Gardiner o el arte de iluminar desde dentro

Gardiner o el arte de iluminar desde dentro

 

 

Verdi ante el abismo

Verdi ante el abismo

El martes 19 de mayo de 2026, el Palau de la Música Catalana acogió una interpretación del Requiem de Giuseppe Verdi dentro del ciclo Palau 100, con un lleno absoluto en la sala. La velada reunió a un reparto de primer nivel: Eleonora Buratto, soprano; Elīna Garanča, mezzosoprano; Benjamin Bernheim, tenor; y Riccardo Zanellato, bajo. Junto a ellos actuaron el Orfeó Català, preparado y dirigido por Xavier Puig, y la Staatskapelle de Dresde, bajo la dirección de Daniele Gatti.

Pocas partituras han sabido mirar la muerte con semejante mezcla de espanto, teatralidad, súplica y grandeza. Porque este Requiem, más que una ceremonia de consuelo, parece una pregunta lanzada al vacío. No habla desde la serenidad de quien acepta la muerte, sino desde el temblor de quien la contempla como el misterio último, oscuro e inevitable.

Verdi conocía demasiado bien esa herida. Había perdido a sus dos hijos, Virginia e Icilio, y también a su primera esposa, Margherita Barezzi. Su relación con la religión estuvo siempre alejada de los usos convencionales de su tiempo, y la muerte de Alessandro Manzoni —figura central de la cultura italiana y referente moral e intelectual para el compositor— actuó como detonante de una obra en la que el rito católico se transforma en drama humano. En este Requiem, Dios no aparece siempre revestido de luz y consuelo, sino como una presencia insondable, a veces terrible, ante la cual el ser humano tiembla.

Ese miedo atraviesa la partitura desde dentro. La insistencia en ser librado de los tormentos del infierno, la incertidumbre ante el juicio, el vértigo de una posible condena eterna: todo en Verdi parece llevado al paroxismo. No hay aquí una piedad decorativa ni una espiritualidad domesticada. Hay carne, miedo, súplica, belleza y una teatralidad que no rebaja lo sagrado, sino que lo vuelve más humano. Verdi, hombre de teatro hasta la médula, convierte la liturgia en una escena extrema donde el ser humano se enfrenta a su propia finitud.

La Staatskapelle de Dresde confirmó desde los primeros compases por qué es una de las orquestas con más solera del mundo. Su sonido posee una personalidad inconfundible: homogéneo, oscuro, cálido, perfectamente imbricado entre secciones. No se trata solo de calidad instrumental, sino de una cultura sonora sedimentada, de una manera de respirar juntos. En una obra como esta, donde la orquesta debe ser trueno, plegaria, sombra y latido, esa densidad tímbrica resultó fundamental.

El Orfeó Català estuvo a la altura del desafío. No decepcionó en ningún momento y mostró una sonoridad poderosa, bien equilibrada y de fuerte personalidad. La sección masculina, apoyada en unos bajos de color robusto y sorprendentemente joven, dio hondura a los momentos más sombríos de la partitura. Las voces medias aportaron agilidad y flexibilidad, mientras que las sopranos brillaron sin caer en la estridencia. El empaste con la Staatskapelle fue formidable: dos organismos sonoros distintos que, por momentos, parecían respirar con un mismo pulmón.

El cuarteto solista reunió cuatro voces de excepción, especialmente convincentes en los números de conjunto, donde el balance y el oficio fueron evidentes. Eleonora Buratto tuvo una gran noche. Con un registro amplio y una admirable inteligencia vocal, afrontó con solvencia una parte tan exigente como ingrata en algunos pasajes. Su Libera me fue, probablemente, uno de los momentos más intensos de la velada. Los agudos, delicados y casi susurrados, estremecieron por su fragilidad expresiva; y los graves, particularmente incómodos en esta escritura, fueron resueltos con autoridad y musicalidad.

Elīna Garanča aportó elegancia, carnalidad vocal y una línea de canto siempre noble. Su intervención tuvo ese equilibrio tan difícil entre belleza sonora y tensión dramática. No necesitó subrayar en exceso: le bastó con frasear con intención, con dejar que la voz dijera sin empujarla hacia el gesto fácil. Fue una mezzo de presencia magnética, contenida y profundamente musical.

Benjamin Bernheim fue, entre los solistas, el gran triunfador de la noche. Su voz, potente, brillante y expansiva, llenó la sala con una facilidad admirable. En él hay un instinto verdiano de primer orden: comprende la respiración de la melodía, la dirección del fraseo, el punto exacto en que la belleza debe abrirse sin perder nobleza. Su Ingemisco fue sencillamente conmovedor, cantado con esa mezcla de lirismo, claridad y emoción que convierte un momento célebre en una experiencia viva.

Riccardo Zanellato, en cambio, no tuvo su mejor noche. Antes del concierto se anunció que había estado enfermo en los días previos y que, aun así, había decidido participar. Ese dato no debe usarse como excusa, pero sí como contexto. Se le percibió cansado, y en varias ocasiones Daniele Gatti tuvo que sostenerlo con especial atención, especialmente cuando tendía a ralentizar demasiado algunas frases o cuando alguna nota quedaba baja de afinación. Con todo, en pasajes como la Lacrimosa y en los números de conjunto ofreció momentos muy hermosos, haciendo valer su experiencia y su conocimiento del estilo.

Daniele Gatti dirigió con un dominio absoluto de la partitura. Conoce cada articulación, cada respiración, cada punto de tensión de esta obra. Poseedor de una técnica eficientísima, guio al conjunto con mano segura y musicalidad evidente. También es cierto que, pese a ser un director italiano, Gatti pertenece más al linaje de la contención que al del arrebato. Su lectura fue impecable, sólida, profundamente controlada; aunque por momentos se echó de menos una pizca más de fuego, un abandono emocional mayor, ese temblor casi peligroso que también vive en el corazón de esta música.

Pero sería injusto no reconocer la enorme calidad del resultado. Gatti administró los tiempos con inteligencia, acompañó con sensibilidad a los solistas, sostuvo a la masa coral con precisión y reaccionó con rapidez cuando algún elemento amenazaba con desajustarse. Durante toda la ejecución se le vio concentrado, atento, dueño de lo que ocurría en el escenario. Su Verdi quizá no fue el más inflamado, pero sí fue de una arquitectura admirable.

La noche dejó la impresión de una gran maquinaria musical puesta al servicio de una obra que sigue hablándonos porque no dulcifica lo esencial. El Requiem de Verdi no promete respuestas fáciles. Nos sitúa ante la muerte, ante el miedo, ante la posibilidad del juicio, ante el silencio de Dios. Y allí, en medio de ese abismo, hace surgir una belleza devastadora. Una belleza que no consuela del todo, pero acompaña. Que no salva, quizá, pero ilumina por un instante la oscuridad. Y a veces, en música, eso ya es casi una forma de redención. Seguimos

Janine Jansen: la llama antigua que todavía quema

Janine Jansen: la llama antigua que todavía quema

Hay obras que no fenecen por falta de belleza, sino por exceso de familiaridad. Las cuatro estaciones de Vivaldi pertenecen a esa peligrosa categoría de músicas que todos creen conocer y que, precisamente por ello, corren el riesgo de convertirse en postal sonora: brillante, reconocible e inofensiva. La visita de Janine Jansen el pasado 29 de abril , junto a la Camerata Salzburg al Palau de la Música Catalana recordó, sin embargo, que incluso las partituras más transitadas pueden volver a respirar cuando caen en manos de una artista capaz de leerlas no como monumento, piedra inerte y fosilizada, sino como materia viva.

Tras el cambio anunciado en el orden del programa, la velada comenzó con el Concerto per l’archi de Nino Rota, dirigido desde el violín por Gregory Ahss concertino y director de la agrupación. La obra se reveló como una partitura de belleza neoclásica y de vena cinematográfica innegable. Sería injusto, no obstante, reducir a Rota a su célebre asociación con la gran pantalla: en esta música hay oficio, imaginación y una elegancia melódica que merece mucho más espacio en las salas de concierto. Sus movimientos avanzan entre el juego, la transparencia y una melancolía de fondo que nunca cae en el sentimentalismo barato. Es una música juguetona y optimista, sí, pero también capaz de abrir zonas de sombra, como si una comedia italiana dejara entrever, por un instante, el espesor moral de Visconti o la nostalgia crepuscular de Coppola.

La Camerata Salzburg compareció con la solera de las grandes formaciones centroeuropeas de cuerda. Desde los primeros compases quedó claro que no se trataba solo de una orquesta eficaz, sino de una agrupación asentada en una tradición interpretativa reconocible: violines brillantes, afinados con precisión casi quirúrgica; violas robustas, de cuerpo generoso; violonchelos ágiles y potentes; y contrabajos seguros, firmes, encargados de sostener con nobleza todo el edificio armónico. Cada articulación parecía ocupar su sitio natural, con una gama dinámica amplia, capaz de ir del pianissimo más cuidado a unos fortes luminosos, nunca groseros.

El estreno del Piccolo concerto grosso, op. 87, de Richard Dubugnon situó la noche en un terreno especialmente fértil: el diálogo entre las formas antiguas y el lenguaje del siglo XXI. La obra recupera la estructura del concerto grosso barroco, con el contraste entre el concertino —aquí un cuarteto de cuerdas formado por Janine Jansen y Gregory Ahss en los violines, Firmian Lermer en la viola y Stefano Guarino en el violonchelo— y el tutti orquestal, que actúa como ripieno, soporte y expansión sonora.

Dubugnon construye una partitura exigente, tanto para los solistas como para el conjunto. Su escritura se apoya en refinadas texturas rítmicas y tímbricas, que se confrontan y se retroalimentan unas a otras entre los dos grupos instrumentales. Hay en ella luces brillantes y zonas de oscuridad densa; momentos de virtuosismo seco y otros de una belleza casi suspendida. Especialmente memorable resultó el segundo movimiento, con el diálogo de los dos violines solistas mediante sonidos armónicos: uno de esos instantes en los que la modernidad deja de ser discurso y se convierte encarnándose en una sedosa piel.

La obra, enmarcada en eso que se ha dado en llamar new sensibility, demuestra que las viejas estructuras todavía pueden albergar vino nuevo, siempre que el vino tenga carácter y no sea mera etiqueta de bodega contemporánea. Dubugnon no utiliza el pasado como adorno arqueológico, sino como una arquitectura todavía habitable. El resultado fue una partitura de indudable eficacia, comunicativa sin renunciar a la complejidad y escrita con conocimiento profundo de las posibilidades expresivas de la cuerda.

La Folia de Geminiani, en cambio, dejó una impresión más desigual. La Camerata Salzburg la abordó con pulcritud, sonido hermoso y disciplina formal, pero quizá le faltó precisamente aquello que anuncia su propio título: folía, locura, garra, esa fuerza telúrica que convierte una buena interpretación en una experiencia necesaria. Gregory Ahss es un músico espléndido, de sonido noble y fraseo elegante, pero su naturaleza violinística parece situada en las antípodas de la Janine Jansen que en esta obra no participo en la ejecución de la obra. Donde él ofrece equilibrio, Jansen introduce combustión. Donde él pule, ella incendia. Y Geminiani, al menos en esta obra, necesitó algo de incendio.

Tras la pausa llegó el verdadero centro emocional de la velada. Janine Jansen de nuevo en el centro del escenario, ofreció una lectura de Le quattro stagioni que estuvo lejos de ser una interpretación más. Su Vivaldi no sonó como una pieza de museo ni como una colección de estampas venecianas ya gastadas por la publicidad, los ascensores y las bodas con exceso de confianza. Jansen hizo una auténtica exégesis teatral de la partitura: vimos bailar a los pastores, sentimos la persecución de los cazadores, huimos ante la tormenta de verano y padecimos el frío del invierno en los huesos.

Lo notable fue que la Camerata Salzburg, una formación asociada a una tradición centroeuropea de refinamiento y claridad supo adaptarse admirablemente a las necesidades expresivas de Jansen. Cuando la violinista pidió rudeza, contraste, nervio o mordiente, la orquesta respondió con flexibilidad. Esa es una de las virtudes de los músicos verdaderamente grandes: no confunden la identidad sonora con la rigidez estilística.

En ese contexto, el diálogo entre Janine Jansen y Stefano Guarino en el violonchelo fue uno de los grandes momentos de la noche. Allí hubo musicalidad, complicidad y una tensión dramática que no necesitaba subrayados. Jansen tocó con la intensidad de quien sabe que Vivaldi solo sobrevive si se le devuelve el cuerpo: el temblor, el aire, el barro, la tormenta, la respiración animal de la naturaleza.

La noche confirmó algo que a veces olvidamos: la tradición no se conserva embalsamándola, sino poniéndola en riesgo. Cuando la interpretación se limita a custodiar el repertorio, incluso las obras maestras pueden parecer cansadas. Pero cuando una artista como Janine Jansen entra en escena, la música vuelve a ser presente, vivencia pura: no recuerdo, no postal, no museo, sino una llama antigua que todavía quema. Seguimos.