Beethoven en colores originales: una lección sonora de Herreweghe

Beethoven en colores originales: una lección sonora de Herreweghe

La velada ofrecida por la Orchestre des Champs Élysées bajo la dirección de Philippe Herreweghe el pasado jueves 5 de febrero se inscribe en la peregrinación beethoveniana que el maestro belga viene realizando desde hace algunos años junto a este conjunto parisino, dedicada a las sinfonías y a las obras de gran formato del catálogo del compositor. El concierto permitió escuchar a Beethoven en una dimensión sonora cercana a la que él mismo pudo imaginar: una orquesta de timbre aterciopelado, con secciones perfectamente diferenciadas y, al mismo tiempo, íntimamente conectadas en un equilibrio casi camerístico. Las cuerdas de tripa, cálidas y suntuosas, aportaron una textura orgánica y delicada , mientras las maderas —aún lejos del brillo penetrante de la orquesta moderna— desplegaron un color terso e íntimo que dialogó con unos metales igualmente alejados de los ecos heroicos del romanticismo, más inclinados aquí hacia tonalidades ocres o cobrizas.

La velada abrió con una Segunda Sinfonía que apareció como lo que verdaderamente es: una obra en la que Beethoven lleva al límite el lenguaje heredado del clasicismo y prepara el terreno de su revolución posterior. El Larghetto, una romanza llena de intensidad y lirismo, anuncia claramente los procesos expresivos que culminarán décadas después en los grandes adagios románticos. El Scherzo brilló por su desenfado, su jovialidad y la extrema precisión con que fue abordado, dando paso al Finale, que irrumpió arrollador, poderoso y lleno de humor, confirmando la sensación de estar ante un gran conjunto de cámara expandido a escala sinfónica.

Herreweghe, director  sobrio y trabajador minucioso, irradió una autoridad magnética que bastó para ordenar el discurso musical. Con una gestualidad mínima —apenas insinuaciones de pulso y respiraciones compartidas— guio al conjunto sin ostentación técnica, confiando en pequeños movimientos de gran precisión que abrían espacio a la libertad expresiva de los músicos, permitiéndoles respirar y fluir como un organismo vivo.

El cambio de perspectiva dentro del programa llegó con el Concierto para piano n.º 4, donde Kristian Bezuidenhout demostró un dominio extraordinario del fortepiano. Su técnica ágil y su musicalidad refinada revelaron la esencia dialogante de la obra: aquí el piano no lucha contra la orquesta, sino que conversa con ella, la seduce y se deja transformar por su presencia. El instrumento histórico, con su encordado en linea recta y su sonoridad perlada, ofreció una transparencia que iluminó la arquitectura interna de la partitura, devolviendo al Beethoven concertante sus colores originales, libres de los densos barnices románticos posteriores.

Tras una más que merecida ovación, Kristian Bezuidenhout ofreció una propina y, precisamente en medio de ese hermoso momento de recogimiento, justo antes de que comenzara a sonar el fortepiano, Herreweghe salió al escenario y se situó en una de las gradas, casi a ras de suelo, junto a los músicos, para escuchar la música como un espectador más, muy lejos de cualquier divismo o pose afectada, uniéndose finalmente al aplauso entusiasmado al término de la pieza.

La Octava Sinfonía fue, sin duda, el broche luminoso de la velada. Tantas veces considerada una obra menor, emergió aquí como una partitura de inteligencia resplandeciente. Herreweghe despojó la obra de lecturas pesadas y artificiosas para revelar un Beethoven lleno de ingenio, humor mordaz y precisión formal. Desde el primer movimiento, la música combina con fina ironía un discurso de claridad clásica salpicado por episodios de inesperada rugosidad armónica y tímbrica, recordándonos que la sonrisa beethoveniana nunca está exenta de audacia.

Esta sinfonía exige ser escuchada sin la expectativa del Beethoven canónico, heroico y enfrentado al destino: aquí encontramos a un compositor que decide disfrutar, jugando con el oyente mediante bromas, giros inesperados y pequeños sarcasmos musicales. El célebre segundo movimiento —a menudo asociado al “movimiento del metrónomo”, por su ritmo obstinado y casi mecánico— refuerza ese espíritu humorístico que atraviesa toda la obra. El carácter casi haydniano del minueto —inusual en el Beethoven maduro— se convirtió en un cariñoso diálogo con el pasado, mientras que el Finale, con sus acentos imprevistos, sus súbitos contrastes dinámicos y sus juegos armónicos deliberadamente imprevisibles, llevó la forma sinfónica al borde del exceso con una sonrisa sarcástica que solo los grandes maestros saben sostener.

En conjunto, la velada dejó la sensación de haber escuchado a Beethoven no como monumento, sino como presencia viva: vibrante, ingeniosa y profundamente humana. Seguimos.

«Cuando la sinfonía es espejo: Herreweghe y el alma de Beethoven»

«Cuando la sinfonía es espejo: Herreweghe y el alma de Beethoven»

Philippe Herreweghe – Orquesta de los Campos Elíseos
Palau de la Música Catalana – 23 de octubre de 2025

En 1808, en el Theater an der Wien, Beethoven presentó por primera vez su Sinfonía n.º 6 “Pastoral” y, a continuación, la n.º 5. Fue un concierto maratónico, como solían ser en esa época: con estrenos, improvisaciones y un público congelado por el frío —resulta que había fallado la calefacción en pleno diciembre—. Más de dos siglos después, ese maridaje entre lo bucólico y lo trágico sigue funcionando, y vuelve a estremecer en la sala modernista del Palau de la Música.

Al enfrentarse a estas obras hoy, uno podría pensar que ya no queda nada por descubrir. Han sido interpretadas, grabadas, analizadas hasta el cansancio. Si hay partituras que han sido víctimas de los mil y un caprichos de los más estrafalarios directores a lo largo de la historia, esas son sin duda las sinfonías de Beethoven —especialmente la Quinta—. Y sin embargo, allí estábamos: escuchándolas otra vez, buscando en ellas nuevas verdades. Beethoven de nuevo nos convocaba, y cientos de personas acudimos a su llamado.

Beethoven no fue el primero en expresar en su obra los sentimientos más íntimos del ser humano, desde luego, pero sí fue el primero que lo hizo con tanta contundencia y rotundidad, haciendo de ello la materia prima de su quehacer artístico. Su obra nos pone frente al espejo de nuestra pequeñez e insignificancia como seres; pone de relieve nuestras inmensas fragilidades y, al mismo tiempo, nos susurra al oído que podemos ser nosotros mismos quienes, a través del trabajo, el esfuerzo constante y la entrega absoluta, logremos convertirnos en héroes de nuestra propia historia. Desde que el maestro alumbró sus sinfonías, escuchar una obra de este tipo dejó de ser solo un ejercicio estético, un acto de apaciguamiento moral o un simple entrenamiento trivial, para pasar a ser una experiencia emocional, trascendente en lo individual. Un acto de autoexploración y redención de nuestras penas más internas.

La noche del pasado 23 de octubre, Philippe Herreweghe apareció sobre el escenario del Palau de la Música de Barcelona con su modestia característica: todo de negro, con ropas sencillas, sin batuta, y con una edición Urtext impecable bajo el brazo. Su enfoque —austero, detallado, absolutamente humano— logró algo inusual: despojar a las sinfonías de su peso retórico y devolverles la naturalidad. Subió con cierta dificultad al podio y miró con entusiasmo a los músicos de la Orquesta de los Campos Elíseos, dando inicio a la ejecución de la sinfonía “Pastoral” tras una sonrisa compartida con ellos.

Su lectura fluyó como un paseo sin prisa. Nada en su concepción de la obra delató trivialidad o sentimentalismo barato, plaga que históricamente ha acompañado muchas de las lecturas de esta sinfonía. Herreweghe evitó el rubato excesivo y dejó que los motivos respiraran como si los músicos mismos caminaran por un sendero. La articulación fue limpia, ligera; los vientos, especialmente las flautas y oboes, brillaron con una dulzura orgánica, luciendo una sonoridad abellotada y muy homogénea. El ensamble entre las secciones fue sencillamente perfecto. Uno podía solazarse en medio de ese bosque sonoro y disfrutar de cada una de las capas melódicas que integraban ese todo, perfectamente ensamblado. En el “Trueno” del cuarto movimiento no hubo grandilocuencia, pero sí una energía concentrada, un poder interno que contrastó maravillosamente con la serenidad final del “Himno de gratitud”.

La Quinta, por otro lado, fue otra historia. Aquí sí apareció el peso del destino, pero comprimido en un puño firme. Herreweghe eligió tempi vivos, casi urgentes, pero sin precipitación. El célebre motivo inicial no fue una sentencia, sino una llamada. El desarrollo fue un ir y venir de tensiones calculadas, sin dramatismo artificial. El Allegro con brio marcado en la partitura original se cumplió inexorablemente, y quizás se extrañó un poco de poesía en la pequeña cadencia que hacia el final del primer movimiento tiene el oboe. El tercer movimiento, con ese juego de sombras y retazos de fuga, fue uno de los momentos más intensos de la noche. Las cuerdas lucieron poderosas, robustas, llenas de una vitalidad casi dionisíaca, que anunciaba, tras el paso por la oscuridad del enlace al cuarto movimiento, la luz que estaba por llegar.

Y tras ese pasaje de oscuridad y penumbra que finaliza el tercer movimiento, llegó la luz, con un poderoso modo mayor y con toda la orquesta sonando a plenitud. Beethoven nos hace sentir en este pasaje de transición la angustia de sentirse sin salida, de no encontrarle solución a la vida, esas irrefrenables ganas de dejarlo todo y simplemente  caer. Y de súbito, en un arrollador crescendo, la luz surge de la más absoluta penumbra.

Una vez llegado el triunfo, Herreweghe evitó el heroísmo fácil. No necesitó alzar la voz. Porque más que un triunfo, es realmente una liberación conquistada con mucho esfuerzo y trabajo interno. La calidad sonora que en este movimiento suele verse muy comprometida, en manos de nuestro director estuvo perfectamente controlada, conduciendo a la orquesta a un final luminoso, sin estridencias, sin vulgaridad ni sobreactuaciones histéricas.

Quizás una de las cosas que más admiro en Philippe Herreweghe —además de su humildad— es, precisamente, que cuando lee cualquier obra, lo hace buscando la verdad que hay detrás de las notas. Los sonidos, la belleza sensorial que nos atrae a ellos, ocultan en realidad una verdad mucho más profunda que meros sonidos más o menos bellos o agradables de escuchar, y Herreweghe inevitablemente va siempre en búsqueda de esa verdad, que es profundamente humana.

Al salir del Palau, pensé en eso: tal vez la mejor manera de honrar estas obras no es hacerlas sonar como si fueran sagradas per se, sino devolverles su aliento humano. Herreweghe y su orquesta lo lograron con elegancia, sin excesos, sin fuegos artificiales. Solo música, hecha con amor y con verdad. Seguimos

“Contra la costumbre: Herreweghe y la urgencia de volver a escuchar”

“Contra la costumbre: Herreweghe y la urgencia de volver a escuchar”

El estímulo que una versión más de una sinfonía de Beethoven crea en muchos de nosotros está, francamente, en decadencia. Años de cientos, miles de aproximaciones a las obras sinfónicas del maestro —muchas de ellas realizadas de la manera más pedestre posible— han dado como resultado una devaluación más que ostensible en el gusto del respetable.

Estoy convencido de que, a estas alturas, muchos de vosotros, queridos lectores, estaréis comentando en vuestro fuero interno: “¿Pero qué dice este iluminado? ¡Que Beethoven es Beethoven! ¿Cómo se atreve a decir semejante barbaridad?” Y así, de entrada, querido lector, efectivamente: Beethoven es Beethoven en nuestra cultura musical, indudablemente. Pero esto tiene que ver con una apropiación y una lectura muy específica que se hizo de su figura y de su obra en el siglo XIX. También es cierto que Beethoven, como compositor, es mucho más que sus sinfonías, y sería muy importante que muchos programadores musicales lo tuvieran en cuenta.

Con esto no quiero decir que las nueve sinfonías que escribió el maestro no sean obras extraordinarias, sino que su sobreexplotación y pésimo abordaje han llegado a desvirtuarlas muy ostensiblemente. Porque, como dice aquella canción romántica, que hasta lo bueno cansa… y yo agregaría: si, además, te lo colocan a todas horas, ya no es que canse, es que harta.

¿Tendremos entonces que olvidarnos para siempre de este legado cultural y no tocar ya ni por error estas partituras? En absoluto. Claro que no. Pero cuando las abordemos, habremos de hacerlo de otra manera. Sobre todo, deberemos recuperar el asombro, la mirada limpia y una actitud llena de respeto hacia las verdaderas intenciones de su compositor.

¿Qué quiero decir con esto? Que años de tradición interpretativa han agitado tanto las aguas hasta el punto de no permitirnos ver el fondo del lago: orquestas inmensas, estilos ampulosos y llenos de afectación, la creación de un Beethoven “heroico” que nada tiene que ver con el músico que escribió las obras, y, sobre todo, un inmenso corpus de tradiciones y amaneramientos absurdos. Todo ello conforma solo un pequeño muestrario de las costumbres interpretativas que estas partituras han sufrido.

Poder sentarse a escuchar una lectura que sencillamente tenga como único fin recrear la obra de Beethoven es, en nuestros días, un extraño lujo que, cuando se da, hay que saber aquilatar.

El pasado 6 de mayo, el Palau de la Música de Barcelona fue el escenario donde una de esas peculiares ocasiones tuvo lugar.

Philippe Herreweghe, al frente de la Orchestre des Champs-Élysées, presentó un programa integrado por la Cuarta y la Séptima sinfonías de Beethoven.

El trabajo de Herreweghe es por todos los aficionados de sobra conocido. Su postura es siempre fiel al texto original, pero sin caer en fanatismos absurdos que pueden llegar a distorsionar la obra abordada. Para Herreweghe, la música —ese resultado final que el público escucha al asistir a sus conciertos— es lo más importante, mucho más que una posible tradición interpretativa.

Músico erudito, cada decisión que toma la hace respaldado en un conocimiento profundo de los resortes de las obras que interpreta. Y en esta ocasión no fue la excepción. Ambas sinfonías sonaron luminosas, limpias y llenas de vida.

En el caso de la Sinfonía núm. 4 en Si bemol mayor, op. 60, hablamos de una obra jovial, llena de encanto y energía apolínea. Si hay una sinfonía maltratada en el catálogo de Beethoven, es esta, sin lugar a duda. No en balde, Schumann decía que se trataba de una «esbelta doncella griega entre dos gigantes nórdicas», refiriéndose a que esta Cuarta  sinfinía está flanqueada nada más y nada menos que por la Heroica y la mítica Quinta . Al no encajar con la idea preconcebida del Beethoven heroico, habitualmente se la ha visto casi como una obra menor, cuando realmente estamos ante una partitura maravillosa, llena de momentos de ingenio y creatividad increíbles, con una estructura muy sólida y pasajes realmente luminosos que muestran el genio creativo de su autor. Diríamos que el humor lo impregna todo en esta partitura y, aunque arranca con una solemne introducción en modo menor, al llegar el Allegro del primer movimiento, la luz y el buen humor lo inundan todo.

Herreweghe guió con elegancia y musicalidad  una lectura muy reconfortante de esta partitura. Con tempi perfectos, llenos de ímpetu pero sin apresuramientos innecesarios, la obra fluyó admirablemente. La orquesta sonó  balanceada en todas sus secciones. Resultó poéticamente  evocador el hermoso sonido de la sección de vientos madera, tan bien empastados y con ese color rústico que solo da la interpretación con instrumentos originales aporta. La cuerda, asimismo muy robusta, encontró en una sección de violonchelos y contrabajos el sólido anclaje desde donde brillar con intensidad a lo largo de toda la obra.

Muy diferente es el carácter de la que fue llamada la “apoteosis de la danza”, nada más y nada menos que por Wagner.

La Sinfonía núm. 7 en La mayor, op. 92, es una obra que hace cimbrar lo más hondo de nosotros porque apela a nuestra energía dionisíaca, a esa fuerza creativa infinita que late dentro en nuestro interior  y que, al entrar en contacto con este tipo de obras, se vuelve sencillamente irrefrenable.

La pieza está evidentemente construida a partir de lo rítmico, de la danza, pero entendida esta como la manifestación corporal, plástica, visible —casi diríamos tangible— de la sabiduría que la música posee y comunica a quien la escucha.

Herreweghe convocó desde su podio al mismo Dionisio, y este acudió a su llamado, haciéndonos bailar desde nuestras butacas en el Palau de la Música Catalana . Si con la Cuarta sinfonía la orquesta sonó llena de luz y transparencia, en la Séptima su sonoridad, aunque contenida y sin aristas ni estridencias de mal gusto, tornó hacia una textura más compacta y poderosa. De nuevo, los bajos y violonchelos fueron clave, soportando con sobrado oficio todo el inmenso edificio armónico de la obra.

Colosales los cornos y las trompetas naturales, que, pese a lo arriesgado de sus partes, supieron aguantar el tipo y lucir brillantes y con rotundidad.

Mención muy especial merece el Allegretto, que Herreweghe condujo por dimensiones poéticas inenarrables. Sin amaneramientos estériles, afectaciones ridículas ni tempi propios de un sepelio, nuestro maestro partió de la nada y, muy poco a poco, nos llevó hasta el cielo.

Beethoven sigue vivo, pero hace falta saber escucharlo. Herreweghe lo hizo posible. Ojalá más se atrevieran a seguir su ejemplo. Claro, eso no es tarea fácil… Seguimos.

Lo que pudo no ser y fue.

Beethoven en colores originales: una lección sonora de Herreweghe

La que pudo haber sido una noche para olvidar, se transformó en una velada para el recuerdo.
El pasado 21 de noviembre, muchos aficionados esperaban la anunciada visita de Philippe Herreweghe, quien, al frente de la Orchestre des Champs-Élysées, nos proponía un monográfico en torno a la figura de L. v. Beethoven.

El Concierto para piano n.º 4 en sol mayor, Op. 58 y la hermosa Misa en do mayor, Op. 86 eran las dos obras programadas. Kristian Bezuidenhout era el solista invitado para abordar el concierto de piano, y la plantilla artística se completaba con el siempre impresionante coro del Collegium Vocale Gent, dirigido por Herreweghe desde su fundación en 1970.

Con semejante cartel, era de esperar que el público reaccionara abarrotando la sala de conciertos del Palau. Un programa de ensueño con intérpretes insuperables. ¿Qué podía ir mal? La respuesta a esta pregunta la dio la ola de frío que está cubriendo gran parte de Europa y que provocó que el aeropuerto de París-Charles de Gaulle suspendiera un total de 108 vuelos, dejando en tierra a 15 músicos de la orquesta francesa.

Al parecer, se manejó la posibilidad de cancelar el concierto, pero la dirección del Palau propuso llamar a varios músicos locales para que permitieran la ejecución de la Misa en do mayor, ya que, por los requerimientos técnicos de la obra, el concierto para piano parecía demasiado arriesgado de interpretar bajo estas condiciones.

Finalmente, se decidió que el concierto se daría, pero con un programa modificado. La primera parte estaría a cargo de Kristian Bezuidenhout, quien interpretaría una selección de piezas de Schubert y Beethoven para piano solo; y en la segunda parte se tocarían cuatro de los cinco números de la misa, excluyendo el exigente Credo.

Todo esto se gestó de prisa durante una tarde que debió de ser frenética tanto para la dirección del Palau como para Philippe Herreweghe y su equipo. Sobre las 19:45 horas, la gente se agolpaba en las puertas del Palau y se encontraba con que no se podía ingresar en la sala. Nadie entendía nada, y se comenzó a murmurar que el concierto se cancelaría. Al poco tiempo, se nos avisó que en esos momentos se estaba llevando a cabo un ensayo con los músicos que habían llegado de refuerzo y se pidió a los asistentes media hora más para terminar de ajustar el concierto.

Admiro profundamente que un artista, incluso en circunstancias como estas, no se refugie en su torre de marfil y decida no abandonar a los aficionados. Me revela respeto y consideración por las ilusiones de cientos de personas que llevan quizás mucho tiempo esperando para oírle. Tanto Kristian Bezuidenhout como Philippe Herreweghe pertenecen a ese grupo de músicos que hacen lo humanamente posible por no defraudar a sus seguidores.

El ambiente en general era de desconcierto, y a ello se sumó que muchos asistentes tenían un enorme interés por escuchar el concierto de piano. En su lugar, se tuvieron que conformar con un programa más bien íntimo, compuesto por un ramillete ciertamente delicioso de obras de Schubert. Las comparaciones son odiosas, ya lo sabemos, y entiendo que resulte decepcionante para muchos enterarse de que no podrán escuchar la obra de Beethoven, y que en su lugar les propongan un conjunto de piezas más discretas, aunque muy hermosas e inspiradas, pero en las antípodas de lo anunciado.

Lamentablemente, esto dio pie a varias muestras de incivismo o, peor aún, de mala educación por parte de ciertos sectores del público. Fue lamentable ver cómo varias personas se levantaban indignadas en medio del concierto porque se estaban aburriendo con lo que escuchaban. Ya se sabe, hay un sector del aficionado a la música clásica que lleva muy mal los cambios y, cuando estos suceden, suele reaccionar de manera inapropiada.

Kristian Bezuidenhout es un intérprete increíble del pianoforte, que abordó con enorme elegancia y musicalidad el repertorio propuesto. Una pena no haber podido disfrutar con más sosiego del trabajo de un artista tan encomiable.

Tras un intermedio, muchos aficionados al menos en parte se vieron recompensados. Si bien es cierto que no pudimos escuchar toda la Misa en do mayor, la belleza del Kyrie inicial estremeció a todos los que estábamos en la sala y nos hizo desconectar del estado de tensión anterior. Fue sencillamente impresionante escuchar al coro del Collegium Vocale Gent interpretar esta obra, lamentablemente tan poco ejecutada de Beethoven.

Al ser ya de por sí una partitura no demasiado extensa, con la supresión del Credo, la ejecución de los cuatro números que sí se presentaron se nos escapó casi como agua entre las manos. A muchos nos hubiera encantado poder escuchar por más tiempo tanto al coro como a la orquesta, que, pese a las duras circunstancias en las que tuvo que bregar, sonó espléndidamente.

Aquí quiero destacar y aplaudir el alto nivel de los músicos catalanes que con apenas unas horas supieron adaptarse a las enormes exigencias de un grupo muy consolidado como lo es la Orchestre des Champs Élysées  y ,además saber dejarse guiar por un director tan especial como Philippe Herreweghe que con el paso de los años ha ido reduciendo su técnica de dirección concentrándola en  pequeños movimientos que hace que sea muy fácil, si no estás habituado, perderte.

Creo que uno de los gestos más encomiables y que retrata de cuerpo entero a Philippe Herreweghe fue cuando, al final del concierto, mientras el público lo ovacionaba, pidió el uso de la palabra y se disculpó ante los asistentes por todo lo ocurrido, destacando  que estaba muy feliz de haber podido trabajar con músicos de la tierra y  pidiéndole a   cada uno de ellos se pusiera de pie para que fueran reconocidos por el público.

Acto seguido, alabó la hermosa arquitectura del Palau y, deseoso de seguir disfrutando de su acústica, nos regaló una nueva ejecución  del Kyrie antes mencionado, que, debido a la emoción del momento, resonó con mayor brillo que antes.

Tal como mencionamos al inicio de esta crónica, la noche comenzó quizás de la peor manera posible, pero gracias al trabajo serio del equipo del Palau de la Música y la inmensa calidad artística y humana de los artistas  involucrados, finalmente la velada, creo yo, terminó siendo una noche para recordar. Seguimos.

Un músico que canta

Un músico que canta

Concluyendo con un mes de mayo para recordar en lo musical, Philippe Herreweghe al frente de la Orchestre des Champs Élysées se presentó en el Palau de la música con dos obras fundamentales en el repertorio sinfónico. Me refiero a la Sinfonía núm. 41 en Do mayor, KV 551, «Júpiter» de W.A. Mozart y la Sinfonía núm. 3 en Mi bemol mayor, op. 55, «Heroica» de L. Van Beethoven. Estamos hablando de sinfonías que el público tiene muy asimiladas en su acervo musical y que, por lo mismo, en algunos casos, no despiertan demasiadas pasiones entre ciertos sectores de la audiencia. Incluso, algunos calificaron de muy conservador el programa anterior y se declararon inaccesibles a ningún tipo de asombro ante la propuesta que nos hacía Herreweghe. Pero es que el maestro belga es un artista que cada obra que interpreta lo hace a una profundidad tal que hay que ser de hormigón armado para no vibrar de emoción ante algo tan bien concebido como lo que el pasado 31 de mayo pudimos escuchar en el Palau de la Música de Barcelona.

Dejando de lado que hablar de la Orchestre des Champs Élysées es hablar de una de las mejores orquestas de Europa, y que ello supone una solvencia técnica y musical fantástica, lo que hizo memorable la velada fue, sin duda, la manera en que Philippe Herreweghe abordó la lectura de un programa integrado por obras muy escuchadas pero exigente en todos los niveles y que precisamente por ello demanda del director una mayor profundidad, todo ello encaminado a quitar de la memoria colectiva tanta chabacanería como han sufrido estas obras.

 

Ambas obras son piezas claves en la construcción de la sinfonía como forma hegemónica durante más de un siglo tras los estrenos de ambas obras, pues las maravillosas sinfonías de un Anton Bruckner o de un Gustav Mahler beben directamente de  la «Júpiter» y la «Heroica». Pero, ¿en qué radica esta profundidad exigida al director a la hora de leer estos textos tan visitados por la tradición? La respuesta, a mi entender, pasa primero que nada por despojarse de toda lectura que tenga como referencia otras lecturas ya realizadas, por muy icónicas que estas sean. Artistas como Herreweghe tienen como único referente en su labor la partitura que ha dejado el compositor. Esta es leída con calma, con suma precisión, para lograr ir construyendo un todo, pero partiendo de la nota escrita por el autor y no por la lectura que de ella hayan realizado otros. De ello es relativamente sencillo darse cuenta en el anecdótico hecho de que, en el atril del director, antes de comenzar cualquier concierto dirigido por Herreweghe, nunca suele haber ninguna partitura preparada, como es muy frecuente ver en cualquier concierto al que acudamos. Es él, al salir al escenario, quien trae entre sus brazos su partitura personal, que al abrirla y si se tiene la suerte de este cooltureta de estar en una localidad lo suficientemente próxima a él, revela el análisis pormenorizado que hace de la obra, pues la partitura en cuestión está llena de colores e indicaciones muy precisas que durante la ejecución va viendo de reojo mientras pasa las páginas de esta.

Imagen ANTONI BOFILL

Ahora bien, es cierto que además  en su trabajo, Herreweghe se atiene a la tradición interpretativa de la época en que fueron escritas las diversas obras abordadas por él en los diferentes  programadas que realiza, y ello hace aún más compleja su labor, en tanto que ha de conocer lo más profundamente posible esa tradición o estos usos musicales, para a través de ese conocimiento desestimar lo que durante tanto tiempo se haya podido de manera equivocada hacer con ellas, se trata volver a las fuentes,  de acudir al origen de todo. En resumen, podríamos decir que artistas de su calibre hacen un doble trabajo, pues han de acudir al texto original del compositor, pero con la mirada que le da un conocimiento profundo del contexto musical en el que las obras se crearon y que es fundamental tomar en cuenta, pues es dentro de esa tradición que el autor creó su obra.

Con los años, Herreweghe ha ido concentrando sus gestos a la hora de dirigir un concierto. No suele marcar el pulso como muchos directores, sino que, con movimientos muy pequeños, algunos indicados con sus dedos, va construyendo, como si fuera arcilla, el sonido, las tensiones y distensiones de la partitura que conoce perfectamente. Suele estar muy atento a las partes donde la armonía va tejiendo, generando forma y estructuras. Pero, sobre todo, su enfoque es el de un músico que hace cantar a sus músicos. Sus respiraciones son naturales, sus fraseos orgánicos, precisamente porque casi podríamos decir que el maestro, antes de subirse al podio, ha cantado en su interior cada parte de la pieza abordada. Este enfoque le da una autenticidad inmensa, y convierte cada concierto suyo  en algo absolutamente genuino  en tanto que, en el acto de cantar, de respirar, todos los seres humanos vivimos físicamente el acto de tensar y el de relajar, clave fundamental a la hora de frasear, de colocar en su lugar los pesos y los contrapesos en toda obra musical. Herreweghe es un director que canta y hace cantar a sus músicos y con ellos nos hace cantar también a nosotros. Por que,  finalmente, la música es vivencia en estado puro, es estar aquí y ahora. Escuchando con atención  a Herreweghe no se puede estar en ninguna otra parte.

Seguimos.

Fotografías cortesía de bcn classics. Fotógrafo Antoni Bofill