La noche del 21 de noviembre, el Palau de la Música Catalana vibró con una de esas citas que dejan huella. La Orquesta Sinfónica de la Radio de Baviera, guiada por Sir Simon Rattle, unió la tensión narrativa de Taras Bulba de Janáček con la grandeza serena de la Séptima sinfonía de Bruckner. Más que un concierto, fue una inmersión en un paisaje de historias, emociones y sonoridades que abrazaron al oyente.
La BRSO, fundada en 1949, es una de las grandes orquestas europeas. Su tradición alemana se reconoce en un sonido firme y claro, trabajado con sensibilidad a lo largo de décadas. Desde 2023, Simon Rattle ha afinado esa identidad con su mirada minuciosa y flexible. El resultado de esa sinergía entre musicos y director lo pudimos difrutar en la pasada noche el del 21 de noviembre, pues la orquesta respondió con una naturalidad que no necesitaba subrayarse: todo fluía, como si cada gesto de Rattle encontrara su eco exacto. Hubo un equilibrio sereno entre la expresividad y el rigor, un fraseo que respiraba sin perder el pulso. Las secciones dialogaron con claridad, sin competir, sumandose las unas a otras, dejando que la música se asentara con elegancia. Destacándose mucho la seccion de metales —nobles, seguros, con ese color bávaro inconfundible— que aportaron un peso decisivo a la segunda parte, sosteniéndola con una presencia tan firme como contenida.
La rapsodia Taras Bulba, escrita entre 1915 y 1918, está basada en la novela de Nikolái Gógol, y narra en tres movimientos las muertes trágicas de sus personajes principales. Janáček, profundamente influido por el folclore eslavo y su entorno checo-moravo, construyó una partitura llena de color, dramatismo y vitalidad orquestal, que culmina en una exaltación de la futura victoria del credo ortodoxo en la región. Desde los primeros compases, la orquesta desplegó una potencia sonora impresionante, con bajos firmes y una paleta expresiva desbordante. Rattle dirigió, como es su costumbre, todo el programa de memoria, con gestos precisos y comedidos, pero plenos de sentido musical. Sus manos parecían esculpir la música en el aire, moldeando los timbres con una sensibilidad táctil. Fue una lectura intensa y vibrante, donde la crudeza del relato encontraba, de pronto un repiro lírico a lo largo de hermosos pasajes. El final se alzó como un brillo solemne: la orquesta y el órgano del Palau fundieron sus voces mientras ascendía la plegaria de Taras Bulba, esa profecía que, entre sombras y fervor, anuncia la victoria ortodoxa sobre los polacos.
La segunda parte del concierto trajo consigo la Séptima Sinfonía de Bruckner, compuesta entre 1881 y 1883 como un sentido homenaje a la memoria del recién fallecido Richard Wagner, cuya desaparición influyó decisivamente en la composición del Adagio.
Para abordar esta obra, de una espiritualidad expansiva y una arquitectura monumental, se requiere no solo un dominio técnico absoluto de una partitura compleja, sino también una visión clara de su desarrollo emocional.
El primer movimiento fue un despliegue de elegancia y poesía. Aunque el tempo fue más bien rápido y ágil, Rattle supo dejar espacio para que las frases respiraran. La orquesta sonaba como un órgano tubular, cambiando de registros con una naturalidad asombrosa. El sonido era amplio, envolvente, lleno de armónicos que daban una sensación de libertad sonora, de belleza impregnada de lirismo.
El segundo movimiento, el ya célebre Adagio, fue el corazón de la noche. Se percibía como un lamento hondo, casi confesional, de un alma sencilla que se despide de su gran maestro. Los fraseos fueron de una delicadeza extrema, perfectamente respirados y cantados. Aquí, Rattle no imponía su voluntad, sino que parecía cantar con sus músicos, dejándose llevar por el flujo de la música. Las tubas wagnerianas entonaron esa honda elegía en memoria del amado maestro perdido. Fue un momento de silencio interior, de conexión profunda entre intérpretes y oyentes.
El tercer movimiento, Scherzo, fue pura vitalidad: diabólicamente juguetón, lleno de energía rítmica y precisión. El diálogo entre las secciones fue simplemente brillante. En el cuarto movimiento, el juego tímbrico alcanzó su clímax. La entrada del segundo tema trajo consigo un perfume de serenidad, una sencillez casi pastoral que contrastó maravillosamente con el dramatismo anterior. Majestuoso, sí, pero sin grandilocuencia: fue el broche de oro a una lectura profundamente humana.
Simon Rattle no solo dirigió una sinfonía: ofreció una experiencia esculpida en el tiempo, un viaje sonoro en el que cada compás fue cuidadosamente trabajado. La Orquesta de la Radio de Baviera, en pleno dominio de sus recursos, respondió con una entrega absoluta. Fue una noche en la que la música se vivió como revelación, como arte que transforma y conmueve. Una noche para recordar. Seguimos.
La tarde del 9 de noviembre, el Palau de la Música se convirtió en un templo barroco, sin escenografía ni vestuario, pero lleno de drama. Alcina, presentada en versión de concierto por el Ensemble Artaserse, bajo la dirección de Philippe Jaroussky, demostró que cuando Händel habla, no hace falta más que música.
Estrenada en 1735 en el Covent Garden de Londres, Alcina pertenece al periodo tardío de Händel como compositor de ópera italiana. Fue una obra concebida para el lucimiento vocal —en especial del célebre castrato Giovanni Carestini— y forma parte de una trilogía mágica junto a Orlando y Ariodante. Pero, más allá del artificio escénico y del carácter fantasioso del libreto, Händel logró convertir esta ópera seria, tan codificada por la tradición, en un espacio sonoro de emociones profundamente humanas.
Con su don inagotable para la melodía y un lenguaje armónico-contrapuntístico de gran riqueza, Händel logra en Alcina una alquimia rara: transformar un libreto plagado de convenciones en un espejo de pasiones universales. Los personajes femeninos en Händel son notablemente más ricos que sus contrapartes masculinas. Él comprende la complejidad del alma de la mujer con una intuición admirable. Alcina ama, odia, se lamenta y sucumbe. Bradamante resiste con nobleza, inteligencia y lealtad inquebrantable. Morgana, en su ligereza, ama sin límites, con el entusiasmo de un corazón embrujado por Eros. En todas ellas, Händel escribe con una pluma que está atenta al latido del corazón de sus personajes.
La versión de concierto realzó el núcleo esencial del drama sin las distracciones que la escena puede generar, porque es en la música donde reside la quintaesencia del arte del maestro: Händel construye su universo sobre ese pilar emocional que es el aria.
Bajo su pluma, cada una se convierte en un espacio sagrado donde la emoción se encarna y conmueve. No hay solo belleza: hay verdad. Detrás de cada ornamentación florece un corazón expuesto, una humanidad en carne viva.
Philippe Jaroussky, una de las figuras más emblemáticas del canto barroco de las últimas décadas, se presentó aquí no como solista, sino como director. Al frente del conjunto que él mismo fundó en 2002 —el Ensemble Artaserse— dirigió con esa elegancia firme que lo caracteriza, dejando que la música fluyera con transparencia. Su lectura fue refinada, con un alto grado de equilibrio sonoro y, sobre todo, profundamente musical. La orquesta respondió con igual altura. La articulación, el empaste, la expresividad de las cuerdas y el continuo —con una tiorba maravillosa y un clave sobrio— fueron de una calidad admirable. No hubo rigidez historicista, sino flexibilidad expresiva, fraseo natural y un diálogo permanente entre los cantantes y la orquesta.
Kathryn Lewek, la gran triunfadora de la noche, dio vida a una Alcina de voz carnosa y sensual, potente y musical, con un rango expresivo muy amplio. Alcina, la hechicera voluptuosa y fría con sus amantes, se muestra al final de la obra como una mujer profundamente humana, desgarrada por la traición del único hombre al que ha amado. Su “Ah! mio cor”, en la parte final del segundo acto, fue el momento más devastador de la velada: una mujer deshecha, quebrada por el abandono, expuesta en toda su fragilidad. Difícil no conmoverse ante tanta sinceridad.
Lauranne Oliva, como Morgana, aportó una voz ligera, brillante y llena de vida, que sorteó con soltura algún pequeño percance sin perder elegancia. Su Morgana fue pasión sin filtros, una amante ingenua y entregada que dejó un gratísimo sabor de boca a los presentes.
Carlo Vistoli encarnó un espléndido Ruggiero, con una voz flexible, ágil, de gran belleza en los agudos y firmeza en los graves. Supo ornamentar con gusto y construir un héroe creíble en su contradicción: inconstante, impulsivo y prisionero de sus pasiones. Su “Verdi prati” fue un instante de pura verdad: sin ornamentos, sin exhibición, solo nostalgia y sencillez. Una joya donde la emoción se posa como un pájaro tímido.
Katarina Bradić, como Bradamante, mostró una voz rotunda, ágil, ideal para abordar dos de las arias de mayor dificultad de la partitura. Voz de graves más bien opacos, compensó con un registro medio muy rico, carnoso y expresivo. Bradamante es un personaje complejo, y Bradić supo dotarla de nobleza, valentía y una claridad emocional admirable.
Zachary Wilder, como Oronte, tuvo una participación desigual: con una voz potente pero algo abierta en los agudos, llegó a tener algunos problemas de afinación en los pasajes más complejos de su primera aria. Sin embargo, su segunda intervención fue mucho más afortunada, ornamentando con elegancia, se mostró más sereno y contundente en los pasajes virtuosos. Un tenor perfectamente adaptado a este repertorio.
Nicolas Brooymans, en el papel de Melisso, fue una revelación: su voz poderosa y homogénea, de bajos ricos y bien trabajados, aportó una autoridad natural al personaje. Un bajo espléndido, musical, sólido, que elevó cada intervención con aplomo y profundidad.
Más allá del reparto, Alcina se sostiene como una obra que premia la fidelidad, la constancia del amor sincero encarnado en Bradamante, y castiga la pasión desordenada, la seducción envuelta en engaño. La derrota de Alcina se traduce no solo en su caída emocional, en esa devastación casi total que la corroe por dentro, sino también en la pérdida de sus poderes. El amor, como la vida, solo puede crecer en libertad. Y el amor forzado, como el arte sin verdad, está condenado a desaparecer.
A veces, basta una voz herida, una cuerda que vibra tenuemente, para que el alma del teatro se manifieste sin necesidad de escenario. Händel, el alemán que conquistó Londres con la lengua de los afectos italianos, entendía que el verdadero drama no siempre se declama ni se representa, sino que muchas veces también se canta. Seguimos
La noche del 3 de noviembre, el Palau de la Música se convirtió en el escenario donde la precisión del gesto y la sobriedad del estilo se fundieron con una musicalidad honesta, sin poses, dejando que la emoción surgiera desde el centro mismo del sonido. Andrés Orozco-Estrada, colombiano de sonrisa fácil y amabilidad natural, al frente de la Sinfonica Nazionale della RAI fusionó con fortuna su garra latinoamericana con la efectividad reposada y precisa de su formación vienesa. Es un director que piensa con la exactitud de un germano, pero que nunca pierde esa chispa de calidez tan latina. No busca ser una superestrella del pódium, sino que elige la humildad y la eficacia, como aquellos grandes directores alemanes que prefieren que la música hable por sí misma.
Desde el inicio con la obertura de Guillaume Tell de Rossini, Orozco-Estrada demostró que su dirección es una mezcla afortunada de rigor y alegría. La orquesta respondió con un sonido bien balanceado, tempos cómodos y un respeto notable por los solistas. El Ranz des vaches resonó con espacio y sin ahogos; sosteniendo un tempo estable, la versión se mantuvo colorista y contenida, sin estridencias.
Cuando llegó el turno del Concierto para violín núm. 4 en Re mayor, K. 218, de Mozart, el brillo de la orquesta se combinó con la sobria maestría de Michael Barenboim. Un violinista extraordinario, que lució una afinación perfecta y un sonido clarísimo, ideal para Mozart. Barenboim es un intérprete de pocas veleidades escénicas, ajeno a la gestualidad ampulosa de tantos solistas contemporáneos. Su presencia es discreta, pero su musicalidad, profunda y luminosa. Quizá por eso no sorprendió —aunque sí conmovió— verlo, minutos después de su brillante actuación, tomar su lugar entre los violinistas de fila en la Sinfonía fantástica. Fue un gesto silencioso, pero elocuente: una declaración de amor al oficio, al arte por el arte, sin necesidad de reflectores.
Con la Sinfonía fantástica, Orozco-Estrada se adentró en el terreno volcánico de Berlioz con la serenidad de quien conoce bien los caprichos del fuego. No se dejó arrastrar por el delirio, y sin domesticarlo, lo dejó arder en su forma más bella y controlada. En esta obra, Berlioz nos arrastra por escenarios de un delirio absoluto; es un viaje sin retorno que puede culminar —como decía Bernstein— con nosotros gritando en nuestro propio funeral. La obra es un despliegue de colores orquestales, de esa paleta tímbrica inmensa que Berlioz inaugura aquí. En esta obra está ya todo Berlioz, el que es en ese momento y que que vendrá. En ella econtramos el amor obsesivo, el desengaño, la exageración genial, la exploración de nuevos y atrevidos mundos tímbricos y formales, la desmesura absoluta. Orozco, en su lectura de la partitura no buscó en ningún momento brillar como una superestrella aprovechando la espectacularidad de la pieza, sino que dejó que la música misma desplegara su mensaje y su verdad.
Fue, en suma, una noche donde la música se impuso con su propia voz. Una velada de enorme calidad artística, sin alardes vacíos, en la que tanto la orquesta como su director y solista nos recordaron que, a veces, la mayor grandeza está en la honestidad y la pasión genuina por el oficio. Seguimos.
Philippe Herreweghe – Orquesta de los Campos Elíseos Palau de la Música Catalana – 23 de octubre de 2025
En 1808, en el Theater an der Wien, Beethoven presentó por primera vez su Sinfonía n.º 6 “Pastoral” y, a continuación, la n.º 5. Fue un concierto maratónico, como solían ser en esa época: con estrenos, improvisaciones y un público congelado por el frío —resulta que había fallado la calefacción en pleno diciembre—. Más de dos siglos después, ese maridaje entre lo bucólico y lo trágico sigue funcionando, y vuelve a estremecer en la sala modernista del Palau de la Música.
Al enfrentarse a estas obras hoy, uno podría pensar que ya no queda nada por descubrir. Han sido interpretadas, grabadas, analizadas hasta el cansancio. Si hay partituras que han sido víctimas de los mil y un caprichos de los más estrafalarios directores a lo largo de la historia, esas son sin duda las sinfonías de Beethoven —especialmente la Quinta—. Y sin embargo, allí estábamos: escuchándolas otra vez, buscando en ellas nuevas verdades. Beethoven de nuevo nos convocaba, y cientos de personas acudimos a su llamado.
Beethoven no fue el primero en expresar en su obra los sentimientos más íntimos del ser humano, desde luego, pero sí fue el primero que lo hizo con tanta contundencia y rotundidad, haciendo de ello la materia prima de su quehacer artístico. Su obra nos pone frente al espejo de nuestra pequeñez e insignificancia como seres; pone de relieve nuestras inmensas fragilidades y, al mismo tiempo, nos susurra al oído que podemos ser nosotros mismos quienes, a través del trabajo, el esfuerzo constante y la entrega absoluta, logremos convertirnos en héroes de nuestra propia historia. Desde que el maestro alumbró sus sinfonías, escuchar una obra de este tipo dejó de ser solo un ejercicio estético, un acto de apaciguamiento moral o un simple entrenamiento trivial, para pasar a ser una experiencia emocional, trascendente en lo individual. Un acto de autoexploración y redención de nuestras penas más internas.
La noche del pasado 23 de octubre, Philippe Herreweghe apareció sobre el escenario del Palau de la Música de Barcelona con su modestia característica: todo de negro, con ropas sencillas, sin batuta, y con una edición Urtext impecable bajo el brazo. Su enfoque —austero, detallado, absolutamente humano— logró algo inusual: despojar a las sinfonías de su peso retórico y devolverles la naturalidad. Subió con cierta dificultad al podio y miró con entusiasmo a los músicos de la Orquesta de los Campos Elíseos, dando inicio a la ejecución de la sinfonía “Pastoral” tras una sonrisa compartida con ellos.
Su lectura fluyó como un paseo sin prisa. Nada en su concepción de la obra delató trivialidad o sentimentalismo barato, plaga que históricamente ha acompañado muchas de las lecturas de esta sinfonía. Herreweghe evitó el rubato excesivo y dejó que los motivos respiraran como si los músicos mismos caminaran por un sendero. La articulación fue limpia, ligera; los vientos, especialmente las flautas y oboes, brillaron con una dulzura orgánica, luciendo una sonoridad abellotada y muy homogénea. El ensamble entre las secciones fue sencillamente perfecto. Uno podía solazarse en medio de ese bosque sonoro y disfrutar de cada una de las capas melódicas que integraban ese todo, perfectamente ensamblado. En el “Trueno” del cuarto movimiento no hubo grandilocuencia, pero sí una energía concentrada, un poder interno que contrastó maravillosamente con la serenidad final del “Himno de gratitud”.
La Quinta, por otro lado, fue otra historia. Aquí sí apareció el peso del destino, pero comprimido en un puño firme. Herreweghe eligió tempi vivos, casi urgentes, pero sin precipitación. El célebre motivo inicial no fue una sentencia, sino una llamada. El desarrollo fue un ir y venir de tensiones calculadas, sin dramatismo artificial. El Allegro con brio marcado en la partitura original se cumplió inexorablemente, y quizás se extrañó un poco de poesía en la pequeña cadencia que hacia el final del primer movimiento tiene el oboe. El tercer movimiento, con ese juego de sombras y retazos de fuga, fue uno de los momentos más intensos de la noche. Las cuerdas lucieron poderosas, robustas, llenas de una vitalidad casi dionisíaca, que anunciaba, tras el paso por la oscuridad del enlace al cuarto movimiento, la luz que estaba por llegar.
Y tras ese pasaje de oscuridad y penumbra que finaliza el tercer movimiento, llegó la luz, con un poderoso modo mayor y con toda la orquesta sonando a plenitud. Beethoven nos hace sentir en este pasaje de transición la angustia de sentirse sin salida, de no encontrarle solución a la vida, esas irrefrenables ganas de dejarlo todo y simplemente caer. Y de súbito, en un arrollador crescendo, la luz surge de la más absoluta penumbra.
Una vez llegado el triunfo, Herreweghe evitó el heroísmo fácil. No necesitó alzar la voz. Porque más que un triunfo, es realmente una liberación conquistada con mucho esfuerzo y trabajo interno. La calidad sonora que en este movimiento suele verse muy comprometida, en manos de nuestro director estuvo perfectamente controlada, conduciendo a la orquesta a un final luminoso, sin estridencias, sin vulgaridad ni sobreactuaciones histéricas.
Quizás una de las cosas que más admiro en Philippe Herreweghe —además de su humildad— es, precisamente, que cuando lee cualquier obra, lo hace buscando la verdad que hay detrás de las notas. Los sonidos, la belleza sensorial que nos atrae a ellos, ocultan en realidad una verdad mucho más profunda que meros sonidos más o menos bellos o agradables de escuchar, y Herreweghe inevitablemente va siempre en búsqueda de esa verdad, que es profundamente humana.
Al salir del Palau, pensé en eso: tal vez la mejor manera de honrar estas obras no es hacerlas sonar como si fueran sagradas per se, sino devolverles su aliento humano. Herreweghe y su orquesta lo lograron con elegancia, sin excesos, sin fuegos artificiales. Solo música, hecha con amor y con verdad. Seguimos
No fue un concierto. Fue una invocación. A veces la música no suena: se enciende. Y este martes 22 de octubre, en el Palau de la Música, la música de Händel ardió en manos de Teodor Currentzis y su ensemble musicAeterna como rara vez se ha visto —o mejor dicho, sentido— en una sala de conciertos.
Había en el ambiente una extraña excitación por lo que el director griego tenía preparado para la ocasión. El público del Palau tiene aún fresco el recuerdo de las anteriores citas en que fue sorprendido por él. La orquesta entró de manera tradicional, entre aplausos respetuosos, seguida por la figura magnética de Currentzis. Hasta ahí, todo dentro del ritual habitual. Pero una vez el maestro alzó las manos, la sala se sumergió en una delgada penumbra —y con ello comenzó el verdadero conjuro.
A lo largo del concierto, el juego con las luces fue esencial. La iluminación se transformaba con cada fragmento, casi como si el propio Händel —tan afecto en su tiempo a los grandes espectáculos— tuviera su propio diseñador escénico. Todo estaba medido y cronometrado a la perfección. Nada sucedió porque sí, y cada nota y cada gesto se hizo para conmover al espectador. Así, la entrada del coro y de los solistas, que no aparecieron como simples intérpretes, sino como personajes de un drama invisible, estuvo previamente coreografiada al detalle, desarrollándose mientras la música ya sonaba, como si emergieran directamente del sonido.
Lo que siguió fue una travesía ininterrumpida de más de cien minutos por el universo dramático y espiritual de Händel. Arias, overtures, himnos, fragmentos de oratorios y óperas se sucedieron sin pausa, hilados con una sensibilidad teatral que evitó la sensación de antología y construyó, en cambio, una experiencia narrativa, casi operística.
El coro fue, en todo momento, un pilar fundamental de esa arquitectura expresiva. Cantaron todo de memoria, con una presencia escénica que combinaba disciplina y libertad, mientras ejecutaban una coreografía sutil pero eficaz. El sonido fue poderoso y perfectamente afinado, con unos bajos robustos y una flexibilidad pasmosa en los cambios de carácter y dinámica. Cada intervención coral fue como una columna de fuego que sostenía la estructura emocional del concierto, aportando una dimensión colectiva de belleza casi arcaica.
Currentzis no dirige, habita. Y lo hace con una intensidad que puede parecer excesiva a quienes no están dispuestos a dejarse llevar, pero que resulta absolutamente genuina para quienes conocen el nivel de entrega con el que trabaja. Su lectura de Händel fue vibrante, contrastada, sin temor al dramatismo, pero nunca afectada. La música danzó, respiró, se desgarró y se elevó.
La orquesta musicAeterna, liderada por su extraordinaria concertino, sonó sencillamente genial. Precisa, enérgica, flexible, con una paleta de matices inagotable. Parecían una banda de rock barroco sobre el esecenario: no por volumen, sino por actitud, convicción y potencia expresiva. Fue una interpretación de cuerpo entero, sin miedo al riesgo, al filo, al temblor. Cada acorde fue generado desde el interior de unos intérpretes que aman profundamente esta música y que ven en ella un modo de transformar la vida de sus escuchas.
Las voces solistas, provenientes de la Academia Anton Rubinstein, fueron una verdadera revelación. Todas ellas —jóvenes, pero extraordinariamente bien guiadas— mostraron un dominio técnico sólido, una expresividad refinada y un compromiso emocional evidente. La dirección de Currentzis se hizo sentir también aquí: en el fraseo, en los silencios, en las miradas. Siempre atento, siempre solícito, siempre presente.
Tatiana Bikmukhametova, Anhelina Mikhailova, Daria Lebedeva, Galina Menkova, Tatiana Vikhareva y Yulia Vakula, así como el contratenor Andrey Nemzer —quien además ejerció como coach vocal del grupo— fueron las voces que incendiaron nuestros corazones con cada aria leída desde lo más hondo de la partitura. Todos brillaron sin estridencias ni exageraciones. Fue una celebración de la belleza vocal entendida como honestidad expresiva. Arias como “Piangerò la sorte mia”, “Pena tiranna” o “Eternal Source of Light Divine” fueron abordadas con una sobriedad conmovedora. No hubo divismos. No hubo trampas emocionales. Solo música desnuda y viva, lanzada al mundo con el coraje que da la verdad.
En tiempos donde tanto arte parece dominado por lo banal, lo vulgar, lo superficial, o directamente lo feo, lo que hace Currentzis es casi heroico. Su apuesta por la belleza —pero no una belleza complaciente, sino exigente, radical, incluso peligrosa— se siente como una flor brotando en medio del pavimento. No hay ironía, no hay cinismo en su gesto. Hay un deseo auténtico de conmover, de sacudir, de elevar. Y esa voluntad, cuando se plasma con la seriedad y el talento con que lo hace el maestro, se convierte en un acto de resistencia. En una afirmación poética de que el arte todavía puede cambiar cosas, de que es el arte la única esperanza que nos queda ya.
Händel, con Currentzis, no suena como música de archivo, ni como arte de museo. Suena como si estuviera siendo escrita ahora mismo, por alguien que tiene algo urgente que decir. Y eso, justamente, es lo que distingue a los grandes intérpretes de los demás. Lo vivido la noche del martes 21 en el Palau no fue una interpretación más o menos afortunada de música barroca. Fue una revelación. Seguimos.