El 28 de mayo de 2026, el Palau de la Música Catalana acogió una de esas veladas que, sin recurrir al estruendo de los grandes titulares, terminan revelándose como una experiencia de rara profundidad. The Constellation Orchestra, bajo la dirección de Sir John Eliot Gardiner, ofreció un programa integrado por la Sinfonía en Re de Juan Crisóstomo de Arriaga, el Concierto para clarinete y orquesta en La mayor, K. 622 de Wolfgang Amadeus Mozart, con Nicola Boud como solista, y la Sinfonía núm. 49 en Fa menor, Hob. I:49, “La Passione” de Franz Joseph Haydn.
Hay programas que, vistos sobre el papel, pueden parecer discretos, incluso complacientes. Una sinfonía de Arriaga, el Concierto para clarinete de Mozart y una sinfonía de Haydn no parecen, a primera vista, una apuesta especialmente arriesgada. Pero bastaron los primeros compases para comprender que aquella aparente sencillez escondía una refinadísima arquitectura interior. El recorrido propuesto no buscaba el golpe de efecto ni la rareza de catálogo, sino algo mucho más difícil: revelar la intensidad secreta de obras que, en manos menos lúcidas, podrían pasar por amables piezas de repertorio clásico.
El programa se abrió con la Sinfonía en Re de Juan Crisóstomo de Arriaga. Desde el inicio, la orquesta mostró una sonoridad perfectamente empastada, transparente y luminosa. Gardiner volvió a demostrar esa cualidad casi alquímica que posee para perfilar cada frase con precisión absoluta: cada nota parecía recibir el peso, el brillo y la función necesarios dentro de un discurso lleno de vida. La cuerda, con un vibrato apenas insinuado —más cercano a ese antiguo trino estrecho utilizado con intención expresiva que al vibrato continuo moderno—, ofrecía una textura clara, nerviosa y flexible.
Gardiner tomó tempos vigorosos, pero el drama de la sinfonía no emanaba simplemente de la velocidad. Surgía, más bien, de las tensiones internas de la obra, de sus contrastes, de su respiración juvenil y de ese perfume de Sturm und Drang que atraviesa la partitura. Bajo su batuta, la música fluyó con una energía ligera, pero nunca superficial. La variedad tímbrica fue admirable: cada familia instrumental podía distinguirse con nitidez sin que ello comprometiera la unidad del conjunto.
Especialmente revelador fue el cuarto movimiento. El tema principal, lleno de nervio y empuje, pero al mismo tiempo como herido de muerte, adquirió en manos de Gardiner una intensidad casi visionaria. Los violines lo presentaron en un piano vibrante, oscilando entre constantes crescendos y diminuendos: la melodía se abría hacia la luz armónica para cerrarse enseguida sobre sí misma, hasta estallar finalmente fundida con el resto de la orquesta. La sinfonía dejaba así un marcado sabor pre-romántico, un claro regusto de Schubert, del primer Mendelssohn e incluso de la sensibilidad schumanniana posterior. Arriaga apareció no como una curiosidad juvenil, sino como una voz ardiente, prometedora y trágicamente interrumpida.
Tras la pausa, llegó el Concierto para clarinete y orquesta en La mayor, K. 622, de Wolfgang Amadeus Mozart, con Nicola Boud como solista. La obra fue interpretada con el clarinete di bassetto para el que fue pensado, lo que otorgó al concierto una profundidad tímbrica inalcanzable con el clarinete moderno en La. No se trató de un simple gesto historicista, sino de una verdadera restitución expresiva. El registro grave del instrumento abrió una zona de sombra, de calidez y de humanidad que transformó por completo la escucha.
El concierto fue un puro deleite, pero no en el sentido decorativo del término. Mozart escribe aquí una obra de una intimidad extrema, casi camerística. Las distintas partes de la orquesta no funcionan como mero acompañamiento, sino como voces distribuidas en una conversación de refinamiento prodigioso. La diversidad melódica y tímbrica se repartía entre las familias instrumentales hasta formar un todo poliédrico, delicadísimo, donde cada línea parecía respirar con autonomía sin romper nunca el equilibrio general.
Nicola Boud abordó con primor las posibilidades expresivas del clarinete di bassetto. Resultaba asombrosa la naturalidad con que pasaba del registro de chalumeau, grave y profundo, al registro agudo, sin que se percibiera costura alguna en el instrumento. Más que un alarde técnico, aquello era continuidad expresiva: una sola columna de aire, una sola voz capaz de descender a la penumbra y elevarse luego con una pureza casi vocal. Los diálogos que entabló con violas y violonchelos fueron de una poesía altísima, música de cámara suspendida en el interior de la orquesta.
El segundo movimiento fue conmovedor. Cada melodía fue tejida minuciosamente ; cada nota encontraba su exacta función expresiva dentro del delicadísimo equilibrio del conjunto. En la reexposición de la sección A, la solista entró en un matiz piano de una fragilidad estremecedora, mientras Gardiner la acompañó con la cuerda en un pianísimo casi traslúcido. Aquel instante tuvo algo de suspensión del tiempo: una música etérea, respirada apenas, como si el sonido estuviera a punto de desaparecer y, precisamente por eso, se volviera más intenso.
Resulta revelador que, tratándose de la última obra concertística de Mozart, no haya en ninguno de sus movimientos cadencias destinadas al lucimiento del solista. El clarinete no conquista la escena: la habita, la confiesa, la ilumina desde dentro. Es una obra íntima del maestro, escrita apenas dos meses antes de su trágico fallecimiento, y escuchada así, con esa mezcla de serenidad y desamparo, era imposible no sentir que nos encontrábamos ante algo milagroso. Hubo lágrimas: la conmoción limpia de quien se sabe ante una belleza que no necesita levantar la voz para decirlo todo.
Con la Sinfonía núm. 49 en Fa menor, Hob. I:49, “La Passione”, de Franz Joseph Haydn, el círculo del programa terminó de cerrarse. Si alguien había juzgado esta propuesta como un programa menor o excesivamente fácil, la interpretación de Gardiner demostró exactamente lo contrario. Escuchado en su totalidad, el concierto revelaba una coherencia profunda: tres formas de intensidad sin exhibicionismo; tres maneras de hacer surgir el drama desde la claridad clásica.
En Haydn, Gardiner se empleó al máximo. Exploró con hondura la oscuridad de Fa menor en una sinfonía cuya disposición —Adagio, Allegro di molto, Menuet e Trio, Presto— evoca, desde un lenguaje plenamente clásico, la antigua gravedad de la sonata da chiesa. En sus manos, esa tonalidad pareció abrirse al mundo de lo sombrío, de lo misterioso, casi de lo sobrenatural. La obra no fue tratada como una pieza elegante y amable, sino como una arquitectura dramática de enorme concentración expresiva.
Gardiner marcó con claridad los contrastes de tempo, intensidad y carácter. Particularmente reveladores fueron los diálogos que hizo surgir desde la penumbra entre segundos violines y violas: líneas interiores que normalmente alimentan discretamente el discurso musical, pero que aquí adquirieron una presencia luminosa. La sinfonía dejó de ser una obra de melodía grata y acompañamiento aparentemente sencillo para revelarse como una pieza llena de garra, profundidad y contrastes, capaz de crear, con una paleta tímbrica reducida, momentos de refinamiento estremecedor.
Uno de los grandes méritos de la velada fue precisamente ese: mostrar que la música clásica no necesita hincharse para conmover. Gardiner evitó la grandilocuencia, el dramatismo impostado y el brillo exterior. Todo pareció nacer desde el interior de las frases, desde la articulación, desde la respiración, desde el color exacto de cada plano instrumental. En Arriaga hubo juventud y presagio; en Mozart, intimidad y milagro; en Haydn, sombra y tensión espiritual.

Se veía a Gardiner feliz, pleno, lleno de energía. Había en su gesto algo más que oficio: la ilusión de quien ha atravesado zonas muy profundas y ha vuelto de ellas no endurecido, sino más libre, más sereno y más dispuesto a compartir la música como una forma de gratitud.
Y quizá ahí estuvo la verdadera lección de la noche: un programa aparentemente sencillo puede contener un universo entero cuando cae en manos de alguien capaz de escuchar, respirar y hacer hablar a la música desde dentro. Gardiner no ofreció un concierto fácil. Ofreció una perla cuidadosamente tallada. Y, por fortuna, aquella noche del 28 de mayo en el Palau de la Música Catalana, esa perla encontró una sala capaz de apreciarla en todo su delicado brillo. Seguimos.
Fotografías cortesía de bcn classics. Fotógrafo Antoni Bofill
A raíz de tus comentarios, he profundizado en el conocimiento de Arriaga y me ha parecido una música digna de ser mucho más escuchada.
Gracias por tus comentarios sobre el concierto. Realmente Gardiner está en la galaxia de los mejores.