su dirección precisa, con una respiración musical en total sintonía con los cantantes, permitió que la orquesta fluyera con naturalidad, elegancia y una energía contenida de gran belleza.
Il canto di Orfeo coro de primer nivel fue el cómplice perfecto que dio ese toque sobre natural a la obra. Si los solistas son los protagonistas de esta historia, es el coro el que les da fondo y los contextualiza. En la primera parte como dolientes amigos de Orfeo tras la perdida de su amada, para más tarde mutar y convertirse en los espíritus y demonios que impiden al valeroso héroe que penetre en lo más profundo del averno en busca de la añorada esposa. Su presencia es capital y son ese personaje que da sentido a todo el resto. La calidad de Il canto di Orfeo huelga decirlo, fue sobervia y muy en la linea de la orquesta con la que se fusiono perfectamente a lo largo de todo el espectáculo.
Cecilia Bartoli, en la plenitud de su arte a los 59 años, ofreció un Orfeo de intensidad contenida, donde cada frase pareció pensada, sentida y cincelada con una precisión conmovedora. Lejos de buscar el virtuosismo deslumbrante, encontró el drama en el susurro: pianísimos de una delicadeza extrema y un fraseo flexible, lleno de intención y humanidad.
El resto de los papeles encontró en la soprano Mélissa Petit una intérprete de luz propia. Brilló con frescura como Amor, pero fue como Eurídice donde su canto se elevó a regiones casi etéreas. Difícil borrar de la memoria su “Che fiero momento”, un aria donde el deseo y la duda se entrelazaron en un suspiro doliente. Allí, el amor se mostró en su forma más frágil y humana: deseando, temiendo, temblando.
Uno de los puntos más reveladores de la noche fue el tratamiento del célebre Che farò senza Euridice. En la versión de Parma —concebida para un castrato soprano— la partitura respira con una levedad distinta, casi aérea, que permite a la emoción abrirse en pliegues más complejos. En esta función, el aria emergió con un inicio inusualmente rápido, como si Orfeo no pudiera aún asimilar el golpe de la pérdida. Poco a poco, el tempo se detuvo sobre sí mismo, cediendo al peso del dolor. Fue un descenso gradual, una caída medida desde el desconcierto hasta la aceptación silente de lo irreversible.
Donde la version de Viena propone un lamento constante, aquí escuchamos un alma en vaivén: un Orfeo que vacila, que corre y se frena, que no sabe si aferrarse al recuerdo o rendirse al abismo. El amor se deshizo ante nosotros, convertido no en promesa sino en pregunta. En esta lectura, el aria no consuela: expone la fragilidad del deseo cuando ya no queda nadie a quien nombrar.
Conviene no olvidar que esta versión de Parma fue concebida para una celebración nupcial, y sin embargo, en esta version se atreve a romper con la convención del lieto fine. Eurídice muere, y Orfeo queda suspendido en ese umbral incierto entre el amor divino y la fragilidad humana. Gluck, en esta lectura, nos invita a contemplar el vaivén esencial de la existencia: la fe ciega y absoluta de Orfeo frente a la duda terrenal de Eurídice. Quizá —solo quizá— nos recuerda que en el amor, como en la ópera, hay momentos en los que corremos sin mirar atrás, otros en los que dudamos hasta detenernos… y que la verdadera belleza reside, precisamente, en ese oscilante compás. Seguimos.
Qué maravilla de crítica.
Logras que Orfeo y Eurícide, no sean sólo personajes.