Dudamel y la Filarmónica de Nueva York: el arte de dejar hablar a la música
Zosha Di Castri, John Adams y Serguéi Prokófiev. Gustavo Dudamel y la Filarmónica de Nueva York. L’Auditori de Barcelona, 12 de octubre de 2026.
En la música somos nosotros mismos el territorio donde las grandes revelaciones suceden. El sonido nos habita, arrastrándonos a estados de conciencia que de otro modo serían prácticamente imposibles de alcanzar. La música como vivencia pura. La visita de la Filarmónica de Nueva York, bajo la dirección de Gustavo Dudamel, el pasado 12 de octubre, fue una ocasión privilegiada para transitar, una vez más, esa senda de autoconciencia y descubrimiento.
El programa tenía mucho de declaración de intenciones. Dos obras contemporáneas de una profunda carga humana, Invisible House, de la canadiense Zosha Di Castri, y On the Transmigration of Souls, de John Adams, precedían a la monumental Quinta Sinfonía de Serguéi Prokófiev. Tres partituras de lenguajes muy diferentes, atravesadas, sin embargo, por la experiencia del dolor, la memoria y la capacidad humana para seguir viviendo en medio de la destrucción.
La primera obra, Invisible House, nos introdujo en un universo sonoro de enorme riqueza tímbrica. Inspirada, entre otras fuentes, en la poesía del ucraniano Ilya Kaminsky y en los recuerdos familiares de la compositora, la pieza plantea una pregunta profundamente humana: ¿dónde podemos encontrar refugio cuando el mundo que conocemos se desmorona?
Di Castri es sin duda una orquestadora habilísima. Conoce las posibilidades expresivas de cada sección instrumental y sabe combinar las texturas para construir un discurso que transita entre el caos, los recuerdos y una cierta serenidad interior. Su escritura, alejada de las estructuras convencionales, exige del oyente una disposición abierta, una voluntad de dejarse conducir por el sonido sin reclamar constantemente los puntos de referencia habituales.
En Invisible House, entre las complejas texturas orquestales emergen melodías tradicionales que nos hablan de asuntos tan sencillos y permanentes como la inutilidad de vivir únicamente para el dinero o la belleza del despertar de la naturaleza en primavera y verano. Son recuerdos de un mundo que parece perdido, pequeñas señales de humanidad en medio de la devastación.
La música avanza entre episodios de tensión, evocaciones y momentos de una delicadeza inesperada hasta alcanzar una suerte de paz interior. No se trata de ignorar el horror, sino de encontrar un espacio donde continuar viviendo a pesar de él. La presencia de la compositora en la sala permitió compartir con ella la cálida acogida que el público barcelonés dispensó a su obra.
Si Di Castri nos habla de la posibilidad de encontrar refugio en medio de la destrucción, John Adams nos enfrenta a una de las heridas más profundas de nuestra historia reciente.
On the Transmigration of Souls, compuesta en memoria de las víctimas de los atentados del 11 de septiembre de 2001, es una obra de una fuerza emocional extraordinaria. Adams utiliza una gran orquesta, una extensa masa coral y voces grabadas para construir un espacio sonoro en el que los nombres de los fallecidos, los testimonios y los recuerdos de quienes los amaron se entremezclan con una música que lentamente va envolviendo al oyente.
Adams es también un maestro de la orquestación. Su dominio de las masas instrumentales y vocales le permite construir una experiencia de enorme intensidad sin necesidad de recurrir a una retórica musical desmesurada. El sonido crece, se transforma, nos rodea. Las voces aparecen y desaparecen mientras escuchamos expresiones de amor, de ausencia, de una cotidianidad brutalmente interrumpida.
Hay algo especialmente conmovedor en la manera en que Adams aborda la muerte. En una sociedad en la que la fe religiosa ha dejado de ser una respuesta compartida, la obra no propone una explicación trascendente del sufrimiento. Nos invita a mirar de frente la ausencia, a convivir con los recuerdos y a reconocer que quienes se han marchado continúan, de alguna manera, su viaje acompañados por quienes permanecemos de este lado.
El 11 de septiembre supuso una fractura histórica, pero también una suma inconmensurable de tragedias íntimas. Adams consigue que esa dimensión personal pase por encima del acontecimiento histórico.
La participación de tres agrupaciones corales muy queridas en Barcelona, el Cor de Noies de l’Orfeó Català, el Cor Infantil de l’Orfeó Català y el propio Orfeó Català, contribuyó a que el público hiciera suya esta experiencia musical. La acogida fue entusiasta, una muestra de la profunda conexión emocional que puede establecerse entre la música contemporánea y sus oyentes cuando encuentra intérpretes capaces de comunicar toda su fuerza expresiva.
Durante toda esta primera parte, Gustavo Dudamel mantuvo una actitud de aparente distancia. Su dirección fue contenida, precisa, atenta a los equilibrios instrumentales. Por momentos, la impresión era que la Filarmónica de Nueva York, una maquinaria orquestal de formidable calidad, funcionaba prácticamente por sí sola.
Pero sería un error confundir esa discreción con una ausencia de criterio musical. Dudamel administró las enormes fuerzas instrumentales y vocales con una técnica escueta y eficaz, dejando que las partituras respiraran sin imponerles una expresividad innecesaria. La música necesitaba espacio, y el director supo concedérselo.
La segunda parte mostró otra faceta de su personalidad.
Imagen ANTONI BOFILL
En la Quinta Sinfonía de Prokófiev apareció un Dudamel plenamente dueño del discurso musical. Dirigió de memoria, con un aplomo y un conocimiento minucioso de una partitura cuya complejidad reside tanto en su arquitectura como en la extraordinaria precisión de su escritura instrumental.
Desde el primer movimiento quedó clara su capacidad para construir grandes estructuras. La música fue creciendo desde una exposición pausada, cuidadosamente articulada, hasta alcanzar la formidable expansión sonora de su conclusión. Dudamel supo trabajar con esas melodías angulosas, a veces engañosamente sencillas, que adquieren todo su sentido gracias a una orquestación construida con la precisión de un rompecabezas.
El segundo movimiento tuvo un mordiente extraordinario. Su ironía, sus acentos incisivos y su inquietante energía rítmica encontraron una respuesta impecable en una orquesta de una precisión casi insolente. Dudamel controló cada articulación, cada cambio de carácter y cada fluctuación agógica sin sacrificar la naturalidad del discurso.
El tercer movimiento, verdadero centro emocional de la sinfonía, fue otro ejemplo de su capacidad constructiva. Pues desde sus primeros compases, administró la tensión, permitiendo que la música desplegara progresivamente su intensidad hasta alcanzar los momentos de mayor dramatismo.
Y en el movimiento final, la precisión rítmica y la claridad de las diferentes capas instrumentales resultaron deslumbrantes. Dudamel parecía modelar el sonido de la orquesta como si fuese arcilla. Cada gesto encontraba una respuesta inmediata, cada indicación dinámica se traducía en un cambio de color, cada articulación aparecía perfectamente definida.
Fue aquí donde quedó de manifiesto una de sus principales virtudes: una técnica de dirección precisa, económica en sus gestos y de una efectividad rotunda. El venezolano conoce perfectamente este repertorio y se mueve en él con una comodidad que le permite concentrarse en los detalles sin perder de vista la arquitectura general.
Imagen ANTONI BOFILL
La Filarmónica de Nueva York respondió de manera formidable. Su sonido, perfectamente equilibrado, encontró en la acústica de L’Auditori un espacio especialmente favorable. Las diferentes secciones instrumentales conservaron su personalidad dentro de un conjunto de una cohesión admirable. Todo fluía con una naturalidad casi voluptuosa, sin que la precisión comprometiera en ningún momento la riqueza sonora.
Al concluir la sinfonía, el público premió al conjunto norteamericano con una prolongada ovación, reflejo del profundo impacto que su interpretación había causado entre los asistentes.
Más allá de los resultados estrictamente musicales, el concierto podía leerse como una carta de presentación de la nueva etapa que Gustavo Dudamel y la Filarmónica de Nueva York están a punto de comenzar. La elección de las obras no parece casual. Di Castri conecta con su trayectoria en Los Ángeles; Adams pertenece a la historia reciente de la propia Filarmónica neoyorquina, que encargó y estrenó su obra; y Prokófiev permite al director desplegar un repertorio que conoce íntimamente.
La llegada de Dudamel a Nueva York invita inevitablemente a recordar los tiempos de Leonard Bernstein, cuando la Filarmónica consiguió establecer una relación excepcional con la ciudad y ocupar un lugar destacado en su vida cultural. Sería precipitado anunciar el regreso de aquella época, pero resulta comprensible que la personalidad comunicativa de Dudamel, unida a sus indudables capacidades musicales, despierte semejantes expectativas.
Su larga trayectoria al frente de la Filarmónica de Los Ángeles parece indicar, además, una afinidad particular con el funcionamiento de las grandes instituciones sinfónicas estadounidenses. La experiencia neoyorquina permitirá comprobar hasta dónde puede desarrollarse esa relación.
El concierto barcelonés dejó motivos para el optimismo. Dudamel demostró que sabe cuándo intervenir con toda su autoridad y cuándo permitir que la música y los músicos encuentren su propio espacio. En Prokófiev fue un arquitecto minucioso; en Di Castri y Adams, un administrador inteligente de complejas arquitecturas sonoras.
Quizá ahí resida una de las claves de su madurez artística: comprender que la autoridad de un director no se mide por cuánto se hace notar, sino por la precisión con la que consigue que una partitura cobre vida.
Imagen ANTONI BOFILL
La Filarmónica de Nueva York tiene ante sí una nueva etapa. Después de lo escuchado en Barcelona, hay razones musicales, y no solamente mediáticas, para seguirla con interés. Seguimos.
Fotografías cortesía de bcn classics. Fotógrafo Antoni Bofill