Les Arts Florissants, bajo la dirección de Paul Agnew, ofrecieron el pasado 23 de octubre en el Palau de la Música de Barcelona una maravillosa  lectura  de una de las óperas menos frecuentadas de Händel, con un reparto vocal cuidadosamente elegido y una interpretación que mantuvo la tensión dramática durante toda la velada.

El 11 de noviembre de 1727, apenas un mes después de la coronación de Jorge II y Carolina de Ansbach en la abadía de Westminster, Georg Friedrich Händel estrenaba en el King’s Theatre de Londres Riccardo Primo, re d’Inghilterra. La ópera, con libreto de Paolo Antonio Rolli, llegaba en un momento significativo para la monarquía británica y para la propia compañía operística del compositor.

La muerte de Jorge I había abierto un nuevo capítulo para la dinastía de Hannover, todavía enfrentada a las aspiraciones legitimistas de los Estuardo. La coronación de Jorge II, acompañada por los himnos compuestos por Händel, había servido para reafirmar la continuidad dinástica.

Riccardo Primo participaba de aquel clima político. Bajo el ropaje de una historia medieval, Ricardo Corazón de León aparecía como modelo de soberano justo, valeroso y magnánimo. Un rey capaz de amar, dispuesto a negociar antes que recurrir a la fuerza, pero decidido a empuñar las armas cuando la justicia lo exigía.

La intención política de la obra resulta especialmente explícita en un recitativo en el que Ricardo invoca a los nacidos a orillas del Támesis, a quienes presenta como hijos de una patria de libertad, virtud y valor, exhortándolos a seguir a su rey en defensa de la justicia y el honor. Difícilmente podía pasar inadvertido semejante mensaje ante el público londinense de 1727.

La ópera llegaba también después de uno de los escándalos más célebres del teatro musical. El 6 de junio de aquel mismo año, durante una representación de Astianatte, de Giovanni Bononcini, la rivalidad entre Francesca Cuzzoni y Faustina Bordoni había desembocado en un enfrentamiento que conmocionó a la sociedad londinense. Ambas cantantes eran las grandes estrellas de la Royal Academy of Music institución fundada y dirigida por el propio Händel.

La escritura de Riccardo Primo permite apreciar la habilidad del maestro para trabajar con dos personalidades vocales muy diferentes. El papel de Costanza, destinado a  la Cuzzoni, y el de Pulcheria, escrita para la Bordoni, representan dos maneras de entender el virtuosismo y la expresión dramática. Una distinción que, casi tres siglos después, pudo apreciarse con claridad en la interpretación ofrecida por Les Arts Florissants en el Palau de la Música Catalana.

La continuidad de una escuela

Hablar de Les Arts Florissants significa hablar de William Christie, fundador en 1979 de una agrupación que ha contribuido decisivamente a transformar nuestra manera de escuchar el repertorio barroco. Pero significa también hablar de Paul Agnew, cuya trayectoria se encuentra estrechamente vinculada a la historia del conjunto.

Durante décadas, Agnew participó como tenor en numerosas producciones dirigidas por Christie, convirtiéndose en un intérprete muy reconocido del repertorio francés, especialmente en obras de  Lully y Rameau. Su posterior actividad como director representa una continuidad de aquella experiencia compartida.

Esa continuidad pudo apreciarse durante la representación de aquella noche.

Agnew dirige con la seguridad y el aplomo de  quien conoce la ópera desde dentro. Su gesto revela una comprensión de la respiración vocal, de las inflexiones del texto y de las tensiones armónicas que articulan el discurso. Cada frase recibe una atención particular. Sabe conducir los momentos de mayor intensidad y relajar el discurso cuando la música necesita respirar.

Especialmente acertado fue su tratamiento de los recitativos. Lejos de imponerse, Agnew dejó espacio a los cantantes y al bajo continuo para desarrollar con libertad el discurso dramático. Su presencia se hacía sentir precisamente por la inteligencia con que sabía retirarse.

El resultado fue una lectura fluida, capaz de mantener la tensión teatral durante las aproximadamente tres horas de música. Una virtud nada menor en una ópera seria construida sobre una extensa sucesión de recitativos y arias.

Les Arts Florissants respondió con precisión, empaste y flexibilidad. La orquesta podía desplegar toda su energía en los episodios heroicos y, apenas unos instantes después, acompañar con delicadeza camerística los pasajes más íntimos.

Mención particular merecen las intervenciones de las trompas y trompetas naturales, instrumentos de ejecución especialmente comprometida, cuyos intérpretes ofrecieron una actuación de notable seguridad y limpieza.

Un rey con voz de contratenor

Hugh Cutting asumió el papel de Riccardo, concebido originalmente para el castrato Senesino, con autoridad vocal y escénica.

El contratenor británico posee un instrumento de timbre homogéneo, musicalidad y solvencia técnica para afrontar las dificultades de la escritura handeliana con total naturalidad. Pero su mayor virtud durante la velada fue su capacidad para construir un personaje.

A pesar de tratarse de una versión de concierto, Cutting consiguió transmitir la autoridad de un monarca mediante su presencia escénica, su manera de frasear y la seguridad con que abordó sus intervenciones. Bastaba verlo cantar para reconocer al monarca , al héroe de la historia.

Las arias de Riccardo, algunas de considerable dificultad técnica, fueron resueltas con brillantez, sin que el virtuosismo se convirtiera en un fin en sí mismo. Cutting mantuvo siempre la relación entre el canto y el carácter del personaje.

Dos mujeres, dos universos musicales

Uno de los aciertos de la velada fue la elección de las intérpretes de Costanza y Pulcheria, dos personajes cuyas características musicales remiten a las personalidades de Francesca Cuzzoni y Faustina Bordoni.

Mélissa Petit asumió el papel de Costanza, prometida de Riccardo, con sensibilidad y dominio de la línea vocal. Se trata de un personaje de considerable exigencia expresiva, dominado durante buena parte de la ópera por el dolor, la incertidumbre y el lamento.

Händel reservó para Cuzzoni una escritura que explota algunas de las cualidades por las que fue admirada: la pureza de emisión, la delicadeza de los pianísimos, el dominio del legato y la capacidad para sostener amplias frases melódicas con intensidad expresiva.

Petit respondió a estas exigencias con una voz redonda y equilibrada entre los distintos registros. Las frases fueron construidas con cuidado, con una dicción clara y una atención constante a las inflexiones del texto.

Costanza podría parecer un personaje menos agradecido que otros de la ópera, especialmente porque buena parte de sus intervenciones carecen del virtuosismo espectacular que suele arrancar aplausos inmediatos. Sin embargo, su dificultad reside precisamente en sostener el interés expresivo mediante recursos más sutiles. Petit consiguió hacerlo sin perder intensidad dramática.

Particularmente delicada resultó su interpretación de Il volo così fido, en la que la voz dialoga con una flauta octavino que evoca el canto de un pájaro. Después de tantos episodios dolorosos, la música adquiere una luminosidad diferente. La dulzura del fraseo de Petit y el refinamiento del acompañamiento instrumental hicieron de esta intervención uno de los momentos más logrados de la noche.

 

 

Muy distinto fue el carácter de Pulcheria, interpretada por Juliette Mey.

Si Costanza representa a la princesa vulnerable que espera ser rescatada, Pulcheria posee una personalidad más activa, decidida y valerosa. Händel escribió este personaje para Faustina Bordoni, cuya agilidad, precisión en la articulación y capacidad para afrontar pasajes de gran virtuosismo habían conquistado al público europeo.

Mey destacó por la potencia y flexibilidad de su voz, así como por la facilidad con que afrontó las coloraturas más exigentes. A ello añadió buen gusto en la ornamentación y una presencia escénica de gran fuerza.

Por momentos, su energía y la manera de lanzarse a las dificultades vocales recordaban a la joven Cecilia Bartoli. No tanto por una semejanza estrictamente tímbrica, sino por esa combinación de temperamento, virtuosismo y alegría de cantar que convierte cada intervención en un acontecimiento teatral.

El público reconoció sus méritos con aplausos entusiastas.

La contraposición entre Petit y Mey permitió apreciar la inteligencia dramática de Händel. Costanza conmueve mediante la expresión del sufrimiento; Pulcheria conquista mediante su determinación. Ambas requieren un dominio vocal excepcional, aunque sus dificultades se manifiesten de maneras diferentes.

El rostro musical de la tiranía

Si hubo un intérprete capaz de provocar una reacción particularmente intensa entre el público, ese fue Andreas Wolf en el papel de Isacio, gobernador de Chipre y antagonista de Riccardo.

El personaje reúne algunas de las características más desagradables del tirano operístico: autoritarismo, egoísmo, cobardía y una incapacidad para reconocer límites a sus deseos. Su peligrosidad procede, en buena medida, de su propia debilidad moral. Es un hombre capaz de recurrir a cualquier engaño para protegerse, incluso de utilizar a su hija Pulcheria como instrumento de sus intereses.

Händel escribió el papel para Giuseppe Maria Boschi, bajo italiano con quien había colaborado durante años y cuyas posibilidades vocales conocía bien.

Las arias Ti vedrò regnar sul trono y Nel mondo e nell’abisso io non pavento ofrecen oportunidades para la caracterización musical del personaje.

En ellas, la escritura vocal y orquestal contribuye a construir una atmósfera de amenaza e inquietud. Los perfiles melódicos incisivos, la tensión armónica y el protagonismo de los registros graves permiten reconocer una personalidad retorcida, dominada por el miedo y la ambición.

Wolf fue uno de los grandes triunfadores de la velada.

Su voz, poderosa, robusta y de gran proyección, llenó el Palau con autoridad. Pero sería injusto reducir su interpretación a una demostración de potencia vocal. Su musicalidad, la precisión de su articulación y la manera de administrar las tensiones dramáticas hicieron de sus dos arias momentos especialmente destacados.

En la segunda, la cobardía del personaje adquiere una dimensión inquietante. Wolf consiguió que la violencia y la mezquindad de Isacio se hicieran presentes sin necesidad de escenificación.

Las ovaciones que siguieron a sus intervenciones fueron de las más intensas de la velada.

Las dificultades de Oronte y la dignidad de Berardo

Paul Figuier asumió el papel de Oronte, escrito originalmente para una voz de castrato, con musicalidad y una actitud interpretativa cuidadosa, aunque sin alcanzar la misma holgura vocal que Hugh Cutting.

Su intervención más comprometida llegó en Dell’onor di giuste imprese, aria del segundo acto en la que la participación de las trompas naturales plantea dificultades considerables de equilibrio.

En el tramo final de la primera sección, la prolongada intervención de las trompas terminó por cubrir parcialmente la voz del contratenor, cuya línea vocal perdió presencia y continuidad. Sin embargo, Figuier consiguió recuperar la seguridad durante la sección contrastante y regresar a la reexposición con mayor confianza, abordando las ornamentaciones con una soltura que no había mostrado inicialmente.

No fue una interpretación exenta de dificultades, pero sí una muestra de musicalidad y capacidad para resolver una situación comprometida.

Alex Rosen, por su parte, asumió el papel de Berardo con aplomo y buen sentido musical. Su intervención dejó escuchar algunas limitaciones en los extremos de la tesitura: cierta tensión y falta de brillo en el registro agudo, así como una profundidad menos convincente en las notas graves. No obstante, defendió su parte con solvencia, cuidando el fraseo y la ornamentación.

Un instante para el amor

Entre los numerosos momentos de la representación, hubo uno que sobresalió por su capacidad para conmover: el dúo T’amo, sì!, interpretado por Hugh Cutting y Mélissa Petit.

Después de los engaños, las identidades ocultas y las incertidumbres que atraviesan la trama, Riccardo y Costanza pueden finalmente reconocerse y expresar abiertamente su amor.

Händel reserva para este encuentro una música de gran delicadeza. Las voces se buscan, se responden y terminan fundiéndose en una expresión compartida de ternura.

Cutting y Petit alcanzaron aquí una compenetración excepcional. La homogeneidad de sus emisiones, el cuidado de las frases y la naturalidad con que enlazaron sus líneas vocales produjeron uno de esos instantes en los que la música parece suspender el tiempo.

Agnew y Les Arts Florissants acompañaron con sensibilidad, dejando que las voces respiraran y que cada inflexión encontrara su espacio.

Fue, probablemente, el momento más emocionante de toda la velada. Un instante de suspiro que recordó la capacidad de Händel para expresar los afectos humanos con una economía de medios admirable.

Una noche para recordar

La acogida del público del Palau fue cálida. Una sala muy concurrida, aunque sin alcanzar el lleno absoluto, reunió a una audiencia que siguió con atención una obra exigente por su duración y complejidad.

Los aplausos finales fueron creciendo a medida que aparecían los intérpretes. Berardo y Oronte recibieron una acogida generosa, mientras que la aparición de Andreas Wolf provocó una ovación particularmente intensa. Juliette Mey, Mélissa Petit y Hugh Cutting fueron igualmente premiados con prolongados aplausos.

Paul Agnew recibió un reconocimiento entusiasta, que compartió con los integrantes de Les Arts Florissants, haciendo levantar a distintos instrumentistas para agradecer sus intervenciones solistas, entre ellos el responsable de las partes de flauta de pico.

La representación confirmó la vitalidad de una agrupación que, después de casi cinco décadas de trayectoria, mantiene una identidad artística reconocible. Bajo la dirección de Agnew, la herencia de William Christie sigue encontrando nuevas formas de expresión sin perder el rigor estilístico ni el sentido teatral que han caracterizado a Les Arts Florissantsdesde sus orígenes.

El Riccardo Primo escuchado en el Palau mostró hasta qué punto la ópera de Händel continúa siendo teatro vivo. Su música conserva la capacidad de representar las contradicciones humanas: la nobleza y la ambición, el amor y la violencia, la valentía y la cobardía. Y esta interpretación permitió que aquellas pasiones, concebidas para un público londinense de hace casi tres siglos, volvieran a sentirse cercanas. Seguimos.