Suele ser sorprendente y muy aleccionador el estudio etimológico de las palabras que utilizamos, sobre todo porque, con frecuencia, la raíz de la que nacen nos revela una profundidad que el uso cotidiano ha ido difuminando. Es como si, de tanto pronunciarlas, hubiéramos olvidado que en su origen esas palabras poseían no solo un significado explícito, sino también otro mucho más profundo.
Menciono esto porque hace ya tiempo descubrí que la raíz de la palabra armonía, noción fundamental del quehacer musical, deriva —a través del latín— del griego harmonía, proveniente a su vez de armós, término que significa “ajuste”, “articulación” o “ensamble”. Algunos autores sitúan incluso este vocablo en el ámbito de la carpintería, donde designaba precisamente la unión de dos piezas que, de otro modo, harían colapsar la estructura que se pretende construir.
Esta etimología nos conduce a lo verdaderamente esencial: la necesidad de articular o ajustar aquello que, en principio, aparece como contrario. La obra musical se constituye, entonces, como uno de los ejemplos más acabados de este proceso, pues en ella el compositor logra conciliar —gracias a su conocimiento y a su intuición sonora— una pluralidad de fuerzas que originalmente podrían resultar discordantes, transformándolas en una unidad viva y coherente.
Pocas formaciones en la actualidad encarnan de manera tan literal esta idea originaria de la armonía como la West-Eastern Divan Orchestra, creada gracias al incansable trabajo de dos hombres de paz: el maestro Daniel Barenboim y el filósofo Edward Said . La formación reúne músicos procedentes de territorios históricamente enfrentados que, lejos de negar el peso de sus historias personales y colectivas, lo transforman en impulso creativo. Escucharlos en concierto produce la impresión de asistir a una forma superior de entendimiento humano: distintas sensibilidades, tradiciones y memorias convergen en un mismo latido musical, recordándonos que la armonía no consiste en la ausencia de conflicto, sino en la capacidad de articularlo hasta convertirlo en belleza compartida.
Más allá del resultado estrictamente artístico, la orquesta ofreció una poderosa metáfora humana. Integrada por músicos de orígenes históricamente enfrentados, su trabajo conjunto demuestra cómo el reconocimiento del dolor no impide avanzar hacia una construcción común; al contrario, lo convierte en impulso para crear algo luminoso. La disciplina de escucha mutua —casi camerística— convierte al conjunto en un organismo vivo que respiraba al unísono.
El pasado 16 de febrero se presentó en L’Auditori de Barcelona la West-Eastern Divan Orchestra, dentro de la gira que el maestro Zubin Mehta realiza para celebrar su nonagésimo cumpleaños. Pese a encontrarse muy limitado físicamente, el maestro supo afrontar con notable solvencia un programa complejo, aunque estas mismas limitaciones pudieron jugarle en algunos momentos ciertas malas pasadas, especialmente en la claridad de algunos tempi o en la precisión de determinadas entradas, en las que su gesto resultó particularmente contenido.
Desde el primer acorde quedó claro que la velada no sería simplemente un homenaje, sino una lección viva de lo que significa hacer música juntos. La West-Eastern Divan Orchestra mostró desde el inicio una sonoridad perfectamente asentada: bajos sólidos y profundos, maderas tersas y afinadas con exquisito cuidado, metales brillantes pero siempre integrados en el tejido orquestal. Todo parecía responder al sentido originario de la palabra armonía: hacer coincidir lo contrario.
La entrada de Zubin Mehta, físicamente frágil pero musicalmente imponente, marcó uno de los momentos más conmovedores de la noche. Con la ayuda de dos asistentes fue acomodado en una silla situada sobre el podio, contando además con el apoyo constante del concertino de la orquesta, Mohamed Hiber. Dirigiendo de memoria, con gesto breve y mirada encendida, el maestro transmitió una energía vital que se sobreponía a cualquier limitación corporal. Su gesto —sereno, preciso y profundamente musical— reveló la sabiduría de quien ya no necesita imponerse mediante grandes ademanes: basta una indicación mínima para ordenar el sonido.
La obertura de Rienzi de R. Wagner, abrió el programa con una cuerda densa y pastosa, sostenida por maderas cálidas y unos metales de gran brillo pero sin estridencias. Inicialmente algo lenta y quizá un tanto pesada, la obra tomó verdadero brío en la reexposición del tema de la plegaria.
El Concierto para violín de Bruch encontró en María Dueñas una intérprete de personalidad sonora cada vez más definida. Su sonido, luminoso pero pleno de cuerpo, posee una cualidad casi perfumada: delicado sin perder firmeza, expresivo sin caer en el exceso. Técnicamente impecable, la violinista mostró una musicalidad en expansión constante, sostenida por una orquesta que la acompañó con una atención casi camerística. Resultaba particularmente conmovedor observar el diálogo visual entre Mehta y la solista: la mirada del maestro, atenta y protectora, parecía envolver cada frase en una suerte de silenciosa bendición musical.
El Adagio, fue, sin duda, uno de los mejores momentos de la noche, pues solista y orquesta lograron encontrar ese estado de gracia que todo lo ilumina. El final, de raíz zíngara, brillante y expansivo, no estuvo exento de ciertos ajustes —sobre todo en los tempi—, en los que Dueñas debió adaptarse con rapidez logrando no comprometer nunca el resultado final.
La Sinfonía n.º 4 de Chaikovski, obra de enormes exigencias expresivas y técnicas, fue resuelta con una autoridad que solo los años pueden conceder. Ya no es el Chaikovski casi atlético de sus años de mayor energía dramática, pero a cambio Mehta ofreció una lectura más reposada y orgánica de la obra. Los tempi, en ocasiones muy rápidos, mantuvieron siempre una naturalidad que daba pleno sentido al discurso musical. Especialmente notable fue la integración de los metales —fundidos con cuerda y maderas, con trompas de admirable nobleza sonora— evitando cualquier exceso retórico y reforzando la arquitectura dramática de la partitura.
Conmovedor fue ver a un hombre que ha hecho tanto por la música durante tantos años, visiblemente cansado y profundamente emocionado por la ovación del público, abandonar el escenario con ayuda de sus asistentes en silla de ruedas. La ocasión superó con mucho la mera cita musical e impactó de lleno en el ámbito humano, invitándonos a reflexionar tanto sobre la resiliencia de un artista que se niega a rendirse ante las limitaciones físicas como sobre la hermosa lección de armonía que, una vez más, la West-Eastern Divan Orchestra ofreció al público. Seguimos.
Fotografías cortesía de bcn classics. Fotógrafo Antoni Bofill
La historia entre Estados Unidos y Europa está jalonada de incidentes muy parecidos a los que parece que estamos abocados a vivir con la llegada del nuevo inquilino de la Casa Blanca. Hay, de parte de ambos lados, mucha admiración y respeto, ciertamente, pero también, y casi en la misma proporción, una enorme cantidad de recelos y desconfianza. Si nos circunscribimos a nuestro ámbito musical, aquí en Europa siempre hemos visto con cierto desdén a los autores norteamericanos, a quienes calificamos, al menos en parte, de chabacanos. Sin embargo, del mismo modo, hemos aplaudido y amado con todo el corazón a sus memorables orquestas y solistas incomparables.
Es muy frecuente, en este lado del charco, que cuando al menos la mitad de un programa está impregnado de música norteamericana, frunzamos el ceño en nuestro fuero interno y nos lamentemos de no escuchar a aquella maravillosa orquesta con algo más «serio». La pasada semana, en Barcelona, tuvimos, en más de un sentido, un caso como el que os describo.
La Orquesta Philharmonia de Londres, dentro de una gira por algunas ciudades españolas, se presentó en el Palau de la Música de Barcelona el pasado 13 de enero. Ni el intenso frío, ni un programa que en su primera mitad solo resultaba atractivo para los más cafeteros espantaron a los asistentes, quienes llenaron la sala de conciertos y agasajaron posteriormente al conjunto inglés por el espectáculo brindado. Esta orquesta, que es sin duda una de las mejores del mundo, ha sabido mantener, pese al duro ambiente que impera actualmente en el Reino Unido en materia musical (seis programas en dos semanas, por ejemplo, y un altísimo nivel competitivo entre todas las orquestas del país), los elevados estándares de interpretación y musicalidad que tanto la distinguen.
Al frente de este ejército de generales contamos con el saber hacer de quien es, sin duda, la decana de las directoras de orquesta en la actualidad: me refiero a la neoyorquina Marin Alsop, principal directora invitada de la agrupación londinense. Discípula y protegida de Leonard Bernstein, Alsop es además principal invitada de la Orquesta de Filadelfia y titular de la Sinfónica de la ORF en Viena. Lamentablemente, su carrera no ha alcanzado las cotas de excelencia que merecería, algo absolutamente injusto, pues sigue sin tocar el olimpo de las grandes directoras, como lo ha hecho, por ejemplo, la australiana Simone Young, quien ya se ha subido al podio de la Filarmónica de Viena y de la Filarmónica de Berlín en varias ocasiones, además de dirigir en los fosos de Bayreuth y la Staatsoper de Viena.
La parte solista del concierto estuvo a cargo de un absoluto prodigio: alguien que, estamos seguros, llegará a ser una de las mejores violinistas de su generación. Nacida en Granada y aún en formación en Viena, María Dueñas es la mayor de tres hermanas, hijas de un guardia civil y una maestra que lo han dado todo para que sus hijas se abran camino en este complicado mundo. La familia se trasladó primero a Alemania y luego a Viena para que María pudiera estudiar en el mejor ambiente posible.
María comenzó a dar grandes satisfacciones muy pronto y, en 2021, con apenas 18 años, ganó el primer premio del Concurso Yehudi Menuhin. En septiembre de 2022 firmó un contrato con la discográfica alemana Deutsche Grammophon. Pese a estos y otros muchos galardones, y a la creciente cantidad de invitaciones que recibe de todo el mundo, ella sigue asistiendo a sus clases en la Universidad de Música y Arte Dramático de Viena. Además, de continuar siendo una joven de apenas 22 años, con toda una vida por disfrutar, con ese brillo especial en los ojos que solo da la juventud y con un trato amable y sencillo.
La primera obra del programa fue Strum, una pieza de la neoyorquina Jessie Montgomery, egresada de Juilliard y doctora en composición por la Universidad de Princeton. Es música muy amable y fácil de escuchar, que suele desconcertar al oyente medio, quien, prevenido como se está ante obras de nuevo cuño, encuentra deliciosamente desconcertantes las armonías plácidas y consonantes de Montgomery. Alguien sentado muy cerca de mi resumió perfectamente la experiencia al intentar explicárselo a su acompañante: «¿No ves que es música americana?». Justo en ese momento recordé lo que mencionaba al inicio de esta crónica:nuestros prejuicios culturales nos hacen explicar de un determinado modo el que no estemos sangrando por los oídos y una de esas razones es sin duda, que es «música americana», o sea, música sin tanta gradación, o quizás debería expresarlo en términos alimenticios , es música más light y por ello inicua
Llegó entonces el turno de la obra concertante del programa: el Concierto para violín y orquesta de Erich Wolfgang Korngold, una magnífica pieza que poco a poco va ganando un lugar entre los grandes conciertos para violín, aunque en algunos círculos ultraconservadores siga cargando con el sambenito de ser música ligera, «demasiado americana» para ser tomada en cuenta.
La obra, escrita justo después de la derrota y muerte de Hitler, fue un intento de reivindicación de Korngold como compositor «serio». Nacido y formado en Austria, Korngold se refugió en EE. UU. durante la guerra, siendo de origen judío. Allí trabajó en la floreciente industria cinematográfica, marcando profundamente el estilo hollywoodense con sus orquestaciones tardorrománticas y su lirismo exacerbado.
Algunos críticos de renombre mostraron su decepción por la elección de esta obra como parte del programa, aunque todos coincidieron en elogiar el enorme talento de María Dueñas
De temperamento intenso y sensible, posee ya un sonido muy potente y poliédrico que atraviesa con autoridad y fuerza las salas en las que se presenta. Pese a su juventud, su técnica es ya perfecta y muy sólida , cuenta con una afinación infalible y un arco ágil y fiable, que sabe utilizar con mucha sabiduría . Su vibrato es muy poderoso y brillante y lo utiliza con generosidad en los pasajes que así lo requieren. Fue una absoluta delicia verla abordar una obra tan compleja a nivel técnico como el concierto de Korngold, que construyó su concierto como un galimatías técnico para el solista, adornado por melodías aparentemente inicuas, y muy hermosas pero que requieren del intérprete una entrega absoluta.
Es en el último movimiento del concierto donde el compositor reservó su mayor arsenal de retos técnicos, que María Dueñas resolvió con autoridad. Previamente, habíamos escuchado un hermoso segundo movimiento muy lírico, una inspirada Romanza donde Dueñas mostró un excelente rubato y una capacidad expresiva muy profunda.
El Palau de la Música se entregó en cuerpo y alma a la granadina, ovacionándola durante mucho tiempo. Su triunfo fue literalmente apoteósico y muy merecido, pues estamos ante una extraordinaria violinista.
La segunda parte del programa estuvo consagrada a lo que, sin duda, es la mejor obra orquestal de Prokófiev: la música que compuso para el ballet Romeo y Julieta, popularizada en todo el mundo a través de tres suites. Recientemente, muchos directores presentan sus propias versiones de la obra, y la maestra Alsop no fue la excepción. Sin embargo, se cometió un error notable , al menos en los conciertos ofrecidos en Madrid y Barcelona, pues el programa anunciado incluía el siguiente orden: Montescos y Capuletos, La joven Julieta, Máscaras, Fray Lorenzo, Danza, Muerte de Teobaldo, Romeo en la tumba de Julieta y Muerte de Julieta. Sin embargo, Alsop dirigió tres números más que no estaban indicados, lo que provocó una evidente desorientación en el público. Durante varios minutos, muchos asistentes releían sus programas, intentando entender por qué las cuentas no les cuadraban.
La orquesta, no obstante, sonó imponente: compacta y precisa, con balances delicados y perfectamente logrados. Por algo la Philharmonia es una de las mejores orquestas del mundo, fiel a una sonoridad muy británica y a un saber hacer que se mantiene incluso bajo la presión de las exigencias modernas del negocio musical, que a menudo imponen jornadas casi inhumanas. Fue un placer escuchar sus cuerdas aterciopeladas, sus maderas perfectamente timbradas y engrasadas en el corazón del aparato orquestal, complementadas por unos metales robustos y poderosos. Sin duda, un sueño de orquesta.
Muchos han acusado a Marin Alsop de ser una directora monótona y sin demasiada garra sobre el podio. En mi opinión, Alsop es una gran música que conoce perfectamente su oficio, pero, sobre todo, es muy eficiente. Efectiva sería quizás el término adecuado. Jamás hará un movimiento innecesario, dejando que la orquesta brille por sí misma y promoviendo entre sus músicos una autonomía y expresividad muy apreciables. En esta ocasión, Alsop permitió que momentos tan icónicos como la Muerte de Teobaldo estremecieran la sala sin freno, gracias a la potencia sonora que logró imprimir a la interpretación.
Brillante concierto el que pudimos disfrutar el pasado 13 de enero. Salimos, en medio de una noche gélida, con el buen sabor de boca de una gran velada, pero, sobre todo, con la firme impresión de que acabábamos de ver a una gran violinista que, estoy absolutamente seguro, escribirá su nombre entre las mejores de su tiempo. Seguimos.